Mis zapatillas, mi mujer y mi almohada

I

No puedo creer lo blandas que son estas zapatillas. Las tengo hace tres años y siempre las sufrí como suecos, como un inmerecido escarmiento para mis pies sin culpas. Ahora creo que camino sobre esponja y mis calcetines también ayudan: de un algodón emparentado con la lija pasaron a la seda del gusano chino más selecto. No lo voy a negar, cuando me probé las zapatillas en la tienda sentí como si a la fuerza me hubiera puesto dos globos de cumpleaños y la sensación en mis plantas fue como caminar sobre una tabla. De todos modos las compré, seguro de que el uso las haría más benevolentes, como sucedió con todos mis otros zapatos. Necesitaba urgente zapatillas, fue en la época en que lo de Aurora recién comenzaba. Mi idea era asegurar mi comodidad para caminar con soltura y moverme de un lado para otro lo más rápido posible. Pero nunca se ablandaron. A veces pienso que mi inconsciente quería castigarme porque, a pesar de que cada vez me era más difícil soportar el tormento, nunca las cambié ni dejé de usarlas. Cuando las pagué, también sentí apretada mi billetera.

Mientras voy de regreso a casa, esta vez a pie, las zapatillas me recuerdan las pantuflas que usé esta mañana mientras miraba a mi mujer en la ducha. El chiporro que tienen por dentro me acariciaba los pies como si fuera la piel de esa magnífica mujer. No me entregué al placer de caminar por la habitación para disfrutar esa sensación, simplemente me quedé parado al lado del water maravillándome por la analogía que se dejaba ver en el agua que caía por esa espalda linda. Ahora que retengo esa imagen, puedo decir que mi mujer y los años son una combinación perfecta. En realidad, ella combina con todo, incluso con el vestido verde con plantas que nunca me gustó, ese que parece hecho con tela de cortina de la casa de su abuela, algo así como las ropas que fabricó Froilan María para los niños Von Trapp. Me equivoqué, le queda excelente, sobre todo porque es corto y lucen sus piernas, algo que no hubiera pasado con los trajes de Froilan María. También puedo decir que la conozco muy bien, pero no como me gustaría, porque sigue protegiendo misterios de mí, como el color de sus ojos. Todavía no puedo descifrar si es verde claro, celeste o gris. Da lo mismo, digamos que tiene los ojos verdicelegrises. Es la única forma que tengo para convencerme de que puedo resolver sus secretos.

Creo que ya es hora de que volvamos a ese restorán thai que tanto le gusta, incluso a riesgo de que me agarre para el hueveo con la clásica talla de que ese tipo de comida le recuerda a mí. Ya han pasado cinco meses desde la muerte de nuestra hija, estuvo casi cuatro años acostada en una cama de hospital, intubada hasta por lugares donde nunca pensé que se podía intubar y con menos consciencia que una mosca. Antes muerta que sencilla, solía decirme Aurora cuando le pedía que usara el casco y no lo llevara colgado en el manubrio de la bicicleta. Creo que durante dos o tres tardes me dediqué a buscar aunque fuera solo un argumento que pudiera rebatir el suyo, porque, como se ve, la seguridad personal y la prevención de accidentes no eran preocupación para ella. Nunca pude dar con uno que me convenciera. Al día siguiente de rendirme, la atropellaron y su cabeza fue lo primero en golpear el pavimento. El casco estaba, obviamente, colgado en el manubrio y con el impacto del auto voló lejos.

