Una estrella de titilar extraño

El tema lo discutió alguna vez en épocas universitarias con su grupo de amigos más cercanos, luego de ver aquella noticia en la televisión grasienta de la cantina con olor a meado que visitaban sagradamente una vez por semana para hablar, casi siempre, de estupideces. Al entrar en esa bodega añeja inserta como un tumor en un tramo de casas continuas en el centro de Santiago, siempre se quejaban del aroma repugnante, pero después de algunas botellas de litro vaciadas en pocos minutos, el desagrado del hedor se transformaba en el principal atractivo de ese antro, casi como lo son los Campos Elíseos a París. Una vez terminado el reporte emitido en la televisión, todos estuvieron de acuerdo en que tener una bala en la cabeza produce, si no mueres, un dolor insoportable y te deja automáticamente retardado. No es verdad lo que consensuamos con golpes de vasos sucios en ese concilio, pensó ahora que lo estaba viviendo.

El dolor no mordía tan fuerte y, por cierto, aún no perdía sus capacidades mentales, pero lo que más le causó sorpresa fue estar aún con vida pese a tener una bala en la cabeza. La lluvia caía y golpeaba cruel sobre su cuerpo, que de lejos en la oscuridad parecía una sucia mancha sobre el pavimento o una cosa que alguien quiso olvidar. Estaba congelado, lo único tibio en su cuerpo era el agujero que hasta hace poco no tenía en el cráneo y permanecía paralizado con los ojos herméticamente cerrados, pensando que si los abría se le escaparía la poca vida que le quedaba. Salvo la caída del agua, solo escuchaba el silencio como una armonía disonante y le extrañó no sentir gritos, pasos desesperados, motores de autos ni balizas. Nada. Ni a Helena.

Quiso pensar y lo logró, por lo que supuso que la bala no había hecho demasiado daño en su cerebro y, entonces, siguió pensando. Intentó dilucidar cómo había llegado a eso, a estar tirado en la calle con un brazo apoyado sobre la vereda de una plaza turbia, con la lluvia diluyéndole el cuerpo y la vida, con la sangre que le brotaba pausada sobre su ceja derecha. Jamás tuvo altercados con nadie, no era el tipo de hombre que se ganaba enemigos, sí quizás el odio de algunas mujeres a causa de ciertos comportamientos infantiles, pero no como para recibir un disparo. Un par de veces se alteró en discusiones al punto de los gritos y ofertó combos, pero nada más. Nunca estuvo metido en nada riesgoso, más bien llevaba una vida pacífica y rutinaria que ni en la mente más imaginativa podría inspirar un desenlace como este. Pero eso no era del todo cierto. Se esforzó más y logró identificar un punto que debía ser el origen de todo lo que ahora era y que introdujo un cierto tipo de violencia en su existencia. Pero también sentido, que era lo más importante. Sí, pensó, ese debe ser.

Helena se lo contó cerca de un año después de conocerse en la plaza de Asunción. Estaban sentados en un pequeño café en Valparaíso cuando se lo dijo todo con extraordinario detalle. Sintió un ardor en el pecho que se extendió hasta la boca del estómago, una sensación que nunca había experimentado, tan desagradable que por unos segundos se alejó del presente. Pero logró regresar y enfocarse en lo que Helena estaba narrando. En ese momento, no supo cómo reaccionar, si molesto por no haberse enterado antes, con dolor por lo que Helena tuvo que sufrir o con rabia por lo que el hombre anterior le hizo. La verdad es que había pasado tanto tiempo desde esa brutalidad, que solo necesitaba asegurarse de que Helena estuviese protegida a su lado y que sus heridas hubiesen sanado dejando ningún rastro, ni visible ni invisible. A simple vista, ella parecía ser un vendaval, capaz de llevarse cosas y traer nuevas al mismo tiempo, él lo sabía mejor que nadie. Pero en el fondo, existía una vulnerabilidad y ternura que, cuando asomaban, lo conmovían de una forma que nunca pudo descifrar. No necesitaba hacerlo, que lo sintiera ya era suficiente. Resulta que a medida que avanzaba la antigua vida de Helena, el tipo con quien compartía cama y pocas cosas más involucionó hasta convertirse en un espectro violento, más con las palabras y la mirada que con las manos. De hecho, solo una vez se atrevió a tomarla del cuello y levantarla hasta golpear su espalda contra la pared, asfixiándola durante largo rato mientras su boca con alcohol le gritaba en las narices palabras que le hicieron más daño que la garra de metal que le aprisionaba la garganta. Las marcas en su cuello de cisne demoraron un par de meses en desaparecer y las de su espíritu un poco más, mientras estuvo de nómade escondida en casas de amigas hasta que el tipo la encontró, pero pudo deshacerse de él con amenazas de policías y abogados, enrostrándole su cobardía con una fuerza que nunca pensó tener. No fue fácil, pero lo logró. Con el tiempo, se lo topó varias veces en fiestas de amigos en común, pero todo estaba superado y un frío saludo bastaba para dejarle en claro que no iba a hablar con él y que no le prestaría la más mínima atención.

