Durante el último año a Celerino se le desbocó el entusiasmo por el arte pictórico y por eso está de pie en medio de un salón en el palacete de la familia Alves, el mismo que construyó el patriarca Nelson Alves en el barrio Yungay a principios del siglo XX, cuando llegó a Chile arrancando del fracaso económico que aniquiló las tierras heredadas de su suegro al oeste de São Paulo. Hace unos meses Celerino conoció a Mariana, nieta del patriarca, y arriesgándose a parecer otro más de los galanes que la pretendían no tanto por su belleza, sino más bien por su linaje y patrimonio, hizo todo lo posible para convertirse en un buen amigo y confidente, y lo logró, interesado en las noticias que tenía sobre las pinturas que cuelgan en las paredes del palacete. Contador sencillo y de ademanes finos, flaco y espigado como galgo, él es un recién llegado en los territorios del arte, aunque tiene una sensibilidad un poco más que básica gracias a sus padres artesanos, quienes fueron parte de la oleada que dejó el campo en busca del desarrollo que solo es posible en las ciudades, según se creía en los caseríos del sur profundo.
Allá creció entre telares y cacharros de greda y, ya en la capital, Celerino estudió y consiguió un buen trabajo gracias al sudor de sus padres, así fue mejorando la calidad de vida familiar y escalando en círculos sociales donde le pareció correcto, incluso necesario, convertirse en aficionado a la pintura. Tantos frutos tuvieron los ardides que aplicó con Mariana que llegó a ser su favorito, ganándose además de su favor, el odio de los pretendientes que no vacilaron en darle vuelta copas de vino sobre el único traje caro que tenía ni en ofrecerle combos en la calle. También le inventaron una calumnia: se dijo que era un sodomita prófugo de la justicia y excomulgado de la iglesia. Mariana tiene un nivel de perspicacia muy superior al de los hombres que la adulan, por eso no cree en las habladurías que rondan a su nuevo confidente ni se traga las lisonjas de esos sementales que babean poco por su carácter y mucho por su billetera.
Celerino está fascinado con las piezas que adornan el hogar de los Alves, incluso pudo ver los cuadros de los dormitorios gracias a la cortesía de Mariana, que le permitió entrar pese al pudor familiar por la intimidad que protegen las alcobas. Durante el recorrido vio un Meirelles y un Monteiro originales, también un Lira y un Cicarelli. Pero en ninguno de esos cuadros se detuvo tanto tiempo como en el que está mirando ahora, apoyado en el bastón que usa para darse aires de experto y bajo el rayo de sol que proyecta una claraboya en el techo del salón, pareciera que la pusieron ahí a propósito para iluminar su reacción. Se ve hipnotizado por un dibujo que, según su criterio, no se acerca en lo más mínimo al resto de las obras de la colección, aunque el marco es el mejor del palacete o así lo estima: la madera oscura parece sólida, brilla como si tuviera luz propia y no revela ninguna imperfección, ni un rasguño, ni siquiera polvo, y los querubines tallados en las esquinas que miran al ser trazado en el lienzo son exquisitos. Ese adjetivo usa Celerino en su cabeza y por eso se siente audaz, aunque en el fondo está perturbado.
El dibujo es precario: cada línea parece trazada por la mano bruta e insensible de un principiante, carece de colores y no se aprecia ninguna sutileza que le dé al menos algo de volumen al cuerpo. Está lejos, pero muy lejos del pulso entrenado y diestro que Celerino disfrutó en el resto de las obras. No logra descubrir con qué material se hizo, puede ser carboncillo, pero no lo es, quizás es lápiz grafito, pero tampoco lo es. Pese a lo deficiente de la pieza, no puede apartar los ojos.
Mariana entra al salón y le habla por detrás, muy cerca del oído y emanando un aliento cálido que le eriza los pelos de la nuca. La primera vez que lo vi me sucedió lo mismo, el cuadro me hablaba, pero no pude descubrir en qué lengua hasta varios años después. A Celerino le cuesta articular las palabras. Es evidente que la figura está triste, pero creo que siento más horror que pena, dice. Se da vuelta y enfrenta a Mariana, y con un vistazo rápido se da cuenta de que, a diferencia de los otros salones, en este cuelga ese cuadro y nada más, el resto de las paredes están desnudas y tapadas en algunos sectores por libreros pequeños; frente a la chimenea encendida hay un juego de sillones sobre una alfombra de patrones árabes. Bajo el cuadro, el escritorio de madera que utiliza Mariana y que fue de su abuelo Nelson. Sus padres rara vez entran en ese salón y sus hermanas, antes de abandonar el hogar, nunca lo hicieron.
