La esquina que da a la Alameda donde se instala la Tía Sonia sigue igual de inmunda. Como hace años, los basureros casi siempre están rebalsados y escurren líquidos extraños desde los bordes; a los pies de los edificios suelen haber desperdicios y las cortinas de metal corroído de los locales amanecen meadas todos los días. También es habitual ver perros callejeros dándose un festín con los charcos de vómito, muchas veces el único alimento que consiguen en días. Aún así, las sopaipillas de la Tía Sonia siguen atrayendo a los hambrientos como la basura a las moscas. A los leales del carrito parece no molestarles los vestigios de borrachos y vagabundos o los hedores mezclados en el aire sin discriminación, incluso en los días más calurosos del verano. Siempre fue así. Todos comen y nadie reclama.
Solo a la Tía Sonia puede irle bien en esa esquina hedionda, cualquier otro negocio quebraría por muy transitado que sea el sector. Incluso entre los caseros se cuentan varios pacos, los que desvían la mirada mientras piden y consumen para no fijarse en la condición ilegal de la venta. También le compran escolares y universitarios, madres con niños llorones y oficinistas; a veces algún músico cargando un contrabajo en la espalda o ancianos aburridos que mastican y digieren con dificultad, se nota porque al terminar se agarran el estómago y se inclinan más de lo habitual. La fritura de la Tía Sonia, nacida del aceite rancio, es una droga. Cuando yo iba al colegio, muchos compañeros terminaron con dolores y diarrea, pero en un par de días estaban de vuelta en el carrito desobedeciendo a sus padres que les prohibían comer las porquerías de la calle, con énfasis especial en esas sopaipillas, bajo amenaza de quedarse sin mesada.
Pero todos lo sabían y lo saben: las sopaipillas de la Tía Sonia tienen que comerse con el pebre que ella misma prepara. Sin ese aderezo siguen siendo deliciosas, aunque no tan distintas de las miles que se venden en el centro de Santiago. Nadie conoce las palabras suficientes para describir esa mezcla adictiva, pero el estímulo que da en la lengua es demasiado intenso como para caer en descripciones, así que la gente simplemente mastica, se deleita y traga, y luego desea que llegue pronto el día siguiente para volver a comer las sopaipillas.
Volví a Santiago como hace un mes, pero no me había animado a ir al carrito. Lo vi de lejos varias veces y en cada una de ellas se me cayó la baba, pero ese salivar no fue suficiente para hacerme cruzar la Alameda. Roberto y yo fuimos los mejores clientes, comprábamos todos los días al salir de clases y, cuando podíamos, también en vacaciones. Nosotros le pusimos el apodo de la Miss Chile a la joven que siempre acompañaba a la Tía Sonia, una chiquilla escuálida de pelo negro hasta los hombros y chasquillas que le tapaban los ojos. Tenía las mejillas chupadas y dientes largos en la mandíbula de arriba que siempre estaban fuera de la boca. Nunca la vimos moverse, permanecía sentada en un piso de madera con las manos sobre los muslos, todo su aspecto muy similar a la momia famosa de San Pedro de Atacama. Roberto la vio en el museo un verano y al regresar me mostró una fotografía. La primera vez que vimos a la chica nos miramos y sin decirnos nada le pusimos el sobrenombre.
Al fin me decido y voy a comprar sopaipillas con pebre. Hoy me siento atrevido, así que me lanzo a la Alameda y la cruzo a media cuadra. Corro a todo lo que dan mis piernas para que no me agarren los autos o las micros que bajan a lo loco por la avenida. Al pasar el bandejón central una moto se me viene encima, pero la esquivo con una salto de gacela y me paro en medio de la calle para dedicarle una buena puteada al motorista. Giro y veo un auto detenido frente a mí y a un tipo asomado por la ventana sacándome la madre. Le muestro el dedo de al medio y corro hacia la vereda mientras otros autos pasan casi rozándome y tocando las bocinas. No me detengo hasta llegar al carrito, me apoyo con un brazo en el borde y con el otro me golpeo el pecho para recuperar el aliento. Cada vez se me hace más difícil esto de salir disparado, creo que ya no soy dueño de mis piernas como de muchas otras cosas de mi cuerpo, solo me queda dejarme llevar y ver hasta dónde llego. No aguanto mucho rato agachado, así que me levanto como un velamen y ahí la veo, frente a mí, a la tía Sonia, sacando las sopaipillas de la olla y dejándolas en una palangana cubierta de toalla Nova.