Mientras terminaba su relato, ella le reconoció que nunca pensó que el hombre anterior pudiera hacerle más daño del que le hizo o llegara a matarla, pero siempre tuvo la intuición, por su mirada de hielo, que en cualquier momento estallaría y todo su entorno recibiría las esquirlas. Él recordó que aquella noche en Valparaíso vio la misma estrella de titilar extraño que apareció cuando la conoció en la plaza de Asunción. Justo sobre la cabeza de Helena, como aquella primera vez. También recordó que le hicieron sentido aquellos mensajes anónimos que durante un tiempo le llegaron al celular, llenos de amenazas e insultos que le destinaban una muerte dolorosa y poco digna, y que en un principio vinculó a alguna de las mujeres que, luego de su viaje a Paraguay, se convirtieron en bajas por la decisión que tomó por Helena. Siempre le parecieron demasiado violentos y desquiciados para una mujer con el corazón roto que le desea el infierno a un hombre imperfecto, pero se tranquilizó al saber que todo era producto de la mente perturbada de un hombre con el orgullo lacerado. No le dio mayor importancia a la historia y, en ese momento, toda su preocupación era Helena. Verla sonreír en ese momento ya era todo para él.

A Helena la conoció en una plaza de Asunción, ambos de vacaciones y con objetivos distintos en una tierra que siempre fue atractiva para ellos. Al comienzo, se hablaron con los ojos, un día de aire generoso que enfriaba el sudor de sus ropas. Luego vinieron las palabras y no los sorprendió saber que ambos eran chilenos. El coqueteo entre compatriotas en tierras extrañas fue parte del encanto. Primero fue lo básico: él de Santiago, ella de Punta Arenas; lo mucho que a él le gusta echarse a fumar debajo de los árboles y pensar, ojalá con el pasto húmedo; lo mucho que ella disfruta tomar desayuno en casa de su abuela con los rayos del sol entrando por la ventana de la cocina, alumbrando su té con limón; lo mucho que a él le gusta tomar cerveza a media tarde y ver cómo el día se disuelve mientras las latas se acumulan en la mesa; lo mucho que a ella le gusta emborracharse de vez en cuando, pero con las personas que la hacen sentir protegida y en el momento indicado. Luego fue la mesa de un café y pasaron a la muerte prematura del padrastro de Helena y cómo esa pérdida significó para ella, en su mente, jamás dar con un hombre bueno que estuviera a la altura de quien cuidó sin reparos de ella y de su madre, y cómo el trabajo en la capital la asfixiaba; y cómo él, a pesar de recibir cariño desde distintos flancos, se sentía mejor en ausencia de todo y alejado, volviendo de vez en cuando. Luego fue la mesa de un bar, donde las copas amigas y cómplices ahondaron sus deseos de conocer más el uno del otro, mucho más. Fueron las carcajadas por hablar estupideces, el no querer que la noche terminara y, para rematar, conversaron sobre sexo. Y sexo fue. Y no por iniciativa de él, sino de Helena. Para él, esto era nuevo y la atracción iba más allá de los cuerpos. No, esto era mucho más profundo, pero de todas formas amaneció en la cama del hotel de Helena, donde pasó la noche flotando en el aire sin sentir jamás las sábanas, solo la piel y el pelo de ella, y el viento paraguayo que entraba por la ventana abierta fue testigo del encuentro hasta que despuntó el sol.

