Las North Star

La primera vez que las vi fue a inicios de enero en 1986. Las tenía puestas José Luis en su cumpleaños número nueve. Quedé fascinado con ese contraste entre el blanco nieve y las franjas escalonadas azules. Una maravilla. En ese momento no me di cuenta, pero ahora pienso que quien diseñó esa combinación sencilla de colores debió tener un gusto estético exquisito. Todos los invitados de la fiesta rodeamos a José Luis y admiramos esas North Star, otros también las veían por primera vez y ahí fuimos conscientes de lo que es la envidia, ese concepto con el cual nuestros viejos nos jodían cada vez que peleábamos con otros niños o, en mi caso, me enojaba con mi hermana chica. José Luis se dejaba admirar y a cada rato limpiaba las North Star con las manos para sacarles la tierra del patio. Le pregunté si habían sido un regalo de cumpleaños y me dijo que no, que se las había traído el Viejo Pascuero. “O sea, mis papás, tú cachai que el Viejo Pascuero no existe”. Quedé helado, ¿cómo era eso de que no existía? ¿A qué venía esa mentira de los adultos? No lo creí, imposible tanta parafernalia para entregar regalos, además el cuento estaba relacionado con la iglesia y el niño dios, y con eso no se puede mentir, aunque nunca entendí cómo conectaba una cosa con la otra y todavía no lo entiendo.

Olvidé lo que dijo José Luis y seguí pegado con las North Star. Total, lo debe haber dicho de pesado, porque un huevón simpático no era, en verdad todos fuimos al cumpleaños porque su familia era de plata y se comía el mejor picadillo y la mejor torta, pero a pocos les caía bien. De hecho, en un momento quiso echarnos de la fiesta porque uno de los niños se sirvió Free en un vaso y la derramó en las North Star. José Luis tomó un pocillo de Fonzies y se los tiró a la cara al pavo ese. Quedó la cagada, Jose Luis estaba indignado y se fueron a los combos, pero su mamá los calmó. Después todos muy amigos y pasamos la tarde comiendo los Gatolate, los Suflitos y otras porquerías. Mis favoritas eran los Fonzies, tuve que pedirle más a la tía porque los del pocillo ya los habían barrido del suelo.

Las North Star eran caras, así que ni una posibilidad de pedirles un par a mis viejos. La única opción era el Viejo Pascuero a la siguiente navidad, pero si no existía, mis posibilidades de tenerlas llegaban a cero. Le pregunté a mi viejo si era verdad lo del Viejo Pascuero y le pedí que fuera sincero. “Tú puedes creer lo que quieras. Si crees en él, está bien”, me respondió, pero me dejó igual. No me interesaba creer, yo quería certezas, así que recurrí a mi abuelo. Él era mi confidente, más que nieto y abuelo éramos amigos, hacíamos todo juntos o lo que sus 87 años le permitían hacer conmigo. Cuando murió mi abuela se fue a vivir con nosotros al segundo piso de la casa. Éramos buenos para jugar a las cartas, a veces se sumaba Heriberto, el vecino, que era muy amigo de mi abuelo. Un día, jugando al Carioca en su pieza, le pregunté. “Por supuesto que no existe, Peyuco, es una burrada que inventó la Coca-Cola para vender más bebidas. Pura propaganda”. Siempre le agradecí la honestidad, pero esa vez me dejó en el piso. Me preguntó por qué quedé tan triste y le conté que las North Star eran lo que más deseaba en la vida. “¿Y qué diablos es eso?”, preguntó. Le expliqué que eran unas zapatillas, que hasta tenían un comercial en la tele, que era impresionante como lo pasaban de bien las personas que salían ahí, las penas que vienen ya se van creo que decía la canción. “Si te esfuerzas, algún día las puedes tener, pero no exageres. Hay cosas más importantes que esas porquerías”.