Fueron años duros como palo, pero se acabaron los doctores, los tubos, el insomnio, el penoso declive de amigos y parientes que la visitaban y el olor antiséptico que se alojó en nuestras ropas. Cuando la declararon en estado vegetal, como familia decidimos no escatimar en ningún gasto. Mi mujer y yo ganábamos lo suficiente para pagar la atención decente que le entregaron, apoyados en un aporte pequeño pero caritativo de la isapre. No nos alcanzó para el centro médico más equipado ni para los doctores más especializados, pero no creo que el resultado hubiese sido distinto si hubiéramos tenido más plata. Como sea, utilizamos todos los recursos que tuvimos a mano para que Aurora siguiera disfrutando del regalo de estar viva, como nos sugirieron los médicos y mi tío mormón, a quien varias veces intentamos callar sin éxito mientras nos aburría con sus agotadoras pero bien intencionadas monsergas. Mi mujer apenas lo aguantaba. No soportaba ese bigote como dibujado con rímel bajo los dos orificios poblados de pelos, más abundantes que los de su bigote, algunos casi siempre con rastros de mocos secos que nadie le pedía que se limpiara. Tampoco los escupos diminutos que salían de su boca cuando lo poseía el delirio divino. Pero lo que más odiaba mi mujer era que encasillara rígidamente todo en la religión, más cuando se trataba de nuestra hija, porque Aurora desde niña valoró por sobre todas las cosas el ser libre pensante y siempre nos decía que primero se calla, segundo se escucha y tercero se habla. Por ningún motivo en otro orden. Rompió esa filosofía varias veces, como el padre Gatica, al entrar a estudiar ciencias políticas, pero creo que lo hizo por ser una mujer demasiado apasionada.

También se acabó la indiferencia que en esa época se instaló entre mi mujer y yo. Nunca fuimos la pareja más pareja, estábamos lejos de congeniar o tener lo que muchos llaman química, incluso algunas veces fuimos crueles entre nosotros, pero jamás llegamos a simular que el otro no existía. Éramos un matrimonio suficientemente feliz, nos costaba serlo, y esa indiferencia que apareció con el accidente pudo mandar todo a la mierda. Recuerdo con detalle el momento en que pensé que nuestro amor se iría a ese lugar tan visitado. Mi mujer siempre le hablaba a Aurora. Se sentaba en la cama y le contaba cómo había estado su día, los detalles de algún asado o matrimonio familiar, las decisiones impopulares de su hermano Óscar para seguir una carrera cuando terminara el colegio. Pasaba de arqueólogo o militar a instructor de yoga o chef. También le decía lo mucho que la amaba. Ella siempre me pedía que le hablara, creía que era útil para estimular su cerebro y así la ayudaríamos a despertar, pero la verdad nunca supe qué decirle. Cuando lo intentaba, nada se me venía a la cabeza. En un acceso de estupidez, una noche volví a buscar un argumento, sin resultado, está claro, que rebatiera el que ella usaba para no ponerse el casco. Fue imposible que me concentrara porque las zapatillas me estaban haciendo pebre los pies. Mi mujer insistió en que le dijera algo, pero solo salió aire de mi boca. Cuando renuncié y me agaché para sacarme las zapatillas, ella se puso de pie y caminó lentamente hacia la puerta de la habitación. En su actitud adiviné que yo ya no existía para ella, que en esa habitación no había nadie más que ella y Aurora. Fue la segunda vez que la palabra divorcio se me vino a la mente. Me dejé puestas las zapatillas y me acosté a dormir en el sofá cama.

El vínculo que tenían Aurora y mi mujer iba más allá de que una estuviera consciente y la otra no. Era admirable esa complicidad, algo mucho más profundo de lo que yo llegué a tener con nuestra hija. Discutían mucho, es cierto, a veces pasaban días sin hablarse, pero cualquiera que las hubiera visto juntas solo un par de veces sabría que eran inseparables. Ante los demás, hacían dupla y se apoyaban en todo. A mí me hacían mierda. Mi mujer fue la única que defendió y protegió al eterno pololo de Aurora, un pendejo que lo único que hacía bien era rascarse el poto. Yo feliz le hubiera curado la picazón de una patada y, de paso, podría haber ablandado mis zapatillas. Pero reconozco que el cabro estuvo a la altura en todo momento. Visitaba a Aurora casi todos los días y fue el más llorón del funeral. En el último mes ya ha tomado tres veces once con nosotros. Le dije a mi mujer que viene a puro pechar comida, pero solo era una broma para hacerla enojar. Resultó ser un buen tipo y yo un prejuicioso de la puta. Hace más de un año que no veo que le pique el culo.