Y despertó sin reconocer la habitación, pero identificó el aroma. Rodeó con su brazo la cintura desnuda de Helena y la atrajo hacia él, y entonces la conoció. Era delgada, lo suficiente para él, larga, de cabellos finos que llegaban hasta la mitad de aquella espalda despojada, y ella movió dormida su cabeza hacia su pecho y los rayos del sol que se colaban entre las cortinas alumbraron su cara y resplandecieron sus ojos de avellana. Y entonces lo entendió: antes de morir, debía verla en la cocina de su abuela iluminada por el sol con su taza de té con limón en las manos. Helena despertó y, en un acto casi obvio y natural, llevó sus labios hasta los de él y le dio la bienvenida al pacto. Él se estremeció, sintió miedo durante un segundo, pero bien valía la pena soportar el temor que lo desconocido le provocaba. Dentro del miedo, estaba seguro con ella y solo con ella.

Terminado el desayuno, las caricias sobre la mesa y su mano incansable en la mejilla de Helena, fijaron su despedida en la misma plaza donde comenzaron a hablarse con los ojos. Ella debía partir, a él le quedaban dos días en Asunción. Intercambiaron números de teléfono y no necesitaron decirse nada más. Ella fue sola al aeropuerto, no aguantaba mucho la compañía por protocolo y dejó de tocar suelo paraguayo a las dos de la tarde de ese sábado. Él ya sabía que su mente no se libraría del rostro de Helena hasta volverla a ver y, asumido, terminó de recorrer la ciudad ese día. Por la noche, visitó un bar y utilizó con cuanta mujer pudo sus métodos de conquista, hasta los más infantiles, y cuando ya se perfilaba una cama nueva, renunció. Una de sus metas del viaje era probar a la mujer paraguaya, pero renunció. Pagó la cuenta y se retiró mientras la morena de ojos claros lo miraba adivinando que tendría que lidiar con el frío cuchillo del rechazo. A él le bastaba Helena. Solo una, algo que lo sorprendió y le hizo temer nuevamente.

De regreso en Santiago, aún le quedaban algunos días de vacaciones y puso sus asuntos en orden. Dio por cerradas las camas que tenía en la ciudad y se quedó solo con la suya y la de Helena. Esa decisión le significó recibir, un día, un vaso de piscola en la cara; otro, un bofetón que cayó justo en su oreja dejándole un pito en el oído por varios días, y hasta una patada que, a pesar de intentar esquivarla un viernes por la tarde, le dejó un leve moretón en la nalga izquierda. No le dolió, ahora era solo Helena y su apuesta y la de ella. Y así se lo dijeron ambos cuando por fin se vieron. Bajo el árbol de una plaza y fumando, hablaron a destajo. Ambos con incertidumbres esperando ser solucionadas por el otro. Buscaban cosas distintas para sus vidas y la forma en que se enfrentaban al mundo no era la misma. Sus proyectos tampoco coincidían e intuían que habría mucho por ceder, más allá de lo que pensaban era sano. Y entonces, él se lo confesó. “Tengo una curiosidad que arde por saber hasta dónde podemos llegar juntos. Y esa seguridad aplasta todos mis temores”. Y, de hecho, era también más fuerte que las dudas de Helena. Ella le tomó el rostro con ambas manos y juntó sus frentes. Quiso sentirlo vibrar por dentro y, entonces, aceptó con sus labios sobre los de él. Era la primera vez que se besaban en suelo chileno.

Dicho y aceptado, más tarde Helena conoció su departamento, no hicieron el amor, no había necesidad de hacerlo. Las copas de vino los invitaron a hablar de lo que se guardaron hasta entonces de aquella noche que pasaron juntos en Paraguay: de cómo ella corrió no muy convencida la mano sobre la mesa del café cuando él intentó tomársela; de cómo él solo pudo responder con una sonrisa estúpida cuando ella le preguntó en el bar con cuantas mujeres se había acostado; de cómo ella se estremeció cuando él le confesó que lloraba cada vez que escuchaba “Mira niñita”; y cómo ella esperaba que sus labios se encontraran con los de él y cómo finalmente él los juntó tras varios intentos torpes que Helena adivinó y le hicieron reír. Y así se llevaron, hasta que asomó el sol y Helena lo hizo dormir entre sus brazos y piernas, sin que sintiera jamás las sábanas que tantas veces le habían lastimado el cuerpo en noches pasadas de compañía vacía.