Si me permites decirlo, me parece extraña esta pieza considerando el resto de lo que tiene tu familia, dice Celerino. Sin embargo, querido, es la más importante. Él entendería ese estatus si se tratara del dibujo hecho por algún familiar importante, por ejemplo, el famoso Gabriel Onán, bisabuelo de Mariana y uno de los latifundistas que dominaron el negocio cafetero en Brasil. Él inició la fortuna familiar con extensos territorios en los cuales, como le gustaba decir en sus delirios de grandeza y a modo de emperador, nunca se ponía el sol. También entendería si fuera el retrato de alguno de los padres o abuelos de Mariana, aunque estuviera trazado por el pincel de un artista mediocre. Pero no sabe quién es ese hombre desnudo y en los huesos que se tapa los genitales con las manos.
¿De quién es el obra?, pregunta Celerino, ¿de algún dibujante famoso en Brasil? Mariana sonríe. De Brasil sí, pero de famoso nada, lo dibujó mi abuela Beatriz. Se confirma que es de un familiar, pero no de uno importante. Por muy abuela que sea, se necesita más para atreverse a enmarcar y colgar algo como ese retrato que Celerino ya tiene en su cabeza como adefesio, aunque por ningún motivo usará esa palabra en voz alta. Puede ser un asunto delicado, así que intenta una crítica benigna como quien alaba los garabatos que dibuja su hijo. No sabía que tenías una familiar artista, es interesante la técnica que utilizó, sobre todo lo grueso de los trazos. Mariana suelta una carcajada. No es necesario ser cínico ni darte ínfulas conmigo, querido, mi abuela no fue artista y esto es todo lo que dibujó en vida, hasta donde yo sé. Celerino se avergüenza, pero no se disculpa ni quiere explicarse, intenta no quedar como imbécil y finge sinceridad. Matiza su juicio con expresiones más generales del tipo “tiene cierto atractivo”, “capta la atención” y “es honesto”, aunque todas esas palabras son nada si es que quieren expresar lo que el cuadro le produce. Al final, siente la obligación de ser sincero de verdad, en el cuerpo tiene escalofríos o algo parecido. La verdad es que no sé qué decir. No te preocupes, dice Mariana y lo mira como si pudiera describir en detalle el estado en que está. Como te dije, la primera vez que lo vi me pasó lo mismo, quizás peor, porque era una niña.
Ella vio por primera vez el cuadro a los seis años y siempre le produjo un sabor amargo. En un momento decidió nunca volver a entrar en la habitación donde la abuela lo colgó, el cuarto al fondo de la casa donde vivieron mientras se construía el palacete del barrio Yungay. Ese lugar fue el refugio de Beatriz. Allí tejía, leía y jugaba a los naipes con algunas vecinas que fueron las pocas amigas que tuvo en Chile. Mariana sabe que su abuelo Nelson odió el dibujo y, aunque fue un esposo dominador y algo violento, nunca logró que la abuela lo botara a la basura, en eso ella fue una fiera y con una sola mirada enmudecía al marido cada vez que intentaba convencerla de deshacerse de ese “pesadelo terrível”, como lo llamaba. En un momento Mariana pensó que el odio del patriarca Nelson se debía a que la fealdad del dibujo era un punto bajísimo en su colección, aunque estuviera relegado al fondo de la casa y no se lo mostrara a nadie. Muchas veces actuaba como si el hombre del cuadro lo acechara. Mariana lo vio varias veces mirando hacia la puerta de la habitación sin pestañear, como queriendo prenderle fuego con los ojos.
Ella también odió durante mucho tiempo el dibujo, así se lo explica a Celerino. No puedo dejar de preguntarte cómo esta pieza se transformó en la más importante de la colección, dice él. Debo ser sincera, es la más importante para mí, hay muchos en la familia que preferirían destruirla, otros simplemente aguantan que exista. Ella hizo las paces con el cuadro cuando la abuela Beatriz murió. Y si el dibujo todavía está ahí, es porque Mariana lo salvó varias veces de ser quemado o arrojado a un vertedero. Si Beatriz no se lo cuenta antes de fallecer, el cuadro estaría bajo tierra como ella.
