Una patita con viola

(A mis abuelos)

El show musical de la peña universitaria recién había terminado y la gente despejaba la pista de baile sacando las sillas frente al escenario, desde donde hace una media hora el público aplaudió de pie el cierre de una larga muestra de música folclórica. En los puestos de comida corrían las empanadas y el vino no dejaba de pasar desde las botellas de los vendedores a las gargantas de los compradores. A lo lejos, solo se veía sobre los techos de las casas una línea de mar dibujada por la luna y hacia los cerros de Valparaíso un enjambre de luciérnagas adornaba la noche más que las estrellas. De a poco, las parejas salían a la pista, como tanteando el terreno, como vigilando que nadie las viera, mientras sobre el escenario un grupo de jóvenes rasgueaba y percutía unas cuecas. A la tercera patita, la pista ya estaba llena.

Con una caña de vino en la mano, sentado en una silla de sala de clases, don Ismael vio a una mujer que se acercaba zapateando suavemente el piso y meciéndose como un bote en viento ligero. No sabía quién era, pensó que a lo mejor se trataba de una vecina de la población Márquez que venía a saludarlo, pero cuando estuvo frente a él, la reconoció: la mujer que se inclinaba y ponía su mano ante él para que se la tomara, invitándolo a bailar, era Violeta Parra, la estrella de la noche, la razón por la cual la peña del tercer año de pedagogía era todo un éxito. Don Ismael balbuceó algo cuando escuchó la pregunta “¿baila?”. Violeta esperó un instante a que pronunciara bien la respuesta. Luego repitió “¿baila?” y don Ismael miró a doña Victorina, su mujer, que estaba sentada a su lado, esperando que ella respondiera por él. Doña Victorina, con su rostro hacia arriba y los ojos hacia abajo, autorizó con un gesto de mano. Don Ismael se puso de pie, tomó la mano de Violeta y juntos se sumaron a la rueda de cuecas.

Ella alzó su pañuelo, él no encontró el suyo en los bolsillos. Miró pidiendo ayuda a doña Victorina, quien ya le adelantaba uno. Don Ismael corrió a buscarlo y volvió como un cabro chico que se sabe descubierto en un acto vergonzoso. Comenzó la siguiente cueca y vamos con las medias lunas y las vueltas en ocho. El espectáculo que siguió fue bastante pintoresco. Ella parecía haber nacido del mismo baile. Él con suerte podría ser un pariente lejano y, más encima, político. Ella parecía fluir de forma natural, instintiva, como si el baile fuera respiración. Lo de él era difícil de definir. Se movía, pero en realidad parecía que no, a lo mejor porque llevaba una sandía por estómago y su torso tenía la contextura de un calefón; lo de sus pies no podría llamarse zapateo y danzaba como si tuviera el gancho de colgar aún dentro del vestón. Ella era una gallina libre, él un gallo en su corral. Al terminar la cueca, don Ismael se quedó mirando en sentido contrario a Violeta cuando le ofreció el brazo para cerrar la persecución.

Violeta se acercó, le dijo unas palabras al oído y se fue tal cual como llegó. Don Ismael se quedó como un poste unos segundos y miró a doña Victorina para saber qué hacer. Ella siempre se adelantaba a sus pensamientos y ya tenía listos a los críos para irse a casa. No estaban lejos, así que caminaron. En el trayecto, guardaron el mismo silencio que el mar, que a esa hora solo busca soledad. Don Ismael miraba la acera, sabía que algo venía, pero no adivinaba qué. El vino, el cigarro, el trabajar hasta tarde, si no, la cantina al lado de la imprenta. No, pensó don Ismael, no puede ser eso. Las lenguas agrias habían esparcido por los cerros cierta fama de Violeta y quizás doña Victorina estaba imaginando las palabras que le dijo al oído. Los pasos en el pavimento le dijeron espera, ya lo vas a saber. Y lo supo. No era el vino, no era el cigarro, no era la cantina, menos las palabras que recibió en el oído. Era la vergüenza que doña Victorina sentía por el ridículo que hizo don Ismael frente a Violeta Parra, la mujer desde donde se mide el baile, porque ella es el baile, ella es la música. Si todos te ven bailando con ella, no puedes trastabillar en una media luna, no puedes mover las bisagras como si les faltara aceite; no puedes dejar en evidencia que no sabes bailar cueca. Qué estarán comentando allá en la peña, dijo indignada.

Al día siguiente, don Ismael no se dio cuenta, pero sus vecinos de enfrente en la población Márquez lo vieron a través de la ventana, en calzoncillos y camiseta, bailando sin música, perdido con los ojos cerrados y una sonrisa, como un pájaro sin plan de vuelo.

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