El fin de semana de Silvina y Gus

Gus abrió el paquete de papas fritas y vertió el contenido en un bowl de vidrio. Hace poco había ido al baño y descargó la lasagna del almuerzo, así que ya tenía espacio para el picadillo con el que acompañaría la serie de Fito. Los fines de semana jamás veía televisión sin algo que comer. Las maratones de series eran una adicción para él y su novia, Silvina, quien ese sábado lo dejó solo porque se comprometió a pasar el día con sus padres y hermanos. Gus abrió una Quilmes y se fue al dormitorio. No tenía idea de qué se trataba la serie. Ojalá salga la parte de No sé si es Baires o Madrid. Ese era su disco favorito de Fito, aunque no era tan fanático de su música. Se echó en la cama y le dio play, sabía que Silvina se enojaría con él porque se comprometieron a comenzarla juntos, pero no se le ocurría qué otra cosa ver. Antes de almorzar, terminó la tercera temporada de True Detective, primero con el desayuno, después con unos pedazos de pizza fría que sobraron de la noche anterior y un par de Quilmes.

Mientras cargaba el primer capítulo, se golpeó la ponchera. Desde hace tiempo parecía una sandía. Esto de tener genes italianos siempre era su excusa y la de toda la familia. No importa, che, moriré como el gran Gandolfini, prefiero mangiare. Tomó un trago de la Quilmes, se metió la mano en los calzoncillos para rascarse las pelotas y después la introdujo en el bowl para sacar una papa frita. Cuando se la llevaba a la boca, eligió de esas tipo onduladas, se dio cuenta de que tenía un pendejo pegado en la mano. La sacudió para que el pelo cayera al suelo y mordió la papa frita. Este pibe es igual a Fito. Llevaba pocos minutos de la serie y sintió ganas de mear. ¡Qué joda, justo cuando me acabo de acostar! De mala gana fue al baño y mientras largaba los orines vio en el reflejo del espejo la toalla de mano donde, hace un rato atrás, mientras cagaba, pegó un moco rebelde que no se dejaba atrapar. Como en el video de esa banda de gringos trolos de los 90, ¿cómo se llamaba? ¡Qué grupo de mierda!

De pronto, con un flashazo, recordó que Silvina se iba a enojar con él y, esta vez, se asustó. No se dio cuenta de que le saltaban gotas de meado a las piernas. Los sábados y domingos eran de ellos, salvo las excepciones en que se va a ver a la familia para que después no digan que son unos ingratos de la puta. Hace mucho tiempo se pudrieron porque durante la semana no podían hacer las cosas que de verdad les gustaban. Silvina amaba el yoga, pero cada vez le era más difícil ir a clases porque llegaba cansada del laburo o debía quedarse haciendo caja hasta tarde. Lo mismo le pasaba a Gus, que hace meses no jugaba al fútbol. Su nuevo trabajo era desde las 16 hasta las 24 horas y en las mañanas despertaba muy cansado y se quedaba viendo televisión. “Che Gus”, le dijo una vez Silvina, “la estamos cagando, vivimos para trabajar”. Gus le encontró toda la razón. Necesitaban tiempo para ellos, por lo tanto, los amigos y la familia quedaron para contadas ocasiones, lo mínimo para que después no dijeran, de nuevo, que son unos ingratos de la puta. Sábado y domingo fueron suyos.

Lo primero: cada uno tenía un montón de películas y series que quería ver, Silvina las tenía anotadas, ambos se sentían excluidos cuando el resto hablaba de los últimos estrenos en las plataformas de streaming. “Me da vergüenza no opinar nada, Silvi”, le dijo una vez Gus. Las contrataron todas de una vez y así, todos los sábados y domingos, vamos con las maratones y las pizzas, las pastas, a veces sushi y comida china, no faltaban los emparedados de milanesa y la cerveza, a veces un Ferné con Coca de bajativo. Los lunes llegaban al laburo pálidos como salidos de una caverna, a lo Gollum, pero felices, ahora podían socializar aún más. Gus no le podía mentir a Silvina, le confesaría que había empezado a ver la serie de Fito, pero le prometería acompañarla mientras se ponía al día con los capítulos. La extrañaba, siempre era mejor ver televisión con ella, porque entre capítulos o a la mitad de una película garchaban. Luego continuaban abrazados cada uno con una Quilmes en la mano y, al rato, podían garchar de nuevo o pedir más comida. Los domingos en la noche era obligación cambiar las sábanas que terminaban manchadas de salsa de tomate, aceite, soya y otros fluidos. Las duchas se retomaban los lunes antes de salir del departamento al trabajo.

Silvi no se va a enojar. Se sacudió la poronga, pero no muy bien. Cuando se la guardó mojó los calzoncillos. Volvió a la cama, continuó con las papas fritas y la serie. En realidad, es un grande Fito y salen todos estos astros, estoy flipando, che. En un momento se quedó dormido y con un fuerte ronquido dio vuelta las papas fritas sobre las sábanas. Daba gusto ver a Gus, era un descanso profundo, de bebé, la saliva le colgaba por la boca y dejaba un manchón en la almohada. Al rato un sonido desde la calle lo despertó. Sintió como si el material de una construcción hubiera caído al suelo, quizás fue un choque de autos, no pudo definir qué fue. Miró el televisor y ahí estaba Fito dándole al piano sobre un escenario. No recordaba en qué parte de la historia se durmió. Se puso de pie y fue hacia la ventana.

Antes de abrir las cortinas para ver qué sucedió, subió una pierna irguiendo el culo y largó un pedo agudo, apretado, de esos que suenan como cuando se estira la boca de un globo para desinflarlo. Miró hacia la calle. Lo que Gus vio no lo sabemos, no podemos adivinarlo, pero sí sabemos lo que hizo después. Tomó su celular del velador y le envió un audio a Silvina. “Silvi, te espero en una hora en la Recoleta. Decíle a tus padres que otro día te quedás más tiempo con ellos. Yo salgo en cinco minutos”. Se puso pantalones, una remera del flaco Spinetta y zapatillas. Recibió la respuesta de Silvina. Gus le devolvió “no seas boluda, Silvi, a esos viejos garchas los puedes ver cualquier otro día. Te espero y no me llamés al celular, lo dejo en casa”. De un sorbo terminó lo que quedaba de Quilmes y bajó los 12 pisos del edificio por las escaleras. Abrió la puerta y el sol lo cegó. “¡Dios santo, qué bello abril!” dijo cuando pudo ver y caminó hacia la Recoleta.

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