Todo está igual salvo por la ausencia de la Miss Chile, en su lugar solo queda el piso de madera donde se sentaba. La chica fue otro atractivo sobre el que gravitaban los clientes del carrito, ejercía en ellos una fascinación mezcla de morbo con desasosiego y en los menos provocaba compasión. Nunca respondió cuando le hablaban y si le preguntaban a la Tía Sonia quién era, ella evitaba la respuesta con un ¿cuántas va a querer? El apodo se hizo conocido y la joven se convirtió en objeto de burlas, sobre todo de parte de Roberto y mía. Simulábamos hablar por lo bajo, pero nuestros comentarios tenían el volumen suficiente para que todos escucharan. Mirábamos alrededor buscando la aprobación del resto y que alguien continuara las tallas donde las dejábamos, pero pocos engancharon. Cuando íbamos borrachos le tirábamos las servilletas con aceite o pedazos de sopaipillas, o caminábamos frente a ella levantando el labio superior y mostrando los dientes. La joven nunca reaccionó. La Tía Sonia nos retó varias veces, pero no con mucho ímpetu, así que seguimos molestando a la Miss Chile.
Recupero el aliento y me paro frente a la tía Sonia, agito los brazos para que levante la cabeza y vea que soy yo, pero sigue pasando las sopaipillas de un lado a otro sin prestarme atención o fingiendo no verme, nunca fue muy cordial con la clientela ni con nadie. Le veo una quemadura cerca de su muñeca derecha cuando la manga del chaleco se le sube, sin duda a causa del aceite caliente. Aprovecho de inspeccionarle la cara y noto que está demacrada, consumida, debe estar lejos de la tercera edad pero es como una vieja a punto de caducar. Siempre pareció ser más joven de lo que se veía, una persona gastada cuando aún no era su turno. A los costados del carrito las personas comen y conversan, otras le ponen más pebre a sus sopaipillas ya saturadas del aderezo.
Tantas lunas, tía Sonia, ¿se acuerda de mí?, le pregunto. No me responde, termina de dejar las frituras en la palangana y mete más sopaipillas crudas en el aceite hirviendo. ¿Cuántas va a querer?, me dice al fin sin levantar la vista de la olla y controlando con una espátula metálica las masas que flotan. ¿De verdad no se acuerda de mí?, insisto. Atiendo a mucha gente todos los días, por favor, no huevee. Le pido una, la saca de la palangana y me la pasa envuelta en una servilleta. La sopaipilla es igual a mi recuerdo, grande, dorada como el sol, huele a droga. Le pongo pebre y masco, es igual de crujiente y la salsa está en su punto, picante pero no tanto, los trozos de tomate tienen sabor y la mezcla del cilantro con el aceite es una maravilla. Mis mandíbulas mascan rápido y duro, están descontroladas.
La tía Sonia me pasa más servilletas, le digo que no las necesito y ella insiste llevándose el índice a la nariz, como mostrándome algo. Me toco la mía y tiene razón, tengo algo, es sangre. Llevo jalando casi todos los días desde que llegué a Santiago y no duermo hace como tres noches. Aunque mi capacidad de resistencia y recuperación es muy buena, por algo mis amigos me dicen el Wolverine, algo tenía que pasarme. A lo mejor fue la línea que me pegué antes de salir de la casa de la Carla. Amanecí tirado en el piso del living con un golpe en la cabeza y el cuerpo flácido, así que necesité el jale. Pasó mucho tiempo desde la última vez que vine a Santiago, un par de años por lo menos, así que estos días han sido un desorden tras otro con los amigos, algunos de mi época de sociología y otros antiguos compañeros de Roberto de kinesiología. A él le encantaban estos carretes, aunque a veces se excedía, fue el más desbocado del grupo, ni siquiera se calmó cuando encontraron el cuerpo tieso del Pérez tirado en un baldío de la periferia. Hace tiempo nos preguntábamos qué habrá sido de él, al menos yo ya no lo hago.