A pesar de que a mi abuelo siempre lo vi como el sabio de la tribu, decidí no creerle. Por mucho conocimiento que se tenga, uno también se equivoca y él mismo me contó las estupideces que hizo a lo largo de su vida, algunas no aptas para mi edad en esa época. El Viejo Pascuero tenía que existir, si no, estaba perdido. Así que ese año me apliqué: nunca fui un diablillo, pero me porté como un querubín, me lavé los dientes casi todos los días, obedecí en todo a mis viejos, me comí en silencio cada plato que me servían, incluso las guatitas que hacía mi mamá y que me provocaban arcadas que apenas podía disimular para no ser un mal hijo. Pero donde de verdad me apliqué fue en los estudios, que mi abuelo decía era lo más importante para que de grande los políticos ladrones no te vieran la cara de huevón. Yo era el porro del curso y el año anterior casi repito, pero me puse a estudiar como chino, incluso le pedí ayuda a la Marta, ella era la matea del curso y a los porros nos miraba con desdén, ni siquiera prestaba sus cuadernos para copiar los apuntes de las clases. No sé cómo aceptó ayudarme, le tuve que rogar.

Yo era bueno para Educación Física y Artes Plásticas, pero para el resto de las materias era bien negado. Yo creo que hasta al Chavo le iba mejor que a mí en el colegio. Mi kriptonita eran las matemáticas, cada vez que me enfrentaba a las operaciones quedaba flácido como una bolsa de pan de molde sin pan. La lectura me daba soponcio, pero me esforcé y de a poco fui subiendo las notas. Mis viejos no entendían, pensaban que me quedaba hasta tarde leyendo el Condorito simulando estudiar y que copiaba en las pruebas, pero les demostré su error. Estaba siempre agotado, dormía poco. Mi abuelo me pidió varias veces que descansara, que me tomara todo con calma, me dijo que las bolsas negras en mis ojos me hacían ver como un pendejo pajero y en esa época yo ni sabía lo que era eso, todavía no empezaba en esas lides. Yo solo veía las North Star a los pies del árbol de pascua a fin de año. José Luis las llevaba siempre al colegio cuando nos tocaba Educación Física, le dije que no fuera huevón, que las iba a romper. A él le daba lo mismo, porque se mostraba y todos lo miraban como si fuera uno de esos pendejos mamones del Clan Infantil. La profecía se cumplió y a fin de año sus North Star tenían un hoyo en la planta y el dedo gordo se le escapaba por la punta de la zapatilla izquierda. Yo llegaba a Educación Física con mis humildes zapatillas compradas en la feria del barrio y tenía que cuidarlas más que a mi hermana, porque si las rompía mi viejo era capaz de pegarme el tonto coscorrón.

Hacia finales de año, me olvidé de las North Star. En octubre mi abuelo murió de un derrame cerebral. Salió a comprar unos panes batidos al negocio de la esquina y unos lanzas que arrancaban de la escena del crimen lo botaron al pavimento y se golpeó la cabeza. Aguantó algunos días hospitalizado, pero después de que salió de casa a comprar el pan, nunca más volví a verlo consciente. Cuando mis padres me llevaron al hospital, Heriberto estaba con él. Nos comentó que estuvo unos minutos despierto y que algo alcanzaron a conversar. No volvió a despertar. Los meses siguientes estuve muy triste y me olvidé de todo lo que antes de su muerte era importante para mí. Traté de seguir aplicado en mis estudios, pero no pude concentrarme, aunque logré pasar el año con un digno promedio cinco gracias a que en los primeros trimestres me fue bien. Invité un par de veces a Heriberto a jugar cartas en la habitación de mi abuelo, para mantener la tradición, pero no pude seguir. Fue un periodo triste, pero siempre estuve agradecido de haberlo conocido. Me permití el luto, era cosa de tiempo para que retomara mi vida antes de la pérdida.