Sucedió en sus últimos días, una noche en que Mariana, aún adolescente, la cuidaba mientras deliraba en sueños. Beatriz tenía las sábanas mojadas por los sudores y se debatía de un lado a otro, a veces lanzaba golpes al aire y quejidos como violines desafinados. En un momento fue tanto el escándalo que Mariana tuvo que tomarle los brazos y sacudirla para despertarla. La abuela abrió los ojos y se calmó lanzando un suspiro largo y hediondo. Le puso una mano en la mejilla a su nieta y le pidió agua, ella le sirvió un vaso de una jarra puesta en el velador con una preparación de hierbas. Beatriz la bebió limpiándose el sudor de la cara con la manga del camisón. Mariana respetó su silencio, ya lejos de las pesadillas la vio tranquila, incluso su mirada era lúcida a pesar de que unos segundos antes estuvo a punto de morir. Pasaron varios minutos sin decirse nada hasta que Beatriz habló. Mi dibujo será mi herencia para ti y quiero que lo cuides con tu vida. La nieta puso la cara de espanto que la abuela sabía que pondría, no esperaba otra cosa, pero ella era la única que entendería cuando supiera el origen del retrato.
De niña, Beatriz dibujó lo que su institutriz le pedía y cuando terminaron esas lecciones nunca más tomó un lápiz o pincel, el bordado fue lo más cerca que estuvo del arte durante la pubertad. Su juventud fluyó entre una educación severa y los juegos con sus hermanas y, a veces, con los hijos de los esclavos cuando no tenían que trabajar en las fincas de su padre. El patrón Gabriel era poderoso, nadaba en las riquezas que le dejaban las plantaciones de café, su producto era considerado el mejor del Brasil y muchos envidiaban su habilidad para los negocios, aunque de boca en boca andaba la creencia de que su verdadera habilidad eran las estratagemas oscuras y no sus conocimientos del comercio.
Hombre alto y macizo, uno de los rasgos físicos que más incomodaba a las personas fue el cuenco vacío del ojo derecho cubierto con un parche de cuero de vaca. Perdió el ojo en una de las batallas que inició en su juventud junto a los agricultores que en esa época se perfilaban como los futuros dueños de las tierras. Inventaron una cruzada para recuperar los territorios de manos de los indios, porque les correspondían por derecho divino a los civilizados y no a los adoradores de animales y plantas que bebían líquidos de lianas para comportarse como depravados y cuyas mujeres andaban con las tetas al aire sin que nadie las castigara.
El patrón Gabriel amaba a sus tres hijas, pero su favorita fue Beatriz, la mayor. No escondió su preferencia y nunca se avergonzó ni excusó por ello, lo que no significa que le negara cariño a las otras dos. Ante la ausencia de un vástago hombre, Beatriz reunía todas las condiciones para ser la sucesora: carácter fuerte, inteligencia, severidad y rigidez. Ella sería una mujer inquebrantable, lo llevaba en la sangre, y para no correr riesgos se aseguró de que así fuera con una preparación inflexible. Los otros hacendados se reían a sus espaldas y contaban chistes humillantes sobre lo defectuoso que debían ser sus espermios si era incapaz de engendrar un macho. El patrón Gabriel lo sabía, pero le era indiferente, en algún momento todos terminarían comiendo de la mano de Beatriz.
Pero su ambición fue desmedida, no podía ni quería controlarla. Siempre tenía apetito y, como no eran suficientes sus tierras donde nunca se ponía el sol, vio una oportunidad de expandirse más allá del Atlántico cuando un comerciante inglés apareció por las fincas y puso los ojos sobre Beatriz, que en esa época tenía diecinueve años. Visitar Londres, hacer negocios al borde del Támesis y exportar directamente el café a Europa era más de lo que había soñado. Fue tanto su entusiasmo que le dijo a su mujer, de nombre Sonia, que su nueva misión era acabar con la costumbre del té, hábito de afeminados y viejas aburridas. Había llegado la hora de convertir a esos inglesitos remilgados en brutos que amaran lo amargo e intenso y él aprovecharía de cortar una buena tajada. La oportunidad de Beatriz había llegado.
Lo primero que pensó el patrón Gabriel fue que no bastaba la unión de las familias. No era suficiente influir en el comerciante inglés, quería dominarlo. Y qué manera más efectiva para lograrlo, la más infalible, que las artes amatorias. Como buen putero que era, estaba convencido del poder enorme que alcanzaría una mujer si fuera una diosa en la cama. Por ello, y como fue habitual con los hijos de los latifundistas al momento de convertirse en hombres, Beatriz se haría mujer con un esclavo y con mayor rigor, porque aprendería y dominaría cuanta técnica, posición o peripecia fuera necesaria para asegurarse de que el inglés le besara los pies.