Me limpio la sangre con las servilletas sin ocultarlo, no me importa lo que piensen de mí, ni de mi aspecto famélico ni de las marcas que tengo en la cara, quizás algún día sea como la tía Sonia, más desgastado de lo que indica mi edad. ¿Me da otra, por favor?, le pido antes de tragarme el último pedazo de la primera sopaipilla. No me había dado cuenta, sus manos tiemblan todo el tiempo, me fijo ahora que me entrega la segunda sopaipilla y la sigo mirando para corroborar, es como si tuviera Parkinson, a lo mejor lo tiene, o quizás sus nervios están destruidos como los de las personas que reciben un golpe demasiado fuerte para aguantarlo y se quiebran. Eso es lo otro distinto, antes la tía Sonia era una mujer de actitud y movimientos precisos, no dejaba espacio para la vacilación y, aunque su trato siempre fue agrio, parecía una persona en completo dominio de sus facultades. Pero aún no me trago que no se acuerde de mí, debería hacerlo aunque solo sea por lo odiosos que éramos con Roberto. Quizás si le pregunto por la Miss Chile reconozca que sabe quién soy, aunque nadie supo si era su hija, sobrina, protegida o lo que fuera. Mientras saco pebre del librillo de greda y se lo pongo a mi segunda sopaipilla, pregunto por la niña que siempre la acompañaba.
Con Roberto éramos insoportables. En realidad, todos en nuestro curso lo eran, pero nosotros fuimos los peores. Desde la talla sencilla por un mal corte de pelo hasta tratar de prostituta a la mamá de un compañero. Ese fue Roberto, lo decía de la madre del Peñalillo, era bien rica la tía y exagerada con el maquillaje y las prendas ajustadas, pero dudo que fuera puta. Roberto humillaba a Peñalillo diciendo que su padre la rescató de la calle para casarse con ella. Yo le seguía la talla y me cagaba de la risa, Peñalillo se enfurecía y, sin embargo, nunca llegó a los combos, entendía que era broma, una muy mala, pero broma. Roberto también le insinuaba a algunas compañeras y a otras alumnas del colegio que eran putas. Con los profesores fuimos insufribles, tuvieron que agregar páginas al libro de anotaciones porque siempre las agotábamos con las estupideces que hacíamos. Yo fui buen estudiante, de los mejores, eso me salvó varias veces, al contrario de Roberto, que fue un alumno pésimo y medio tonto en general. Éramos pendejos, ahora no se me ocurriría comportarme así, de hecho, jamás me burlaría de una puta, es más, las frecuento, en mi condición son la única alternativa que tengo. Me gustaría encontrarme alguna vez con la mamá del Peñalillo.
Ahora que lo pienso, no sería extraño que Roberto esté en la cárcel. Por algún motivo, después de salir del colegio le dio por buscar pelea cuando andaba demasiado jalado y copeteado, lo que sucedía muy seguido, y siempre a lo maleta: tiraba el primer combo por la espalda cuando el otro se daba vuelta para irse y evitar la trifulca, si había un palo o un fierro a mano lo usaba, muchas veces arrancamos dejando un cuerpo tirado con un charco al lado de la cabeza, no sé si alguno de esos murió, espero que no. Y cuando comenzamos a meternos cosas más duras fue peor, ahí no discriminaba a nadie, ni a mujeres, ancianos o indigentes. La cosa era pegarle a alguien, a lo que se moviera.
Nunca me gustó que hiciera eso, pero no lo detuve, yo siempre andaba demasiado ido como para hacer algo. En realidad, en el momento no me importaba y me reía, era al otro día, sobrio, cuando me molestaban esos arrebatos, pero qué iba a hacer, somos amigos desde los 7 años, fue casi mi hermano y lo digo literal, porque antes de embarazar a su mamá, su viejo se acostó con la mía. De pura suerte no quedaron las dos preñadas del mismo hombre. Fue la vieja historia del vecino que se escurre a la casa de al lado mientras el marido no está. Mi viejo lo supo y se fue, nunca lo volví a ver, supongo que su orgullo fue más importante que su hijo. Mi mamá me lo confesó ebria cuando yo tenía 15 años, si no es por esa botella de vino nunca me entero. Creo que ella sentía mucha rabia hacia sí misma, pero más por el papá de Roberto. A mí no me importó, eso fue un asunto de adultos y yo no tenía nada que ver, además, eso nos dio un vínculo especial con Roberto. Nunca se lo conté.
