Segunda furca: Ella y él

Ella terminaba de pintarse los labios en el reflejo de la tapa de una de las lavadoras. En el mismo reflejo lo vio. Se dio vuelta y saludó. Él entraba al lavaseco del barrio con su cubrecama en una bolsa, haciendo crujir la puerta al empujarla con el hombro. Respondió al saludo con un balbuceo. Ella se acercó y lo escaneó de abajo hacia arriba. Con el índice y el pulgar se sacó el exceso de labial de las comisuras de la boca y subió la izquierda para formar media sonrisa. La derecha quedó en su lugar, pero mostró la punta de la lengua. Él bajó la vista y con la mano llevó hacia el lado el mechón de pelo que no quería pegarse en el gel. Ella le dijo que la siguiera al mostrador. En el camino se sacó la chaqueta y mostró una blusa que dejaba la espalda descubierta. Él miró la espalda y luego bajó la vista. Puso la bolsa con el cubrecama sobre el mostrador. Ella se inclinó y apoyó ambas manos en el vidrio. La blusa era igual de escasa en el frontis. Él pidió un lavado. Ella dijo el precio. Él le pasó la bolsa. Ella le entregó el recibo. Él sintió una caricia en la mano cuando sostuvo el papel. Ella se despidió. Moviendo los ojos e inclinando la cabeza, indicó una puerta a la derecha. Él tembló. Murmuró algo que sonó a despedida y salió del lavaseco. Afuera, se aferró a la medallita colgada en su cuello. Le rompió la cadena por un temblor del brazo y el amuleto cayó al pavimento. Se inclinó a recogerlo. A medio camino se detuvo y pensó si dejarlo ahí o no.

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