El 16 de agosto de 1956, don Ismael Garay firmó la boleta que certificó el pago de 50 pesos correspondientes a una mensualidad del British Rowing Club de Valparaíso y se la entregó a don Edgar Walls, el pagante y socio que canceló en ese momento o quizás lo hizo antes o un tiempo después de recibir el comprobante, eso no lo podemos confirmar, él guardó la boleta en el bolsillo de su chaqueta o en el del pantalón, lo que sí sabemos es que la guardó, dónde, no viene al caso, y también es cierto que don Ismael la firmó. Tal vez esa interacción entre estas dos personas nunca sucedió, puede ser que el intercambio de plata por la membresía de agosto se hiciera con un intermediario que entregó el dinero al recaudador y recibió la boleta firmada, la que llevó con premura al pagante que en ese momento tomaba un café con un chorrito de whiskey junto a amigos en las instalaciones del club, o quizás se la entregó otro día u otro mes y a través de un segundo intermediario, porque a lo mejor el pagante ni siquiera estuvo ese día en el Bristish Rowing Club y dejó el dinero con el intermediario que hizo la transacción, incluso pudo mandarle el dinero a ese representante a través de otra persona. Esto no lo podemos comprobar, tampoco si el intercambio se hizo en el club o en otro sitio, cabe la posibilidad de que el recaudador fuera a cobrarle al pagante a su casa, pero lo que sí es un hecho es que don Edgar guardó la boleta. Después de todo ese embrollo y cumplida la tarea de cobrar la mensualidad, don Ismael regresó a la editorial Universo donde trabajaba como Tipógrafo o a lo mejor se le hizo tarde y fue directo a su hogar en la Población Márquez o a servirse una cañita de vino por ahí, de lo que sí tenemos certeza es que firmó la boleta.
Recaudador y pagante se encontraron diecisiete años después debido a la ocurrencia de la hija única de don Edgar y del hijo menor de don Ismael, dos estudiantes de la Universidad Católica de Valparaíso que pololearon y esto pese a que cuando se conocieron estaban prometidos en matrimonio con otras personas. Don Ismael y don Edgar no se reconocieron o quizás sí y no se lo comentaron a nadie, tal vez les pareció una menudencia. Si se analiza la situación un poco más, puede ser que ellos no se vieran solo una vez en la época de la boleta, sino varias, porque don Ismael pudo cobrarle a don Edgar más de una mensualidad, por eso es probable que al menos se ubicaran, entonces si se conocían, se guardaron no un secreto, pero al menos un dato importante que cualquier otra persona comentaría como anécdota si estuviera en esa situación. ¿Y si se reconocieron y no quisieron comentarlo ni siquiera entre ellos ante la posibilidad y la incomodidad de que el otro no los reconociera? Es posible que prefirieran callar y hacerse los desentendidos, mejor empezar de cero, aunque siendo más incisivos, si don Ismael le cobró varias mensualidades a don Edgar, también se pudieron pagar a través de un intermediario y ellos en efecto nunca se vieron, en tal caso, no hubo necesidad de reconocerse, imposible hacerlo y, por lo tanto, nada importante tenían que decir sobre aquello que pudo o no pudo ser. Lo que sí se comprobó es que terminaron siendo familia, porque sus hijos tuvieron otra ocurrencia a los pocos meses de ponerse a pololear, la de casarse, y es altamente probable que estos chicos batieran algún tipo de récord: se conocieron en abril, luego la universidad cerró a causa de los militares y reabrió en octubre, ese mes se reencontraron, en febrero del año siguiente él pidió la mano de ella, en julio se casaron por el civil y en septiembre por la iglesia. Más tarde les surgió otra ocurrencia, la de tener hijos.
También está confirmado que Don Ismael y su esposa, doña Victorina Arriola, se hicieron muy amigos de don Edgar y su esposa, Victoria Llach, el cuarteto fue asiduo a los pícnics en Olmué y en el lago Peñuelas. Don Ismael era por entonces un viejo fumador de buena barriga, pelado y de bigote con nicotina, el encargado de quebrarles el cuello a las gallinas cuando doña Victorina preparaba una cazuela, y ella, maestra cocinera indiscutida, le tenía prohibido comer jaibas porque, según le contaron, y ella lo creyó, se alimentan de los muertos que por algún azar quedan en el mar, pero como el crustáceo era uno de los platos favoritos de don Ismael, varias veces se arrancó con sus hijos al puerto para comer en secreto. Lo otro cierto es que don Edgar fue un contador hijo de escoceses que nunca habló español hasta que conoció a Victoria, Reina de la Primavera de Viña del Mar y futura esposa, él llegaba a los cuarenta y ella tenía veinte cuando se conocieron. Nació en Penco, en la Región del Biobío, y luego llegó al Cerro Alegre donde habitaban las comunidades de inmigrantes en Valparaíso, y ahí en el puerto trabajó en la perfumería Bourjois, oficina que importaba la esencia de los perfumes Chanel.