Al fin sintió sonidos. Fueron miles de pasos que se acercaban a su cuerpo, aunque solo vio tres siluetas mojadas sobre él. Adivinó que un cuerpo se arrodillaba a su lado izquierdo y le colocaba la mano sobre el pecho. El griterío lo confundía y el ardor del agujero en su cráneo no le daba respiro. Escuchó a una de las sombras decir que nadie notó que dejó la fiesta y otra dijo que lo vio salir despavorido de la casa, sin entender por qué. Intuyó que una de las siluetas se llevó un celular al oído y con frases inconexas pedía una ambulancia o carabineros, o las dos cosas. Otra de las siluetas, ya sabía que eran tres mujeres, culpaba al hombre anterior y la sombra a su lado derecho le respondía que no fuera estúpida, que el hombre anterior jamás abandonó la casa, que todo debía ser por un asalto o alguien que quería matarlo quién sabe por qué. Como fuera, él se sentía tranquilo a pesar de tener una bala en la cabeza, sabiéndose acompañado por tres siluetas cuya única preocupación era él. Intentó explicarles, pero su boca ni siquiera hizo el esfuerzo de moverse, la bala debió haber dañado la parte del cerebro que controla el habla. Decidió entonces no hacer nada más que relajarse y esperar. Lo más útil en esa situación era quedarse quieto y mantener inmóvil la cabeza. Intentó fijar la vista en un punto y entonces la vio. En línea recta desde sus ojos estaba la estrella de titilar extraño, aquella que vio sobre la cabeza de Helena mientras oscurecía en Asunción y esa noche en el café de Valparaíso, y también al despuntar el alba en Santiago, cuando ella lo hizo dormir entre sus brazos y piernas, pero ahora se veía más opaca.

Los ruidos se multiplicaron, ya no eran tres siluetas, eran seis, nueve, hasta que no pudo seguir contando, la bala debió haber dañado también la parte del cerebro que controla la capacidad matemática. Ya no era solo una mano sobre su pecho, eran varias. Y de Helena, nada. Se sintió protegido, nada peor podía pasarle y descansó cerrando los ojos. Una de las siluetas había nombrado al hombre anterior. Para mantener el cerebro en movimiento, si eso servía de algo, siguió pensando. Y recordó su primer encuentro con el hombre anterior.

Aquella noche llegó a casa de Helena con varias heridas en la cabeza. Espantada, ella lo sentó en una silla y comenzó a limpiarle la sangre, las heridas no eran profundas, alcohol y algodón bastaron para curarlo, aunque tuvo que sacarle varios pedazos de vidrio del cuero y darle un vaso de pisco para calmarlo. Luego lo abrazó y él sintió que Helena se volvía una mujer frágil, asustada, quebradiza, alejada del carácter decidido que irradiaba a cada segundo. Sus ojos se humedecieron y lamentó que, por culpa de ella, él tuviera que soportar toda esa violencia. Él puso sus manos en las mejillas de Helena y juntó sus frentes, y le dijo que nada era su culpa, sino de un desquiciado obsesionado, y que el dolor físico no era nada en comparación al dolor en el alma de no tenerla a su lado para curarle las heridas, para hacerlo dormir, para hacerlo levitar. Helena se tranquilizó, pero no pudo evitar la sensación de que le traería desgracia a la vida de quien ahora mantenía su frente unida a la suya.

Mientras él hacía hora en un bar a la espera de que Helena llegara a su casa, un hombre grueso, alto y de rostro anguloso se sentó a su lado en la barra, de cabellera mezquina, pero barba frondosa. Pudo ver su extravagante cara reflejada en el espejo detrás de las botellas de licor y le dio la sensación de una persona sumamente extraña que perdió algo en su cabeza, un ser desequilibrado. No lo tomó en cuenta hasta que le habló, pero como a él no le gustan las conversaciones con desconocidos y menos en un bar mientras bebe, trató de evidenciar su indiferencia lo más posible para que el extraño cerrara la boca. Casi lo consigue, pero sin que pudiera siquiera reaccionar, aquel hombre le puso la mano sobre su hombro con la firmeza de una garra de águila y acercó el habla a su oído. Aunque trató de evitarlo, no pudo porque la garra tenía una fuerza espantosa. Al oído le susurró su nombre y lo invitó al callejón atrás del bar para demostrarle que no era lo suficientemente hombre para estar con la puta de Helena. Él se estremeció un instante, pero tomó el control y de un empujón se zafó de él. El hombre anterior cayó sobre la persona que estaba sentada justo a continuación en la barra, botándole el vaso de cerveza al piso. Un cantinero en dos segundos abrió los ojos e hizo una seña a dos enormes garzones que de inmediato corrieron hacia donde ocurría la gresca, pero el hombre anterior tuvo el tiempo suficiente para tomar el vaso de shop derramado y hacerlo explotar en el lado derecho de la cabeza de su oponente, quien cayó al piso con una mezcla de sangre, cerveza y vidrios en la cara. Los garzones tomaron al hombre anterior por los brazos y lo arrastraron hacia la salida, mientras en el camino gritaba fuera de sí y pateaba las mesas de los demás comensales, sin dejar de repetir que Helena era una puta. Él se levantó del piso furioso y no aceptó más ayuda que un paño sucio para limpiarse la sangre, la cerveza y el orgullo. Pagó y salió enrabiado del lugar, mientras todos mantenían fija la mirada sobre él, aunque intentaran evitarlo o disimularlo.

“Piensa, por favor, piensa. Recuerda, vamos, recuerda, si es que eso sirve de algo ahora. No cedas ante la niebla, ante el cansancio, ante la probabilidad de muerte, aún no te alcanza. Ahora recuerdo, sí, cada palabra. Tus labios están más dulces hoy, Helena, casi fríos, son un paraje fresco de las alturas con fruta abundante, casi en las nubes, casi en el hielo del espacio y lejos de los soles. Saben mejor hoy, como nunca, debe ser tu piel cuando sales de la ducha, fresca, vespertina y nueva, otra Helena. Hoy te siento más mujer o será que yo me siento como un niño que no sabe nada, un tonto imbécil que no dejará de serlo. Deja que apoye mi cabeza en tu estómago, hay algo que quiero decirte. Los dos acordamos estar juntos no por fuerzas fuera de nuestra órbita, sino porque queremos y así lo sentimos, intuimos que es lo mejor, que así debe ser. Y si nuestra intuición está equivocada, a la mierda, de todas formas quiero que estés conmigo y yo quiero seguirte, hasta donde sea que terminen estas huellas que estás dibujando y que yo sigo sin más, pero no ciegamente porque te conozco, Helena. Te conozco y creo que ese es uno de mis grandes logros, que seas sincera a través de tus ojos y que yo pueda mirarte con los míos totalmente limpios. La curiosidad de la que te hablé al comienzo de todo esto ardió furiosa hasta hacerse cenizas y ahora es otra cosa, algo inquebrantable que me cuesta sostener. Ya no quiero la soledad, ya no necesito soledad. Ya no puedo estar solo, aunque quiera, porque siempre estás conmigo. A ratos me incomoda, pero me gusta, estoy lleno de presencias, como nunca las tuve, y lo acepto, los espacios están llenos de rostros, de cuerpos, de recuerdos. Me trajiste todo, todo lo que alejé ahora vuelve y se instala conmigo como una suerte de venganza por haber levantado un alambrado contra todo. Fuiste la primera en pasar, supiste entrar, incluso contra mi voluntad. Eres una mujer inteligente, Helena, lo hiciste sabiendo que en algún momento te lo agradecería. No entristezcas, Helena, te lo digo para que sonrías. Tengo hambre y sed, levantémonos Helena, la noche está linda a pesar de que afuera llueve. Mira el cielo por la ventana… ¿esa estrella otra vez?… vamos, levantémonos y salgamos”.

Ahora el ruido era insoportable, quizás más para una persona con un agujero en el cráneo y que sentía cómo de a poco su cerebro se movía como cayendo hacia atrás, hacia el pavimento. Las balizas de los carabineros y los sonidos de la ambulancia le producían más dolor en la cabeza que la bala, y el concierto desafinado de voces sobre él le alteró los nervios y despertó el miedo a la muerte. Estas formas sin contorno y apariciones confusas recortadas en la lluvia no podían ayudarlo, están fuera de sí, no saben qué hacer. Cerró nuevamente los ojos para tranquilizarse o entregarse definitivamente a la fatalidad, si de esa forma desaparecían todos quienes torpemente intentaban ayudar. Y entonces volvió la imagen, la fotografía tétrica y oscura del arma apuntando desde un extremo de la plaza a Helena, quien caminaba dándole la espalda al cañón sin saber que una bala buscaba destrozarle la cabeza.

Horas antes habían llegado a la fiesta a unas cuadras de la plaza. Una de las mejores amigas de Helena exageró en la celebración de su cumpleaños e invitó a más personas de las que su casa podía contener. Barra abierta, pista de baile, drogas y camas habilitadas en algunas de las habitaciones para quien quisiera. La ebriedad de la dueña de casa, el excesivo volumen de la música y lo epiléptico de las luces, predecían un mal término para cualquiera que no estuviera preparado. Y aunque estaban muy preparados, el final trágico llegó para él y Helena. Desde que llegaron a la fiesta no dejaron de abrazarse, tocarse, nunca se abandonaron, solo hubo una pausa cuando llegó el hombre anterior. También era amigo de la dueña de casa y se acercó a saludar a Helena con una risita burlona sin siquiera fijarse en quien ahora sostenía su mano. Él apretó la mandíbula y tuvo la sensación de una jarra de vidrio que reventaba en el lado derecho de su cabeza. Adelantó un paso antes que Helena lo sostuviera y con una sola mirada lo tranquilizara. Esos ojos eran demasiado hermosos como para perderse en una pelea estúpida. Levantó su mano y saludó al hombre anterior con un apretón indiferente, para luego llevar de la cintura a Helena a un rincón donde nadie los viera, quería decirle por primera vez que la amaba, aunque ella ya lo sabía, pero en algún momento es bonito ponerlo en palabras, pensó luego de escucharlo.

Pocas veces estuvieron en fiestas de esa intensidad, aunque a los dos les gustaban. Ahora, todo lo que hacían era mejor con el otro. Y en esta fiesta estaban felices, embriagados entre ellos. Hasta que en un momento él quedó solo. Helena fue a comprar cigarros al almacén que estaba el otro lado de la plaza, quedaba poco para que cerrara. Él se sirvió una piscola y se sentó en un sillón a ver cómo el resto de los invitados bailaba, la mayoría ya en éxtasis, a punto de caer. Por casualidad, sacó su teléfono del bolsillo y vio un mensaje enviado hacía cinco minutos atrás. Lo abrió y entonces sintió un hielo en la espalda. “Hoy Helena muere. Tú serás el culpable, porque lo provocaste y no puedes salvarla”.

Hizo erupción en menos de un segundo. Su paciencia desapareció tan rápido como vació lo que le quedaba de piscola y con el rostro ardiendo, fue en busca del hombre anterior. Esto sobrepasó cualquier límite de lo razonable y aunque jamás creyó que fuera a matarla, debía poner fin como fuera al desequilibrio de ese despojo maloliente de la humanidad. Hoy quedaría exiliado para siempre de la vida de Helena. Recorrió varias habitaciones en su búsqueda hasta que lo vio al lado de la chimenea conversando con varias personas. Avanzó arrojando el vaso y luego de empujar violentamente a quienes estaban con él, lo tomó del cuello y empujándolo hacia atrás azotó su espalda contra la pared y comenzó a levantarlo hasta estirar el brazo. Su mano casi no alcanzaba a sostener firmemente ese cuello equino, pero la ira lo ayudó a sacar la fuerza que nunca tuvo y lo miró con odio, con las venas de las sienes a punto de reventar, tratando de infundirle al hombre anterior un miedo tal que paralizara para siempre cualquier pensamiento de Helena. Pero su ira se apagó tan pronto como fijó sus ojos en los de él, porque no vio la mirada que esperaba, sino un pánico que reveló a un ser diminuto, temeroso y despreciable. Y la lucidez que lo invadió enseguida lo hizo temblar. La mirada que esperaba la había visto hace muy poco, cuando vio a la dueña de casa salir como una alimaña detrás de Helena, y en muchas otras ocasiones, tantas veces que ahora sentía un fuego terrible por no haberle dado nunca importancia a algo que estaba ahí. Casi cae de rodillas por su estupidez.

Hace tiempo conoció a la dueña de casa de la fiesta, cuando Helena lo presentó a sus amigas como quien desde ese momento en adelante sería su compañero. Fue un almuerzo y él quedó sentado en la mesa justo al frente de ella. Era una mujer robusta, fibrosa, que lo miró durante casi todo el almuerzo con ojos de metal, vacíos, un tanto violentos. Él al principio se desentendió, pero luego de unos minutos se sintió incómodo. Aprovechó una ida al baño de Helena para preguntarle en el camino quién era ella. Helena lo calmó, le dijo que era una amiga seca y árida, de poca empatía, pero buena persona más allá de lo que se podía ver. Él volvió más tranquilo a la mesa y entonces la dueña de casa dejó de mirarlo justo cuando Helena regresó del baño. Desde ese momento, la mujer fijó insistentemente sus ojos sobre Helena, de forma extraña, quizás por admiración y mucho cariño pensó en ese momento, pero con una mirada demasiado obsesiva y oscura. Juró que no le sacó los ojos de encima a Helena ni por medio segundo durante el resto del almuerzo. Después la volvió a ver en un bar y, de nuevo, desde que llegó lo miró durante largo rato como tratando de hacerlo desaparecer, esta vez con el ceño arrugado y el cuello venoso tenso. Apenas le trajeron la copa de vino que pidió, la dueña de casa se la derramó con exagerado escándalo al dar un manotazo falsamente casual, mientras conversaba a un volumen innecesariamente alto. Mientras se limpiaba en el baño, ella entró sin siquiera golpear la puerta y le pidió disculpas con argumentos que ella sabía él reconocería como mentiras. En esa oportunidad, creyó que tal vez la dueña de casa fue una de las camas que dio de baja cuando conoció a Helena y no podía recordarla, y ahora, por azar cruel, se la encontró como su amiga. Luego del incidente del vino, la mujer dejó de mirarlo con rabia y se centró en Helena, tal como en el almuerzo y en varias otras ocasiones en los meses siguientes. Quizás en secreto quería advertirle a Helena que se había acostado con él para destrozarlo, pero cuando la vio con el arma en la plaza, apuntando a la cabeza de Helena, supo que estaba equivocado. Reconoció la misma mirada obsesionada y se odió por obligarse a olvidarla.

Solo le tomó un par de minutos llegar a la plaza, aunque fue un problema encontrar la salida de la casa en su carrera despavorida. Empujó a varios hasta dejarlos en el suelo y otros intentaron golpearlo por la violencia con la que apartaba a las personas para que le despejaran el camino. No bajó la velocidad hasta que llegó a la vereda que enfrentaba la plaza y, con la misma intensidad, resoplando casi con convulsiones, sus ojos la buscaron. No la vio, se acercó aún más a la plaza. Nada. Dio la vuelta hacia el otro extremo y allí estaba, una oscura silueta con un arma apuntando a Helena, quien caminaba despreocupada de vuelta del almacén donde compró cigarros. De pronto, los focos de un auto que pasó lento por el costado alumbraron el rostro de la silueta y vio las facciones desfiguradas de la mujer. El hombre anterior no quería ver muerta a Helena, quizás quería verlo muerto a él. Pero la dueña de casa sí quería ver muerta a Helena. Sufriendo lo frágil y delicada que es la vida, él corrió descontrolado y casi inconsciente. Como nunca, el tiempo estuvo de su lado y saltando logró interponerse entre Helena y la bala. Sintió un fierro caliente que le atravesó la cabeza y dejó a sus espaldas pequeños pedazos de cráneo repartidos en el suelo sucio. La dueña de casa se acercó a su cuerpo, que quedó tirado entre la calle y la vereda, y le escupió el rostro con odio.

Helena está en la ambulancia, sentada al lado de la camilla donde yace el cuerpo muerto de quien ama. El agujero detrás de la cabeza por donde salió la bala, se configura como el vacío por donde se le escapó la vida. La muerte al fin lo alcanzó. Helena, tras sentir el balazo a sus espaldas mientras caminaba de vuelta del almacén, arrancó asustada. Era un balazo, algo que conocía pero nunca había escuchado. Solo pudo volver cuando vio a sus amigas y a la ambulancia al lado de una mancha negra sobre la calle, apoyada con un brazo sobre la vereda. Ahora, desfigurada, sin poder controlar las convulsiones que el llanto le provoca, ve por la ventana de la ambulancia una estrella de titilar extraño en el firmamento, un astro que nunca había visto y que llamó su atención, y que en una milésima de segundo se apagó.

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