II

Afortunadamente no fue necesaria la separación y esta mañana estuve especialmente agradecido de eso, porque cuando mi mujer salió de la ducha y la abracé, noté por primera vez que nuestro abrazo calza perfecto, que nuestros cuerpos son como esos saleros y pimenteros con forma de fantasma. Nunca pensé que algo fuera tan para mí. Mientras acorto camino por la plaza del barrio, busco una razón que explique por qué fui incapaz de decirle algo a Aurora en el hospital. Creo que fue porque jamás me guardé algo con ella mientras estuvo despierta. Hablábamos mucho, nos contábamos casi todo, no sentíamos pudor en ningún tema. Ella sabía perfectamente cuánto la quería y lo que significaba para mí. Se lo dije muchas veces. Y para ella, el sentimiento era bilateral. Aunque hacía equipo con mi mujer para dejarme en el piso en las discusiones familiares, sobre todo porque ambas decían que mi manera de pensar estaba desactualizada de los nuevos tiempos (mi mujer se jacta de estar totalmente conectada con las nuevas generaciones), siempre me buscaba para pedir mi opinión sobre cosas que le pasaban. En esos momentos, ella callaba, escuchaba y luego hablaba, con la misma sonrisa en esas tres etapas. Cuando llegó su primera menstruación, recurrió a mí, porque mi mujer estaba de viaje. Caminamos juntos a la farmacia, le expliqué lo que debía decir y ella se encargó de comprar sus primeras toallas higiénicas. De regreso, me tomó la mano y me hizo saltar en una pierna hasta la casa, con la posibilidad de cambiarla ante la inminencia de un calambre.

Y para ser sincero, ella muchas veces me hacía preguntas que solo dejaban salir aire de mi boca. Cuando nació, el primer regalo que le hice fue Obras de Violeta Parra de Los Jaivas en vinilo. Lo pillé por internet, de la época, en una página europea. Cuando di el último clic, sentí cómo se apretaba mi billetera en el bolsillo. Al segundo día de ocupar la cuna en la casa que teníamos en esa época, se lo mostré y le conté toda la historia del disco, le expliqué quién es Violeta y quiénes son Los Jaivas. Fue una envidia el sueño en el que entró mientras le hablaba. Obviamente, en los años siguientes ese disco juntó polvo en un closet junto a ropa vieja y herramientas que nunca ocupé. Varias veces lo saqué y traté de entusiasmarla, pero no logré nada. Me imagino que eso debe pasar mucho, como el padre que le compra al hijo en camino una camiseta del Colo y después el cabro le sale de la Chile. Cuando tenía 7 años, mientras bailaba Lady Gaga en su pieza, le recordé el tan preciado regalo. Me preguntó por qué lo compré sin saber si le gustaría. Ahí me di cuenta de que abro la boca como reflejo cuando no tengo nada que decir y que si le exijo a mi cerebro que produzca algo inteligente, me devuelve un bostezo. Después de varios segundos, solo pude comentar que ella baila muy bonito y que es muy entretenido escuchar a Lady Gaga. Años después, mientras yo leía en el living y Aurora estudiaba en el segundo piso, escuché por primera vez Obras de Violeta Parra salir de su pieza. Miré el mueble donde guardaba el equipo de música y no estaba. Hacía mucho tiempo que no escuchaba ese disco, así que cerré el libro y disfruté. Cuando terminó Run Run se fue pal Norte, la música se detuvo. Me dio pena, pero volví al libro y mientras retomaba el párrafo abandonado, ella bajó por las escaleras, fue hasta el sillón donde estaba leyendo, abrazó mi cabeza y me besó. Te quiero dijo y se fue como si nada, como si hubiera bajado a la cocina a hacerse un pan batido con queso, jamón y mantequilla. En los años siguientes, nunca supe que lo volviera a escuchar o hiciera algún comentario sobre ese disco.

