Aquella noche

Siempre he pensado que es una basura eso de que los curados y los niños son los únicos que dicen la verdad. Bueno, lo de los niños lo compro, siempre hablan con la verdad, son nuestra mejor versión. Con ellos pasa lo del Mapocho, que nace limpio y llega al centro de la ciudad lleno de mierda. Pero lo de los curados, creo que es una estrategia de quienes gustan de meter el dedo en las estupideces que uno hace o dice ebrio, como para humillarte, como para desviar la atención de las estupideces que ellos mismos hacen incluso sobrios. Pero ahora no estoy tan seguro de que eso sea del todo cierto.

Aquella noche hicimos el amor completamente borrachos. Todo comenzó de día justo antes de que el sol desapareciera, cuando nos sentamos no tanto a conversar como siempre nos gustaba hacerlo, si no más bien a mirarnos, a acompañarnos, a sentirnos. Fueron varias horas, cada una acompañada de cerveza. Mucha cerveza. Al día siguiente no recordábamos qué sucedió. Me preocupé, el contexto en el que vivíamos no era el óptimo y las circunstancias poco favorables harían que todo quedara arruinado hasta con la más mínima equivocación. Y ninguno de los dos quería eso.

Al despertar, lo primero que hice fue entrar al baño y abrir el basurero. Ahí estaba el condón sobre varios tubos de confort y con la base anudada, como tiene que ser. Lo saqué del tarro y lo puse a contraluz para asegurarme de que no hubiera ninguna fuga. Me tranquilicé y, de paso, corroboré que mi piloto automático aún funcionaba. Volví a la cama y le confesé que se me apagó la tele. Aunque a ella le pasó lo mismo, en su cara se veía que no le importaba tanto o al menos no como a mí. Parecía que la situación la divertía. Le dije que no podíamos volver a quedar borrados de esa manera antes de encamarnos y que debíamos hacer las cosas bien para que todo resultara. Ella estuvo de acuerdo.

A pesar del dolor de cabeza, nos esforzamos por recordar algo de aquella noche, pero fue inútil. A medida que avanzaba la mañana, volvieron a mí ciertas imágenes, vagas pero imágenes al fin. En realidad, eran fotogramas que comenzaron cuando decidimos irnos a dormir: ella se metió en mi closet para revisar la ropa que uso, alabó seductora algunas prendas y se burló de otras. Yo aproveché de mostrarle algunos recuerdos de mi abuelo que guardo en una caja que él mismo utilizaba para guardar esas mismas cosas, aunque en su época todavía no eran recuerdos. Lo siguiente fue abrir los ojos y verla durmiendo con la boca abierta, abrazada a la almohada como a un salvavidas y emitiendo un ronquido apenas perceptible.

Una lástima no tener esa memoria. De otras noches con ella tengo, pero esa también me gustaría recordarla, porque mientras tomábamos café entre las sábanas, ella trató de ocultar una risa y entendí que sabía algo que no tenía intensiones de confesar. Al verse descubierta, me preguntó si me acordaba de lo que le había dicho aquella noche en la cama. No me acordaba. Puse cara de concentrado, como si fruncir el ceño disparara un rayo hacia el centro del cerebro para reconectar la sinapsis interrumpida por el alcohol. El esfuerzo solo hizo más penetrante el dolor de cabeza, por lo que no me quedó otra opción que pedirle que me lo dijera. Coqueteando, diviertiéndose, respondió que no. Le insistí, pero ella solo se reía y miraba hacia cualquier lado para decir arréglatelas solo.

Unas horas más tarde, cuando la fui a dejar a su casa en el auto, preguntó si ya lo había recordado y yo, nada. Me dijo que siguiera intentando. Durante un par de días lo hice, pero no funcionó, así que volví a pedirle que me lo dijera mientras caminábamos no recuerdo hacia qué lugar. De nuevo traviesa y esta vez con algo de vergüenza, repitió que no y agregó que era mejor que no lo supiera, porque a veces las personas suelen arrepentirse de lo que dicen cuando están borrachas. Estoy seguro de que aquella noche dije una verdad, pero a pesar de que la repetí varias veces después de esa primera, nada resultó como queríamos.

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