Y llegó la vispera de navidad. Como todos los años, mi madre preparó el pollo relleno con queso, jamón y pimentones acompañado de papas duquesas. Con mi hermana nos vestimos bien elegantes y, después de cenar, en familia partimos a la misa del gallo. Ella estaba espectante de lo que el Viejo Pascuero le traería. Yo no me hacía ilusiones, me daba lo mismo. Llegamos a la iglesia del barrio y entré resignado a escuchar el mismo sermón y las mismas canciones en guitarra con unos pendejos bien desafinados. En medio de la prédica del cura fue la primera vez que dudé seriamente de la existencia del Viejo Pascuero. En verdad, me dije, debe ser una treta de los adultos, de otra forma tendrían que llevar a sus hijos a misa amarrados y amordazados. Además, debe funcionar como el cuento del viejo del saco: si no te portas bien, te rapta metiéndote al saco. Si no te portas bien, el Viejo Pascuero no te trae nada. El miedo a que te secuestren o a no tener lo que quieres.

Terminó el sermón y partimos de vuelta a casa, a ver qué encontrábamos bajo el árbol de pascua mientras mis viejos brindaban con champaña. A mi hermana le llegaron unos patines y un par de calcetines. A mí también un par de calcetines, una toalla de Citripio y Arturito y un autito Matchbox. Me quedé un rato despierto comiendo Traga Traga y tomando Free, pero pronto me aburrí y me fui a acostar. Cuando estaba en la entrada de la casa subiendo las escaleras hacia mi pieza, sonó el timbre. Era Heriberto. “Hola, Pedrito. Te traje este regalo que dejó por equivocación el Viejo Pascuero en mi casa. Se tiene que haber confundido, con tanto paquete que tiene que repartir el pobre viejo”. Le dije que debía estar equivocado, que los regalos me los dejó bajo nuestro árbol. “Este se le pasó, mira, la etiqueta dice para Peyuco, del Viejo Pascuero”. La leí y estaba en lo cierto. Tomé el regalo, lo abrí y casi me fui de hocico al suelo. Eran unas North Star. El contraste entre el blanco nieve y las franjas escalonadas azules era tan fascinante como la primera vez que las vi, hace casi un año. No sabía qué hacer, se me revolvió el estómago y pensé que me estaban dando ganas de ir al baño. “Pruébatelas”, me dijo Heriberto. Las saqué de la caja y me las puse. Cuando metí el pie derecho, sentí que algo había adentro de la zapatilla. Con la mano saqué un papel. Lo abrí, tenía algo escrito. Lo leí y me lo guardé en el bolsillo. Heriberto me sonrió y haciendo un gesto con la cabeza se despidió.

Volví al living y les mostré las North Star a mis viejos. “¿De dónde sacaste eso?”, me preguntaron. Les expliqué que el Viejo Pascuero se había equivocado de casa y que las trajo Heriberto. “¿Cómo es eso? ¿El vecino te las trajo?”, preguntó mi mamá. Mis viejos quedaron con las bocas abiertas y creo que casi se les cae la baba. “Vengo al tiro”, dijo mi viejo y salió corriendo a la casa de Heriberto. Yo me senté en un sillón a admirar mis zapatillas. Eran maravillosas, las cuidaría más que a mi hermana, no como el huevón de José Luis. Las usaría solo en ocasiones especiales. Al rato volvió mi viejo. “Tremendo regalo te llegó, Pedrito”, dijo y me abrazó.

En este punto de la historia, Marta me interrumpió y me pidió que la esperara, creyó escuchar a uno de nuestros niños llorar. Salió de la cama y me quedé pensando. No sé cómo aceptó pololear y luego casarse conmigo, le tuve que rogar. Se demoró un buen rato, uno de los niños se había despertado con susto y estaba llorando. Ella lo calmó y lo hizo dormir. Menos mal que no lo trajo a nuestra cama. “Y bueno, cuénta qué decía el papel”, me dijo mientras se metía bajo las sábanas. Del cajón de mi velador saqué mi billetera, la abrí y saqué el papel. Se lo pasé y ella leyó en voz alta: “Que no se te olvide que hay cosas más importantes que esas porquerías”.

           

 

           

 

           

           

 

           

 

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