Para mí, estar con ella era vivir en un ambiente transparente, limpio. Creo que por eso casi pierdo el control una noche que llegué al hospital para acompañarla. Entré en la habitación sintiendo el cuerpo como greda mojada y con la cabeza en Saturno. Me senté en la silla al lado de Aurora a disfrutar un café, pero tosí el primer trago al sentir un olor parecido a la caca. No era exactamente caca, me recordó un aroma que sentí un verano cuando niño, jugando en las rocas de la Avenida Perú en Viña del Mar, algo como pudriéndose y mezclándose con el aire salino. Miré debajo de la cama pero no vi nada extraño. Indignado, me asomé al pasillo y llamé a los gritos a las enfermeras. Cuando entraron en la habitación, no alcancé ni a verles la cara de asco porque arrancaron como cuando se olfatea un peo en un ascensor. Las tomé a ambas de los brazos para que entraran y las obligué a buscar la fuente del mal olor. Ofuscado, volví a la silla y al cruzar las piernas, vi café un borde de mi zapatilla que debería haber sido blanco. Me tomé la pantorrilla para levantar el pie y ahí estaba, un zurullo desparramado en la planta con algunos componentes que no quise averiguar qué eran. Se notaba fresco, porque me pareció ver un hilillo de vapor. Creo que no era de perro. Antes de que las enfermeras me dijeran que encontraron huellas de mierda en el piso, yo ya tenía puesta mi cara infalible de huevón para disculparme. Se rieron de mí, lo cual agradecí, porque la noche anterior Aurora casi muere y solo me quedaban energías para recibir sonrisas. Debí haber botado las zapatillas, pero no lo hice. Limpiar en el baño la que tenía el mojón fue un festival de reflujos.

III

Estoy a punto de llegar a casa, pero me siento en un banco de la plaza a fumar un cigarro, con tranquilidad, total, nadie me apura. Saco el encendedor del bolsillo y lo acerco a la punta del cigarro, pero me arrepiento. Mejor que no, hoy es un buen día para abandonar el vicio. Devuelvo ese clavo de ataúd a la cajetilla y la boto en el basurero que está junto al banco. Justo pasan tres pendejos en bicicleta, los saludo, se ve que son buenos cabros. Es curioso que a Aurora le diera por andar en bicicleta, yo y mi mujer nunca fuimos un ejemplo a seguir en cuanto a ejercicio físico. La última vez que jugué a la pelota fue en la universidad, más interesado en el tercer tiempo con los amigos que en el arte del balonpié. Ahora estoy más pajero que nunca, mi guata ya se asemeja a una sandía y mi mujer recién se inicia en el pilates. Pese a que ella también es mala para los deportes, siempre ha sido flaca. Buenos genes y buena digestión. Quizás me sume al pilates o me compre una bici, claro que con casco. Me da lo mismo ser sencillo. Siempre lo he sido. Y podría aprovechar de salir a pasear con Óscar, se ve que está destinado a heredar el pajerismo de su padre. Sería bueno hacer más cosas con él, me preocupan las secuelas que pueda tener por la muerte de su hermana, aunque debo decir que siento un orgullo enorme, creo que se manejó bien, pero de todas maneras estoy atento. Estaba muy chico cuando ocurrió el accidente de Aurora, lloró harto, es verdad, sobre todo la primera vez que la vio acostada en el hospital, pero se mantuvo entero y nunca dejó de sonreírle mientras le hablaba sentado en la cama. Eso lo heredó de su madre, está claro que lo único que yo puedo dejarle es una barriga como la de Homero.