Lo que también es un hecho es que don Ismael y doña Victoria fallecieron el año 1986 con algunos meses de diferencia, ambos a causa de un derrame cerebral. Se sospechó que ella sufrió el derrame por el caos que siguió a un apagón general en Santiago unos días antes, que la pilló justo cuando bajaba al metro en el terminal de buses para llegar a la casa de su hija, quizás ese apagón fue provocado por alguno de los bombazos que en esa época abundaron, o sea, en plena dictadura militar. O puede ser que sufriera el derrame por una condición de salud específica y la coincidencia de un hecho con el otro fuera azar, a lo mejor ni se preocupó del desorden que inundó el terminal de buses, incluso puede que se divirtiera ante tanta locura, por lo que endilgar la emergencia médica al apagón significaría pasarse algunos pueblos de más, pero nada de eso se puede asegurar. Doña Victoria fue enterrada en el cementerio de Santa Inés en Viña del Mar y don Ismael en el de Playa Ancha en Valparaíso, esto sí sucedió.
En 1999 fallecieron doña Victorina y don Edgar, también con algunos meses de diferencia, él por efecto de la edad avanzada y ella por problemas pulmonares. Don Edgar tuvo la gentileza de esperar a uno de sus nietos para despedirse o al menos eso pensó aquel muchachín, claro que pudo ser coincidencia, y mientras convalecía en cama y ese mismo nieto no aparecía, doña Victorina solía decir que, Debe tener un carretito, acercando el pulgar al índice para ilustrar el diminutivo, al menos eso le dijeron al nieto y él lo creyó. Los dos fueron enterrados juntos en el cementerio de Casablanca, en la región de Valparaíso, adonde después fueron trasladados doña Victoria y don Ismael. Desde entonces los cuatro descansan en la misma tumba, pensará alguien, o están haciendo pícnic en el cielo o quizás en qué lugar, dirán otros, o desaparecieron y no hay más, se puede opinar también. Como sea, tras la muerte de don Edgar, su hija y nietos se encargaron de las cosas que dejó en vida, él vivió con ellos en Santiago desde la muerte de doña Victoria, y fue en tal ocasión, mientras le daban orden a varios cajones en caos, que sus descendientes se sorprendieron al encontrar la boleta. Revisaron la firma y los datos una y otra vez para cerciorarse de que el hecho fuera tal: en el borde superior del papel un timbre del Bristish Rowing Club, luego, Valparaíso, 16 de agosto de 1956. Recibí del Sr. Edgar Walls la cantidad de cincuenta pesos por el pago de agosto 1956. Firma, Ismael Garay. En la esquina inferior izquierda, la suma de $50. La anécdota fue celebrada con alegría y la boleta enmarcada, terminó en una pared de la casa junto a fotos de los abuelos y, años después, cuando todos emigraron por cuenta propia, en el departamento del nieto ya mencionado.
Transcurrieron 43 años desde la firma de la boleta hasta el momento en que terminó como cuadro, es al menos llamativo que un papel inservible estuviera en poder de don Edgar tanto tiempo, quizás sucedió porque era un cachurero, junto a la boleta apareció un montón de cosas inservibles, en su mayoría diarios antiguos, algunos con comentarios furibundos anotados con lápiz pasta al margen para expresar molestia por ciertos acontecimientos, en especial los publicados sobre la Segunda Guerra Mundial, y también se encontró otra boleta, esta de la Onceava Fire Company “George Garland” que certifica que don Edgar pagó nueve pesos por la suscripción del segundo cuarto de 1927, de la firma no se deduce ningún nombre. Y entre todo aquello sobrevivió la boleta del 56, nadie puede decir si don Edgar sabía o no que la conservó hasta la muerte, a lo mejor el comprobante tenía vida propia, como el anillo del poder, y no se dejó ver hasta 43 años después por algún motivo oculto, como que se escribiera este texto sobre él. ¿Y si don Edgar fue pitoniso y no se lo contó a nadie? En ese caso, puede ser que al tocar la boleta por primera vez tuviera una visión de lo que se venía y la guardó por algún motivo igual de oculto, a lo mejor fue el gatillante de un futuro que aún no sucedía y él previó.
