El perro

Con la poca luz que entraba entre las cortinas y que provenía más de la luna que de los postes viejos del alumbrado público, José pudo ver qué era esa figura a los pies de la cama que ya estaba ahí cuando abrió los ojos en medio de la noche: un perro tieso como estatua, parado con las patas delanteras apoyadas en el colchón, para José era una especie de Rottweiler pequeño con los rasgos fibrosos de un Bulldog. El animal lo miraba como cualquier perro mira a su dueño, pero de todas formas José se sintió amenazado, esa criatura no debería estar ahí, en su casa nunca tuvieron mascotas, ni siquiera un miserable canario, y era imposible que fuera de algún vecino porque, hace dos días, cuando se mudó con su familia a esa casa en medio del cerro Cordillera, no vio ni siquiera perros callejeros, los que todo el mundo sabe son habitantes tradicionales en cada rincón del puerto. De todas formas, no había por dónde entrar, la puerta y las ventanas de la habitación estaban cerradas. El perro se mantenía en la misma posición, José podría haber pensado que estaba disecado si no fuera por el jadeo leve que le llegaba desde el animal.

La casa estaba construida con madera, era enorme, de tres pisos, de la década del 40 le dijeron, el barrio parecía ser más antiguo, las calles eran generosas en baches y las veredas exhibían las mismas grietas que tenían en el rostro los viejos que merodeaban a diario por las inmediaciones de la casa. Los hijos de José se mudaron de mala gana, no querían dejar la vida campechana de Quillota, pero el trabajo de su padre exigía que vivieran en Valparaíso, tampoco era lo que quería la esposa, Camila, pero ella apoyaba en todo a su marido. José, que estaba feliz por el nuevo hogar, empezó a arrepentirse cuando se dio cuenta de que el perro lo miraba sin pestañear. Con la poca luz veía también los contornos de los muebles y de los adornos de la habitación, pero se le hacían deformes, como si hubieran mutado de su forma original. No podía moverse, estaba rígido como palo, aun así intentó estirar el brazo hacia la lámpara del velador. Cuando lo hizo, el animal se tensó en un movimiento casi imperceptible, como si alguien le hubiera mostrado comida, José se detuvo unos segundos, luego siguió dirigiendo el brazo hacia la lámpara, el perro se puso de nuevo en alerta y su respiración pasó a ser gruñido.

Hace mucho tiempo que no estaba envuelto en un miedo como ese, años, imposible recordar cuántos, pero era un hecho que de niño siempre fue temeroso y con el tiempo se fortaleció y olvidó todos los sustos de un infante: que algo estuviera debajo de la cama o metido en el closet, que el silencio significara que alguien lo acechaba, que en la oscuridad lo rodearan seres que no se dejaban ver en la luz. Se consideraba un estúpido por haber pensado así, el ser un niño no era excusa suficiente para él, pero ahí estaba el miedo una vez más, jadeando y salivando frente a él. El perro se pasó la lengua por el hocico, escuchó unas babas que cayeron sobre el cubrecama, José movió un poco más el brazo hacia la lámpara y el perro lo acechó. Junto con el sudor de a poco apareció la desesperación, recordó que Camila no llegaría a casa hasta bien entrada la madrugada, deseó que no lo hiciera porque el perro la atacaría, ¡Y mis hijos!, pensó, algunas veces se levantaban e iban a buscarlo para dormir con él, tenía que solucionar todo antes de que alguien entrara en la habitación.

El ambiente se enfrió de golpe y la respiración fue vapor, ¿por qué este perro no hace algo? ¿Cómo puede mantenerse quieto tanto tiempo? ¿Qué es lo que quiere? A cada pregunta que aparecía en la mente de José, la desesperación avanzaba otro paso y el sudor le goteaba más en las axilas, hasta con el mínimo movimiento el perro tensaba la musculatura, pero no atacaba, ¿qué estará esperando? De la nada, se le apareció en la cabeza la memoria de un miedo similar pero vivido hace mucho tiempo, avanzaba en una oscuridad absoluta, alguien más estaba con él, por el sonido de los pasos adivinó que caminaban por un sendero de tierra, ¿de dónde viene ese recuerdo? Con un movimiento rápido escondió el brazo bajo las sábanas y el perro volvió a su estado original, sin expresión y la respiración dejó de ser gruñido. José decidió quedarse quieto, esperar que el animal hiciera lo que vino a hacer, no tenía opción, intentó sostenerle la mirada para que supiera que aceptaría todo, pero tuvo que rechazar esos ojos que se iluminaban como los de un ciego.

Avanzó la noche y la estatua seguía a los pies de la cama, José miraba hacia cualquier lado, esa quietud le destrozaba los nervios. De la nada volvió al recuerdo, no podía descifrar quién caminaba detrás de él, no entendía por qué avanzaban si no se veía nada, no sabía para dónde iban, era la misma desesperación que lo dominaba frente al perro, ¿por qué no nos detuvimos a la espera de alguna luz? ¿Por qué no dejé de caminar si tenía miedo? Avanzar y avanzar, era todo lo que hacía en esa visión. Recordó que dejó el celular en la cama, en el lado donde duerme Camila, pensó que podría tomarlo y con un mensaje decirle que necesitaba ayuda y que por ningún motivo entrara en la casa, movió el brazo izquierdo debajo de las sábanas, pero el perro lo advirtió y otra vez adoptó la actitud de amenaza, el gruñido sonó más fuerte que la vez anterior. José tenía ganas de llorar, todo lo que tenía dentro estaba a punto de quebrarse.

Volvió al recuerdo sin quererlo, cerró los ojos para verlo mejor, ahora estaba quieto, algo había sucedido, husmeó en la oscuridad y escuchó un bufido. Adelante, un tanto lejana, vio la silueta de una criatura perfilándose con líneas blancas, como si una luz de plata sin origen de a poco le diera forma. En solo segundos, esa alimaña se lanzó a correr hacia él y José, cuando pudo reaccionar, retrocedió de un salto, aterrado, y golpeó a la persona que tenía a sus espaldas, escuchó un saco que cayó al suelo y luego, abajo a la izquierda, tierra derrumbándose y llevándose un cuerpo que pedía ayuda. Todo se detuvo a los pocos segundos con un crujido que vibró en el aire, como si una mano gigante partiera un tronco. Nunca le contó a nadie lo que pasó, solo dijo que lo perdió de vista, después supo que esa persona se desnucó contra una roca.

José abrió los ojos, el perro seguía ahí, la memoria le jugó una mala pasada. Inconsciente por la desesperación, se levantó de la cama y estiró el brazo para apretar el interruptor de la lámpara, sin importarle si el perro se le arrojaba encima, y lo logró, la habitación se iluminó y también su cabeza, gritó un nombre y al volver el silencio notó que el perro ya no estaba, desapareció apenas se encendió la lámpara, pero en ese mismo instante le llegó un jadeo caliente desde un hocico que tenía pegado a la oreja y que le arrojaba babas y ese hedor a podredumbre que tienen las bocas que en alguna ocasión mintieron. 

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