Es chistoso recordar cómo peleaban Aurora y Óscar cuando eran más chicos. Se amurraban por tonteras y se tiraban escupos, pero se querían mucho. De hecho, Óscar era como un viejo chico que siempre andaba detrás de ella para protegerla, decía que mientras viviera jamás le pasaría algo malo. La primera vez que fue el eterno pololo de Aurora a la casa, Óscar nunca dejó de mirarlo con cara de qué chucha este huevón y mi mujer lo pilló tirándole un pollo al plato de tallarines que le iba a servir al pobre cabro, que ya tiritaba porque yo tampoco le puse muy buena cara cuando lo descubrí rascándose el poto. Se notaba el pollo sobre los tallarines, pero capaz que con lo intimidado que estaba, el eterno pololo de Aurora se hubiera comido de todas maneras el plato. Pero aunque Óscar se hacía el superhéroe con ella, en verdad Aurora lo protegía a él, por supuesto que de una manera sutil y anónima, a diferencia de lo que vociferaba este pendejo que salió más bien pavo y ensoñador. Aurora lo cuidaba mucho, sobre todo en los recreos del colegio o cuando andaban solos en micro, se preocupaba de que estudiara, lo retaba cuando no estaba bien abrigado y siempre hablaba con él o lo hacía reír cuando lo pillaba triste. Era una verdadera ninja, porque nadie notaba lo sobreprotectora que podía llegar a ser con Óscar. Y este otro que se juraba Batman y hacía ridiculeses como aparecer de entre unos arbustos en esta misma plaza, con un pasamontañas que sacó de mi closet y un chaleco abotonado al cuello a modo de capa, y pegarle un par de puñetes en el estómago al eterno pololo de Aurora mientras caminaban de la mano, para luego desaparecer arrojándose sobre otros arbustos sin detenerse en esa loca carrera heróica. Después llegó contando a la casa que había evitado que el sujeto aquel, como le decía, se aprovechara de su hermana. Igual me salió tierno el huevón.

Pero como todo superhéroe, Óscar tuvo su momento de colapso. Al igual que los mortales, el superhéroe tiene sus íntimos campos de batalla y en algún punto son inevitables, por muy poderoso que sea o por mucho artilugio que tenga. Óscar tuvo que ir a uno. ¿A cuál? Nunca me ha contado y yo tampoco le he preguntado, pero lo adiviné. Igual sería bueno que me contara para que lo descargue con alguien, pero cuando él quiera. Fueron varias veces que lo vimos en el hospital caminando como Robocop, otras noté que sentado en el sillón de la habitación de Aurora luchaba por ponerse de pie o al menos mover alguna parte del cuerpo. En esos momentos, solo se movían las comisuras de su boca una y otra vez, alternando algo que se parecía a una sonrisa con una mueca que simulaba la de un payaso triste. Era un gesto rápido e imperceptible, había que estar muy cerca de él para notarlo. Era tanto lo tenso que estaba, que una vez pasó a llevar la manguera del suero de Aurora con el brazo y, en su desesperación, solo logró que el tubo se le enredara aún más, mientras el líquido de la bolsa regaba el piso y un pequeño hilo de sangre recorría el antebrazo de su hermana. Cuando logramos desenredarlo con la ayuda de las enfermeras, Óscar se sentó en el sillón y comenzó una vez más a mover las comisuras de los labios. Creo que ni siquiera le daba para hacer el intento de ocultar que algo sucedía dentro de él. Con mi mujer no sabíamos cómo abordarlo, de hecho, no era mucho lo que podíamos hacer, porque la indiferencia entre nosotros aún no desaparecía. Pero curiosamente, siempre que llegábamos a casa, Óscar volvía a su estado natural: pajareaba todo el rato, pero con una sonrisa. Eso nos tranquilizaba.