No está, me responde la tía Sonia, algo de lo que ya me había dado cuenta, pero ella es así. Pregunto qué le pasó. Se fue, dice. ¿O se la llevaron?, le digo como talla, porque jamás vi y nunca supe de nadie que viera moverse a la Miss Chile. Sí, me dice mientras levanta la cabeza y me pone los ojos encima, sin dejar de pasar las sopaipillas de la olla a la palangana cubierta de papel. No recuerdo que ella me haya mirado directo a los ojos, aunque, por supuesto, he olvidado muchas cosas, pero esta es la primera vez en años que siento vergüenza por mi aspecto. Tengo rastros de calvicie prematura y la verdad es que cualquier momia sería más atractiva que yo, y creo que la ropa que tengo puesta perteneció antes, por lo menos, a cuatro amigos, no podría decir de qué estilo es. Meto la mano al bolsillo del pantalón para asegurarme de que mi bolsita de coca sigue ahí, y está, tengo unas ganas increíbles de jalar. No puedo moverme, la mirada de la tía Sonia me tiene amarado. Hay varias personas haciendo cola para comprar. Al fin me suelta, saco la plata para pagarle las sopaipillas y me doy cuenta de que salí con un par de billetes y sin la billetera. La boca me vuelve a salivar y aprieto las mandíbulas. Necesito otra sopaipilla. Me fía la tercera, tía, no me alcanza la plata, le pido. No, y recién ahí empieza a avanzar la fila.
No sé por qué me angustio si ya volví a probar las sopaipillas con pebre, además, siento que me está bajando el efecto y se me escapa el ánimo, estoy volviendo a tierra. Necesito otra, la tercera, y después regreso donde la Carla y me meto más líneas. Les pido monedas a los que están comprando, pero me hacen a un lado, voy a donde están los que esperan en la fila y tampoco me sueltan ni un peso. Camino hacia la mujer al final de la cola y veo que ya tiene extendida la mano con un billete. Creo que prefiere darme la plata antes que tenerme cerca, quizás le llegó mi olor con alguna brisa. Igual va a tener que soportarme, porque debo ponerme detrás de ella para comprar, sería rasca de mi parte colarme, esa no es la educación que me dieron.
No me extrañaría que Roberto esté en la cárcel, se volvió demasiado loco en vez de disfrutar las cosas que nos metíamos. Además de las peleas, empezó a manosear a las pordioseras y algunas le dieron la pasada para que se las tirara. Después aparecía con ellas y otros vagabundos aspirando en bolsas de plástico, tirados en calles tan inmundas como la esquina de la tía Sonia. Si hasta dijo que se quería comer a la Miss Chile y de verdad se le tiró una vez que fuimos a calmar el bajón al carrito. La tía Sonia se enfureció y le arrojó la olla con aceite caliente, un buen chorro le alcanzó el antebrazo derecho. Yo estaba tirado en el piso cagado de la risa. Arrancamos porque aparecieron los pacos con los gritos y el escándalo de la gente que comía a esa hora. Después quémale tú el brazo en venganza, le dije aún riéndome en una urgencia mientras le curaban la quemadura. No sé cómo no nos echaron de esa posta, estábamos muy puestos, no recuerdo con qué. El brazo le quedó horrible.
En la cárcel o en la indigencia o muerto, en una de esas debe estar Roberto, porque a esas alturas ya no tenía a donde ir, su vieja no lo aceptaría de vuelta, menos en las condiciones en que estaba. De su viejo nada se supo, quizás logró embarazar a otra vecina y arrancó. Esa familia era muy rara, incluso antes de la muerte del menor de los hermanos, el Panchito. Pero yo quería a Roberto. Aún lo quiero. Mi familia no fue mucho mejor, también cada uno por su lado, nos comunicábamos a los gritos y el maltrato se hizo insoportable. No hubo alternativa, nos separamos, uno tiene que hacerse cargo de lo suyo no más. Por eso tuve que dejar sociología y vivir en casas de amigos o en hostales indecentes mientras saltaba de una pega a otra. Un profesor de la universidad me tomó un tiempo como su ayudante mientras pensaba cómo podía meterme de nuevo en la carrera. Eso terminó en nada, lo poco que ganaba me lo metí en la nariz y en las venas.