Pero también es probable que la guardara en un historial de gastos personales, en una carpeta con cientos de documentos de ingresos y egresos de dinero, y por casualidad la encontró cuando se hizo consuegro de don Ismael y se la mostró como un hecho curioso, y lo comentaron entre ellos no más, dejándolo como una anécdota secreta que, por el mismo carácter de secreta, hizo del vínculo entre ellos algo mucho más especial. O quizás les refirieron la situación a sus hijos, quienes lo olvidaron al considerar que no tenía importancia y de verdad se sorprendieron cuando vieron la boleta en 1999. O tal vez el pitoniso fue don Ismael y nadie lo supo, y al tocar por casualidad la boleta mientras aún estaba vacía, tuvo una visión de lo que se venía y buscó por todos los medios a ese tal Edgar Walls para ser él quien le cobrara la mensualidad, al prever que ese encuentro, en apariencia trivial, sería el gatillante de ese conocido efecto mariposa que desencadenaría eventos aún por suceder. Para cumplir la misión, don Ismael pudo pasar por una aventura emocionante y vertiginosa, o por una Sitcom o incluso por un drama de encuentros y desencuentros, pero eso no se sabe.
Menos probable, pero más de alguien aventuraría, sobre todo en los tiempos que corren, la teoría de una línea de tiempo alternativa. Imaginemos: el encuentro entre don Ismael y don Edgar sucedió, tras cancelar y recibir la boleta el pagante la arrugó y la arrojó a un basurero, o se la guardó en el bolsillo y la botó en la basura de su casa. Tiempo después, digamos algunas semanas, y en el caso de que fuera un pitoniso, don Edgar tuvo una visión que mostraba la desaparición de una estirpe disolviéndose en un punto del espacio y cuya causa fue la destrucción de la boleta. Angustiado al saberse culpable, buscó y encontró la forma de volver en el tiempo y apareció minutos después de la transacción, así le advirtió a su yo del pasado lo que sucedería si no protegía el comprobante, o si temía que fuera verdad eso de que dos cuerpos iguales que ocupan el mismo espacio pueden provocar una curvatura tal en el espacio-tiempo que se tragaría todo el universo, evitó toparse consigo mismo y recuperó la boleta del basurero y la escondió en algún lugar de la casa. Hecho eso regresó al futuro, sacó la boleta del escondite y la guardó en una caja fuerte, se sabe que al menos tenía dos, eso porque aún existen. Como mediaban algunas semanas entre el punto del evento y el viaje al pasado, no le sería difícil ejecutar este último plan, ya que podía pasar fácilmente por él mismo y pasearse como don Edgar por su casa.
¿Y si fue al revés? Imaginemos: don Ismael vio que don Edgar arrugó y botó la boleta a un basurero después de entregársela, un hecho sin importancia, pero esa noche, durmiendo, tuvo una visión, en el caso de que fuera pitoniso, que le mostró la destrucción de un linaje a partir de la desaparición del documento, el cual debía permanecer por la eternidad en poder de don Edgar y sus descendientes a causa de un sortilegio desconocido. Angustiado, al día siguiente trató de convencer a don Edgar que recuperara la boleta y la protegiera, pero el escosés lo tomó por orate al escuchar esa locura de las visiones. Así don Ismael tuvo que desarrollar el viaje en el tiempo, llegó unos minutos después de la transacción, sacó la boleta del basurero y luego, como un hampón, entró de madrugada en casa de don Edgar y doña Victoria y dejó el papel dentro de una carpeta con documentos financieros o en una bodega o en cualquier lugar donde pasara desapercibido. Don Ismael vivió los años siguientes con miedo a que la boleta no sobreviviera, pero el temor desapareció cuando vio que la casta que en su visión moría, germinaba en la realidad.
En estas dos líneas temporales alternativas, don Edgar y don Ismael vivieron una aventura fascinante o una Sitcom o un drama mezclado con suspenso, pero eso nadie lo puede asegurar, aunque si se mira con más detalle la boleta, se ve que la segunda ele de Walls parece una de y a lo mejor el pagante no fue Edgar Walls, sino Edgar Walds, aunque es mucha coincidencia y las últimas investigaciones arrojaron que no existe el apellido Walds, pero podría existir Wald que sería de origen francés. Además, está comprobado que don Edgar fue socio del Rowing Club de Valparaíso en esa época, a lo mejor le deletreó el apellido a don Ismael y este lo entendió mal o quizás don Ismael lo copió de otro documento donde estaba mal escrito, pero todo esto no se puede probar. En una de esas, su hija y yerno sabían que don Edgar tuvo la boleta como recuerdo del encuentro temprano con su futuro consuegro y les ocultaron el hecho a los nietos para darles un toque de magia a los abuelos, alargando así sus vidas al menos por unas cuantas generaciones, pero todo lo anterior tampoco se puede confirmar, aunque si fue así, todavía viven personas que podrían confesarlo, o mejor no, mejor conservar la magia. Nunca sabremos por qué don Edgar guardó esa boleta por 43 años, lo que sí sabemos es que la guardó y que don Ismael la firmó.