Hecho eso, bastaría embarcarse, negociar con los socios de su yerno y dejar a Beatriz instalada en Europa para curtirse y asegurar los intereses familiares. El patrón Gabriel nunca se celebró tanto como cuando le compartió la idea a Sonia, ella no se casó con él precisamente por ser una mujer sumisa y discreta, iba a la par con su marido, así que lo celebró todavía más y de inmediato prepararon los detalles, nada quedaría al azar. Ella conocía al esclavo perfecto, un joven apocado y silencioso, obediente y de los que menos necesitaban latigazos para cumplir la voluntad de los dueños. También sabía de una bruja venida de Haití que deambulaba por esas tierras durante las noches y que utilizaba artes oscuras, al parecer traídas del África, para preparar pociones que le devolvían los bríos a los penes alicaídos y el ardor a las esposas inapetentes. Nadie hablaba de ella y los pocos que lo hacían se persignaban al nombrarla, por lo que sería difícil encontrarla.
Sonia y el patrón Gabriel le dijeron a su hija que debía casarse con el caballero británico y detallaron cómo sería su preparación. Le explicaron que todo iba en beneficio suyo y de la familia, que una oportunidad como esa no se presentaba fácilmente para una chica de las Américas, tan lejanas del centro del mundo. Beatriz lloró y suplicó, les recordó que era su hija y que no podían someterla a ese tormento, prometió ser la esposa más devota del mundo y una guardiana feroz de los intereses familiares en Inglaterra, por lo que no era necesario someterla a esas perversiones, a lo que sus padres replicaron que la convertirían en una mujer poderosa y tendría una vida inimaginable, sería la envidia de italianas, holandesas y francesas y los mercaderes europeos se arrodillarían ante ella. Beatriz lloraba y suplicaba, el llanto se fue a los gritos y se arrojó a los pies de su madre. Viendo el padre que la hija le faltaba el respeto a su autoridad, tomó una varilla y la golpeó hasta callarla.
Mariana no le detalla a Celerino las escenas sórdidas de esa noche, pero le cuenta que a Beatriz la llevaron a un cobertizo donde estaba la bruja, una vieja casi enana con escamas en la piel que expelía un olor fétido y se movía como reptil vociferando frases que sonaban a maldiciones. La bruja le dio un líquido espeso y amargo y, mientras le ponía la vasija en la boca, Beatriz le vio los ojos aguados y amarillentos como dos frutos descompuestos. El brebaje calentó su cuerpo y la tranquilizó por unos segundos, pero la calma no fue suficiente para soportar la visión del esclavo, que entró al cobertizo a las patadas de dos capataces. Lo pusieron frente a ella y le sacaron la manta que lo cubría, dejando al desnudo un cuerpo que no podía tener vida a los ojos de Beatriz: se le traslucían los huesos y las costillas parecían romperle la piel, tenía las piernas arqueadas y con las manos se tapaba los genitales. De su boca salió un hilo de voz que pedía compasión, pero nadie lo escuchó, salvo los capataces que lo arrojaron al suelo. La bruja, que en todo ese rato no dejó de dar piruetas por el cobertizo lanzando conjuros, de pronto se detuvo y, tomando a Beatriz del brazo, la acostó al lado del esclavo. Entraron los padres de la alumna y dieron inicio a la primera sesión de entrenamiento.
Todo un éxito se dijeron el patrón Gabriel y Sonia una vez completada la preparación de Beatriz tres meses más tarde, pero en sus mentes jamás imaginaron falla alguna en el plan. Por eso quedaron con la boca en el suelo al día siguiente del matrimonio y de la noche de bodas, cuando vieron al comerciante inglés ordenarle a sus sirvientes que cargaran las maletas en el carruaje y, luego de maldecirlos y gritarles que jamás haría negocios con ellos, salía disparado de esas tierras como quien arranca de la muerte. Beatriz se encerró en su habitación y así estuvo varios días sin responder a las órdenes de sus padres, hasta que el patrón Gabriel derribó la puerta a patadas y arrastró del pelo a la hija para encerrarla en uno de los calabozos para esclavos.