Nunca volvimos al carrito después de la pelea, al menos yo, hasta ahora. Por eso no creo que la tía Sonia no me reconozca, pasó mucho tiempo pero algo así se recuerda. La fila se demora en avanzar, ya me estoy poniendo inquieto. No quiero jalar acá, prefiero esperar a llegar donde la Carla. Quizás una chela me ayude, pero no hay botillería cerca y no quiero dejar mi puesto. Debería irme, no sé por qué quiero otra sopaipilla. Me asomo por un costado de la cola para mirar el carrito y veo la palangana vacía con la toalla Nova transparente de tanto aceite, hay que esperar a que salgan las que la tía Sonia está friendo en la olla. No dejo de mover con la mano la bolsita de coca en mi bolsillo, puedo romperla pero no logro calmarme. Al fin salen las sopaipillas y el imbécil que tiene que pagar no encuentra su billetera. ¡Apúrate, loco!, le grito y todos se dan vuelta a mirarme, aunque nadie me dice nada, solo los ojos de la tía Sonia que se clavan en mí. Respiro y lleno mis pulmones.
Mañana tengo que pensar cuál será mi próximo destino. Se me está acabando la plata, sería bueno ir al norte para ver si encuentro algo en la minería, dicen que se puede ganar mucho, aunque no sé nada de eso. Quizás sea mejor volver a Talcahuano y seguir ayudando en la pesca, pero veo difícil que me quieran de vuelta. Ya tengo el ánimo en el suelo y no dejo de golpear la vereda con el pie, no puedo controlar mi mano ni mi pierna. Al fin la fila avanza más rápido. Le pido a la mujer del billete que me dé su puesto y me lo cede con cara de espanto. Le pido lo mismo al tipo que queda delante de mí, él escupe a la vereda y me gruñe. ¡Cálmate, loco!, me dice cuando insisto. Y mejor me calmo, no quiero problemas, no soy como Roberto. Ya queda poco, eso me tranquiliza, aguantar a un par de personas y listo, aunque la tía Sonia no deja de mirarme, tal vez ya no me venda la tercera sopaipilla.
Ahora es mi turno y ella se apoya con ambas manos sobre la superficie del carrito, su brazo derecho muy cerca de la olla donde el aceite crepita. Tiene la manga del chaleco más arriba y noto que la quemadura es más grande de lo que pensé, y parece subir más allá del codo. Estás demasiado loco, pendejo, ¿no te basta con lo que le hicieron a mi niña que tuviste que aparecer para huevearme?, me dice. Lástima que no terminaste como tu amigo. Apenas mueve la boca y las lágrimas que se le asoman me hablan de la impotencia que lleva dentro. Sabía que me recordaba, pero yo no quería saber mucho más. No terminé como Roberto y no creo que lo haga, pero ahora entiendo que mañana no iré a ningún lugar. Sé que no soy más atractivo que una momia y que voy a caducar antes de tiempo, que soy un adulto que parece un viejo a punto de expirar. Con las lágrimas descendiendo por sus mejillas, la tía Sonia me hace un gesto con la cabeza hacia el piso de madera vacío detrás del carrito. En la pared de al lado hay una mancha de meado. Pobre Miss Chile. Pobre Roberto y todos a quienes les partió la cabeza por la espalda. Pobre Peñalillo y su madre, pobres todos los que se cruzaron en nuestro camino. Pobre tía Sonia que sigue con sus sopaipillas con pebre en una esquina que nunca dejará de ser inmunda.
Antes de que me mueva, me entrega la tercera sopaipilla, pero no se la recibo, la dejo con el brazo estirado, el mismo que tiene esa quemadura larga como una boca abierta. Con calma camino por el costado del carrito en dirección al piso de madera vacío y me siento con mis manos sobre los muslos. La tía Sonia me da la espalda y toma la espátula metálica para vigilar las frituras en la olla. Bajo la vista al pavimento y siento algo que golpea en mi cabeza, veo caer entre mis piernas un pedazo de sopaipilla mojado con pebre. Pero no hago nada. Aquí me quedo.