Con el paso del tiempo, noté que ya lo estaba resolviendo por sí mismo. Se fue relajando de a poco y volvió a sentarse junto a Aurora para conversarle, muchas veces junto a mi mujer, podían estar toda una tarde hablando y riéndose de las tonteras que le decían. Así los pillé varias veces cuando llegaba al hospital. De todas formas, siempre le hice saber a Óscar que podía contar conmigo para lo que fuera. Él me sonreía como respuesta y no con ese gesto que antes formaban sus comisuras nerviosas. La relajación de Óscar coincidió con la relajación entre mi mujer y yo, porque de a poco volvimos a ser más deferentes el uno con el otro. Una tarde, mientras los tres estábamos con Aurora, yo leyendo y Óscar viendo tele, mi mujer hizo una pausa en algo que escribía en una libreta y me miró. Por fin volví a existir en esa habitación. Ese día estábamos muy cansados, con ojeras hasta los zapatos, pero de todas formas les dije que fueramos como una tribu a comer a algún lugar y después al cine. Antes de partir, Óscar se subió a la cama, besó a Aurora en la frente y le pidió disculpas por no haberla protegido como lo prometió. A la mañana siguiente, mi hija murió.

IV

Es bueno que Aurora haya fallecido, no tiene ni un sentido que viva en cama. A veces creo que hubiera preferido una muerte instantánea al momento del accidente, pero no tenía cómo saber lo que se venía. Pero bueno, ya estoy aquí, frente a la puerta de mi casa. La abro y veo al eterno pololo de Aurora poniendo la mesa con Óscar. Parece que ahora será nuestra eterna visita. No importa, se lo ganó. Aparece mi mujer con la panera en la mano y me dice que me lave las manos, que vamos a tomar once. Voy al baño de la entrada y noto en el espejo que al fin me atraparon las arrugas y las canas. Cuando tenga la cabeza más blanca me dejaré barba, estoy seguro de que agarraré un aire a Sean Connery cuando viejo. Me siento en la mesa y damos inicio una once soberbia. La mesa se ve hermosa. Me paro y le doy un beso a mi mujer por el insuperable pie de limón que se mandó. En verdad le queda muy bien el vestido de cortina de abuela. El eterno pololo de Aurora se está zampando calladito su trozo de pie, creo que de verdad viene a puro pechar. No importa, es admirable cómo no se echó ningún ramo en todo este tiempo y está a punto de dar el examen de grado. Ojalá sea un abogado de los buenos, al menos tendrá corazón. Y para variar, Óscar se puso a hablar de su nueva idea para la universidad, sociología. Me da lo mismo, que haga lo que quiera, que sea feliz. Estuvo maravillosa la once, quedé, como decía mi abuelo, abutagado. Ahora el eterno pololo de Aurora se despide, explica que tiene que seguir estudiando. Nos abraza y sale de la casa. Óscar va a pegarse a la televisión. Yo le digo a mi mujer que se vaya a acostar no más, yo lavo los platos. Aurora siempre me acompañaba en la cocina cuando me hacía cargo de la loza. En una de esas tantas conversaciones, a los 14 años, me confesó que estaba pololeando con un compañero de curso. Dale no más, le dije, pensando que era un amor de pendejos. Apago las luces del primer piso y subo a la pieza. Mi mujer está poniéndose el pijama. Me lavo los dientes y mirándome al espejo del baño me repito que me veré muy bien con esa onda a lo Sean Connery. Luego me saco mis zapatillas favoritas y las dejo al lado de la cama. ¡Puta que se demoraron en ablandarse, por la chucha! Hoy fue un buen día, pero ya basta. Nos acostamos abrazados, volvemos a ser el salero y el pimentero, esta vez los fantasmas en cucharita. Le propongo ir al restorán de comida thai, dice que le encanta la idea porque con esos sabores se acuerda de mí. Nos damos las buenas noches. Curioso, mi cabeza calza perfecto con esta almohada. La compré hace unos cuatro años.

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