Cuando la liberaron tuvo que soportar el desprecio de sus padres. Sus hermanas intentaron ayudarla, pero nada funcionó. Beatriz vagaba como fantasma por las fincas, volvía a casa con los puños llenos de granos de café y se encerraba en su habitación durante días. Después de meses, el patrón Gabriel perdió la paciencia y otra vez derribó la puerta a patadas. Entró y alzó el brazo para golpear a Beatriz, pero los ojos se le fueron a un lienzo que estaba en el suelo apoyado contra la pared. Sin bajar el brazo, congelado en esa posición, estuvo varios minutos sin apartar la mirada del cuadro hasta que empezó a temblar. Cuando llegó Sonia, vio a su hija acostada en la cama sin expresión en el rostro como si la locura le hubiera robado la mente. Miraba a su padre que caminaba en cuatro patas hasta el lienzo. Con la cara casi pegada al dibujo y llena de lágrimas, el patrón Gabriel le susurró frases inaudibles al hombre del cuadro y, por las pausas entre lo que decía, Sonia pensó que recibía respuestas.
Desde ese día, el que pareció loco fue el padre mientras la hija recuperaba la cordura hasta ser la misma de antes o al menos una versión muy parecida. El negocio fue decayendo como la razón del patrón Gabriel. Desvariaba frente a la familia y en las decisiones para la administración de los cafetales. Con los años perdió hectáreas y el sol comenzó a ponerse en lo que quedaba de ellas, hasta que Beatriz conoció al hijo de un hacendado del norte de apellido Alves. Se casaron con poco amor, pero con mucho interés en salvar las fincas la una y en aumentar sus tierras el otro. Beatriz junto a su marido Nelson, quien además de comerciante era un entusiasta de las artes plásticas, se hicieron cargo. Pero el daño ya estaba hecho. Después de la muerte del patrón Gabriel se cosechó café por algunos años más hasta que la familia, aburrida de las penurias y extrañando la buena vida, y ya con la esclavitud abolida en el Brasil, decidió vender las tierras y repartirse el dinero para que cada uno se fuera por su lado.
Beatriz y Nelson comenzaron una nueva vida y llegaron a Chile con sus dos hijas, sin olvidarse de la colección pictórica del marido, que en esa época contaba con varias piezas valiosas y, entre ellas, pese a sus reclamos, el cuadro de Beatriz, que ya tenía el marco que Celerino calificara de exquisito. En Santiago, Nelson creó una importadora de café y Beatriz se dedicó a criar a las hijas. Después de la muerte de ambos, los padres de Mariana, ya instalados en el palacete, estaban listos para cumplir el deseo de Gabriel y Nelson. El cuadro estuvo a punto de ser combustible para el fuego en la chimenea, pero Mariana se convirtió en la fiera que fue su abuela y no permitió que destruyeran lo que ella le dejó como legado. Hasta en la tumba Beatriz no permite que destruyan ese adefesio, piensa Celerino.
Esto fue lo que le contó Beatriz a Mariana y Mariana a su amigo. Es terrorífico mirar ese cuerpo cadavérico tapándose los genitales como si le diera pudor que se los vean después de muerto, dice Celerino. Está arrepentido de visitar el palacete. Para él la pintura es belleza y emoción aunque describa escenas dolorosas o figuras deformes, pero esto va demasiado lejos. Desea que Mariana nunca le hubiera mostrado el cuadro, él fue al palacete para hablar de arte, de claroscuros, delicadeza y fluidez, ver al artista en la obra, no a enterarse de la tragedia de una vieja muerta. No entiende por qué su amiga le contó la historia, si le hubiera ocurrido a él, no se la contaría ni al párroco que lo confesaba allá en el sur.
De pronto se le ocurre una buena idea: un conocedor del arte no tiene por qué encontrar todo bueno, es más, mientras más crítico, mejor. Bueno, no se puede esperar mucho de alguien que hizo solo un dibujo en su vida y sin preparación, espero que sepas perdonarme, pero esto es la vergüenza de los Alves. Mariana sonríe. A veces dibujar es imperativo, querido. Está siendo sarcástica, pero sin intención de ofenderlo. Y no logro detectar con qué se dibujó, el parche en el ojo parece pintado con mugre, continúa Celerino. Ella mira el cuadro, está viviendo un momento de convicción, y luego abraza y besa a su amigo como si estuviera reconfortando a un niño. Eres un amor, querido. Él no sabe qué responder ni qué más acotar, solo sabe que quiere irse. Ahora pasemos al comedor y dejemos que los cuadros descansen, el café debe estar servido.