El hombre que defendía a Fredegar Bolger

No, no y no, estás equivocado, el verdadero héroe es Gandalf, sin sus poderes y sin la sabiduría que compartió con todos nadie en la comunidad hubiera hecho lo que hizo, fue el argumento que lanzó uno de ellos cuando la discusión alcanzó la intensidad máxima. Carlos escuchaba y seguía buscando un espacio entre las frases para meter el suyo, era imposible, los ánimos estaban excitados y todos tropezaban con las palabras y se interrumpían en plena pugna por dar a conocer sus opiniones. Este último argumento no le gustó a Carlos, no veía mucha gracia en el héroe que lleva la ventaja con algo de lo que muchos personajes carecen y muy pocos poseen, es decir, la magia y sabiduría ancestrales, un ser curtido en peligros, batallas y monstruos, aunque reconoció para sí mismo que el hechicero dio la clave de la respuesta para él evidente. Carlos creyó atisbar el espacio que estaba esperando, Escúchenme un poco, yo creo que…, pero hasta ahí no más llegó, el defensor del mago gris continuó con la exposición como si nadie hubiera hablado. Unos minutos antes, otro había argumentado, Ya está aceptado que el héroe es Sam, sin él Frodo no hubiera llegado a ninguna parte, se hubiera ido a la mierda a mitad de camino, sentencia que recibió como réplica, Estás loco, si Frodo es el que tenía más resistencia al anillo, ningún otro lo podría haber llevado con tanta fortaleza, lo que a su vez fue respondido de esta forma, Pero si Frodo igual se fue a la chucha cuando iba a tirar el anillo, casi la caga el hueón. En medio de esa disputa, alguien a quien todos calificaron de forma unánime como “el amarillo”, se atrevió a discrepar ante el repudio que se dejó ver en la cara del resto, asegurando que, Todos en la comunidad ayudaron, cada uno con lo que tenía, fue un esfuerzo colectivo, si faltaba uno de ellos no se hubiera destruido el anillo, está claro que fue la suma de las partes. En ese instante, Carlos también pensó que había llegado su momento, Miren, hay algo que se les escapa…, pero tampoco lo escucharon porque todos se ocuparon en burlarse del amarillo. Cuando el ensalzador de Gandalf continuó con su alegato, Carlos terminó lo que le quedaba de vino, volvió a llenar el vaso y lo apretó entre las manos como apoyándose en él, abandonó las ganas de exponer su dictamen, quién era para él el verdadero héroe de los libros, se hastió de la vehemencia con la que cada uno se atrincheró en su visión sin dar respiro para que él interviniera con una opinión novedosa y atrevida, al menos jamás escuchó a alguien que pensara como él.

Al día siguiente, de camino al trabajo, Carlos luchó con el remordimiento que lo incomodaba siempre después de discutir con sus amigos o, más bien, después de presenciar las discusiones, porque nunca lograba expresar ni defender su opinión con argumentos que para él eran imbatibles, nunca entendió por qué el resto se daba vueltas siempre dentro de los mismos bordes, centrados en los mismos personajes, en lo obvio, sin ninguna capacidad para ver más allá de lo que les ponían delante, una miopía severa. Gandalf lo dijo, era la convicción del mago, el poder de cambiar las cosas, incluso las catástrofes más espantosas, está en las acciones pequeñas, en lo sencillo, en lo cotidiano, y eso lleva sin desvíos a Fredegar Bolger, el Gordo, quién más pequeño y cotidiano que él, aparece con suerte en un par de párrafos, su aventura máxima fue ayudar a Frodo a cambiarse de casa, arrancar de los Jinetes Negros, caer preso por sublevarse ante ese tal Zarquino y sería todo, desde el principio dejó en claro que no viajaría con los hobbits para destruir el anillo. Si a Tolkien no se le ocurrió nada más para él dentro de la historia, debe ser porque es el personaje más ínfimo que pudo imaginar, en consecuencia, pensaba Carlos, él era el llamado a salvar la Tierra Media. Ese día tendría la reunión con su jefa para hablar del aumento de sueldo que llevaba años pidiendo, sabía lo que ella diría, varios en la compañía emprendieron la misma cruzada y le comentaron los lugares comunes que usaría para decirle, entre líneas, de manera subliminal, pero con la suficiente cercanía a la superficie para que se diera cuenta después y no en ese momento, que no, no te quiero aumentar el sueldo y agradece que te doy pega, malagradecido. Pero Carlos no aceptaría una manipulación de esa calaña, sabía cómo devolverle cada argumento, lo analizó mil veces en su cabeza y lo ensayó otras tantas delante de un espejo.

Salió del metro y caminó hacia el edificio, entró y abandonó el ascensor sin darse cuenta y, ya en la oficina, se dirigió hasta su puesto atiborrado de figuras Funko Pop de personajes de cine, comic y de sus músicos favoritos. Carlos se apoderó con esos adornos incluso del espacio del mesón que les correspondía a sus colegas, ellos no le reclamaron nada, después de todo, les divertía el rasgo Diógenes de ese sujeto que les despertaba más ternura que otra cosa. Carlos tomó asiento, se puso los audífonos y comenzó a programar las aplicaciones que tenía atrasadas, era un autómata, la fluidez con la que escribía los códigos daba la impresión de que los símbolos aparecían antes de que tocara las teclas, a veces ni siquiera miraba la pantalla del computador, cerraba los ojos para sentir la música o miraba hacia cualquier punto como buscando una mosca, todo eso sin dejar de programar. En las otras áreas de la empresa opinaban que era un freak, los más jovenes adjetivaban con cringe, pero de forma unánime y sin discusión todos reconocían que era un talento, aunque muchos no lo soportaran. Con un golpe en el hombro, el colega que se sentaba a su lado lo trajo de regreso al mundo y le avisó que de la gerencia lo llamaban, llegó el momento que esperó durante una semana. Cuando dejó el asiento, el colega lo detuvo y apuntó un Funko Pop, ¡Está buenísimo ese John Lennon, ¿qué es ese palo que tiene en la mano? No, hueón, le respondió Carlos, ese es Harry Potter. El tipo se rascó la barbilla y luego se río. Perdón, me confundí por los lentes, y luego apuntó otra figura, esta vez la de Syd Vicious. ¡Qué joya, Billie Joe Armstrong! Puta que eres pelota, y con eso Carlos no le habló más, agarró su taza de café, la necesitaba para afirmarse, y en pocos segundos estuvo sentado frente a la jefa.

Voy a hablarte sin rodeos, sé que haces un gran trabajo, todos lo dicen y lo has demostrado, pero para mí no basta hacer bien la pega para merecer un aumento, hay que ir más allá, tienes que hacer mayores esfuerzos para que la empresa salga de su crisis, captar nuevos clientes, seduce a los que tenemos para que pidan más cosas, además, tienes que considerar el contexto actual, los cabros están saliendo de la universidad con otro lenguaje, manejan las nuevas tecnologías como nativos, eso hace que el riesgo de caducidad aumente…, en ese momento Carlos se adelantó en el asiento y levantó el índice, pero la jefa no lo notó y continuó, …tú tienes años de experiencia, pero no es suficiente, uno debe capacitarse permanentemente, estudiar, ver nuevas perspectivas, hay cosas nuevas todos los días, es impresionante la velocidad con que avanza la tecnología…, y ahí Carlos interrumpió, Mire, lo que quería decirle es que…, pero de nuevo, la jefa seguía y seguía, como si estuviera sola, como preparando una presentación para el cliente más importante de la empresa, … nosotros queremos llevar la compañía hacia allá, tenemos una serie de proyectos, estamos ofreciendo cosas nuevas, pero eso toma tiempo, por lo mismo no hay dinero para aumentos, les estamos pidiendo un mayor compromiso y esfuerzo a todos para alcanzar este nuevo nivel al que apuntamos…, Carlos prefirió esperar con las piernas cruzadas y sosteniendo la taza de café con las dos manos y de vez en cuando le daba sorbos que le quemaban la lengua, …cuéntame, ¿cómo anda tu área?, ¿cómo pasaste la pandemia…?, Por favor, antes de eso quiero plantearle algo respecto al sueldo…, …fue muy duro para todos, increíble, me estaba volviendo loca…, la pandemia había terminado hace rato y a Carlos le pareció una pregunta caduca, pero se resignó, no lograría nada, así que contestó e hizo un breve resumen de su cuarentena y de todo lo que se le preguntó después. Bueno, Carlos, tengo reunión ahora, debo salir corriendo, pero hablemos para ver cómo podemos armar nuevos proyectos y recuerda conseguir nuevos clientes.

Carlos era programador, escribía lo que le pedían, ¿De dónde voy a sacar clientes?, se dijo en voz alta mientras caminaba por los pasillos hacia su puesto y el resto lo vio hablando solo, no caminaba por voluntad, el cuerpo avanzaba sin su ayuda y así se sentó frente al computador, siguió programando y redobló la velocidad para salir temprano, la reunión les quitó mucho tiempo a sus códigos. De la nada, un chispazo le alumbró la cabeza, ¿Caducidad? ¡Qué es esa mierda!, dijo también en voz alta y todos lo miraron. ¿Qué dijiste?, le preguntó el colega que había confundido los Funkos. Nada. ¿Cómo te fue en la reunión? Como la callampa. Pese a que nunca lo trataba muy bien, por alguna razón ese colega siempre le buscaba conversación, hablaba bien de él y lo defendía ante los peladores que lo etiquetaban como bicho raro, Cada uno con lo suyo, les decía, es su onda, y que tanto pelan, si es un crack de la programación, el mejor que tiene esta empresa. Carlos lo evitaba cuando lo veía, sabía que le hablaría sobre cualquier estupidez y quizás por esa razón programaba todo el día con los audífonos puestos, muchas veces la música ni siquiera sonaba, pero contadas veces bajaba la guardia y permitía una breve conversación, en una de ellas, le contó que con su esposa estaban tratando de tener un hijo, pero que las lucas no daban ni para chupetes. Carlos se arrepintió de haber hecho esa confidencia, porque el colega siempre le preguntaba cómo iba el asunto y él no quería hablar de ese tema con nadie, era suficiente pasar por eso con su esposa. Ya lo lograrán, le decía a Carlos, las cosas en algún momento mejorarán y serán una familia feliz con muchos cabros chicos, estoy seguro.

Fredegar Bolger tendría que haber sido el héroe, si Tolkien le hubiera dado la oportunidad o hubiera cumplido lo que le hizo decir a Gandalf la historia habría adquirido otras dimensiones. No Frodo, él era un hobbit conocido que atraía las miradas de los sapos, despertaba la curiosidad y los cahuines en la Comarca gracias a las locuras del tío y a su amistad con el mago peregrino, descendía de una familia que mezclaba linajes de medianos importantes y sobre él pesaba el mito del supuesto tesoro que Bilbo escondió en Bolsón Cerrado, en cavernas ocultas, todo esto lo convertía en un personaje atractivo y excéntrico, no como Bolger, un hobbit nimio, lo más pequeño y sencillo que podría concebir la imaginación vasta de Tolkien. Que se sepa, nadie en su familia se lanzó a una aventura que cambiara el curso de la historia en la Tierra Media y nunca se atrevió a ir más allá de la Comarca. Claro, el anillo llegó a Bilbo y a Frodo por azar, pero no existía ninguna razón que no pudiera aplicarse al Gordo para que fuera el portador del anillo. Los habría dejado a todos callados, me hubieran escuchado en silencio y sin ni un argumento para rebatirme, se decía en voz alta mientras caminaba al metro de regreso a casa. Ninguno de los cinco magos era amigo de Fredegar y lo más probable es que ni los villanos de Mordor lo tasarían para sumarse a sus filas, Si hubiera podido hablar anoche los mato, dijo cuando se subió al vagón y una anciana que entró junto a él lo escuchó y luego de mirarlo con desconfianza se alejó hacia el fondo del carro.

¿Cómo te fue en la reunión?, le preguntó su esposa apenas entró. Como la callampa,respondió. ¿Qué te dijo la jefa? Nada, la empresa no anda bien, no hay plata para aumentos. ¡Puta Carlos, así nunca vamos a poder tener una guagua! Él entró en la cocina y preparó un té, pensaba en alguna forma de evadir esa conversación, quería ser padre, pero no tenía ganas de hablar sobre eso, al menos no en ese momento, cuando empezaba a leer entre líneas lo que de verdad le dijo la jefa, ¿Caducidad?, ¡por la chucha, debería haberle parado el carro!, dijo mientras llenaba la taza con agua hirviendo. ¿Qué dijiste, Carlos? Nada, mejor sentémonos a ver una película, estoy raja, después conversamos. Me queda poco para llegar a los cuarenta, tiene que haber otras alternativas. Lo sé, pero ahora relajémonos, ya se nos ocurrirá algo, y abrazándola la besó.

Carlos y Cony no son pobres, pero si juntan sus sueldos no les daría para ser madre y padre, no estarían ni cerca de pagar médicos, remedios, fiestas de cumpleaños ni un buen colegio cuando la cría tenga que estudiar, Sale salado el kilo de guagua, era lo que les decían quienes tenían hijos, pero ellos no desesperaban, llevaban años analizando estrategias para aumentar sus ingresos y que de esa forma no fuera tan sacrificada la ampliación de la familia. Vivían bien, pero sin lujos ni capacidad de ahorro, Cony era profesora de enseñanza básica, ella sí consiguió varios aumentos de sueldo, pero exigüos, no fue mucho lo que logró subir el salario desde que entró al colegio donde trabajaba. Se conocen desde los dieciocho años y llevaban juntos dieciocho también, siempre quisieron tener hijos, pero después de casarse se les hizo cada vez más difícil, año tras año, primero fue el miedo clásico que conlleva el que una criatura dependa de uno, lo que no es una menudencia, luego las dudas por traer a otro ser humano a un mundo que ellos veían cada vez más desquiciado y que prometía irse a la mierda en cualquier minuto, pero al final no fue un tema de ganas, temores o desesperanza, si no de economía, y por lo mismo renunciaron al sueño de la casa propia hace años, tuvieron que priorizar. Tírense a la piscina no más, después ven cómo se las arreglan, siempre hay solución, escucharon muchas veces sin hacer caso, no estaban los tiempos para arrojarse de cabeza así como así, sin pensar, sin antes tomar aire, además, ellos no eran una pareja temeraria.

Cuando se fueron a la cama, Cony volvió al tema. ¿Cómo lo vamos a hacer?, si tu empresa anda mal no vas a lograr pronto un aumento. Ante esas palabras, Carlos planteó una posibilidad que hizo que Cony escupiera el agua que estaba bebiendo, ¿Has pensado alguna vez en que no tengamos guagua?, nadie nos obliga, ya no es como en los tiempos de nuestros viejos. Ella se secó los labios con la manga del pijama y miró el vaso que apretaba entre las manos, lo pensó una vez sin que la idea la estremeciera, pero ahora sentía pavor ante la posibilidad de no ser madre, se imaginó vieja y agonizando sola en la cama de un hospital y arrepentida de no haber cumplido el sueño, sin duda era un futuro cada vez más probable, pero no estaba dispuesta a aceptarlo, no puede ser que una pareja no pueda parir por no tener plata. Puta Carlos, déjate de hablar hueas, ¿o acaso es lo que tú quieres? No, para nada, solo me pongo en el caso de que sucediera, es que parece que esto ya no está en nuestras manos. Cony salió de la cama y se paseó por la habitación, estaba nerviosa, se pellizcaba el labio inferior, a veces se detenía, trataba de hablar y luego reanudaba la marcha, Carlos sabía lo que ella quería decir, pero no se animó a decirlo antes, aún se le erizaba la piel de vergüenza cuando recordaba la mentira. ¿Quieres que tengamos un hijo o no?, y respóndeme con la verdad, no soy capaz de soportar otra mentira, le dijo Cony. Por supuesto que sí y estoy siendo sincero, te prometí que siempre lo sería. A medida que pasa el tiempo se me hace más grande el cagazo que te mandaste, Carlos, si hubieras terminado la carrera tendrías un buen sueldo y trabajarías en una empresa mejor, menos mal que eres un talento, si no, ni siquiera tendrías pega. Carlos muchas veces quiso rebatir ese argumento y esta vez tampoco lo hizo, antes era por flojera, ahora pensaba que quizás Cony tenía razón.

Y todo porque a Carlos nunca le gustó su apellido, Soto, y ni hablar del segundo, Picón, por eso, cuando conoció a Cony en la universidad, ella era Castellano Tagle, comenzó a corregir a todos los profesores que lo mencionaban al pasar lista o al entregarle alguna nota. Mi apellido es Sotomonte. Pero aquí en el registro que me entregaron dice Carlos Soto Picón. Alguien preguntó, ