Martín

Apenas pudo dar sus primeros pasos, Martín caminó sin desvíos hasta el enorme parlante del equipo de música de su padre. Bajo un arco formado por una colección interminable de vinilos, Martín desde entonces pasa mañanas y tardes enteras con su mano sobre la malla que cubre los altavoces, abstraído entre vibraciones intensas, moderadas y tenues, que palpitan como corazón en las yemas de sus dedos. Martín es ciego de nacimiento, hoy tiene 7 años, y cada vez que su padre pone un disco en la tornamesa se desliza dominando mejor que nadie el espacio que lo distancia de los conos de los parlantes, sorteando con agilidad cada obstáculo que pueda existir, esté donde esté, en el patio de la casa respirando las plantas, sentado en una banca mientras su madre cocina su comida favorita o en la vereda donde cada cierto tiempo lo ponen a hacer quién sabe qué.

A nadie le importa el hábito de Martín, tampoco nadie reparó en ello, y los pocos que lo hicieron pensaron que era sordo. Pero su padre hoy no concibe escuchar música sin que esté Martín con su mano sobre el parlante y su mirada blanquecina fija en quién sabe dónde. Desde que comenzó a forjar su gusto y hacerse de su propia colección, no tiene muchos recuerdos de los momentos en que la música estuvo con él, hasta que Martín pudo dar sus primeros pasos y poner la mano sobre la malla que cubre los altavoces de su equipo de música.

El padre de Martín, cuando el médico le dijo que su hijo nació ciego, sintió un dolor en una parte del cuerpo que no pudo identificar, sospechó que era algo bajo las costillas al lado izquierdo. Solo podía abrazar a Martín, presionándolo contra su pecho creyendo que de alguna forma su vista pasaría a él. Y nunca dejó de poner su mano sobre los ojos del niño, intentando que con alguna especie de sortilegio mediante, el calor que llevaba dentro le diera quizás la visión. “No puedo creer que no sea capaz de verme”, le dijo muchas veces a nadie. Siempre sentía una herida cuando la familia se reunía, cuando todos los niños jugaban, inventaban, viajaban, peleaban, se dormían, mientras Martín ponía su mano sobre la malla de los altavoces, solo, con nadie, nadie reparando en él.

Y así pasó el tiempo, Martín nunca dejó de acompañar a su padre cada vez que escucha música y viaja hasta lugares que solo él conoce. Hasta que un día, ya habituado, le preguntó sin mucho interés: “hijo, ¿por qué pones tu mano en el parlante?”. Una sonrisa iluminó la cara de Martín como si siempre hubiese esperado la pregunta. “Papi, porque puedo ver muchas cosas, colores, personas, las cosas que estas señoras y señores están cantando”. Martín fijó por un instante sus ojos no nacidos en su mano sobre la malla que cubre los altavoces. “Pero lo que más me gusta, Papi, es que puedo verte sonreír”.

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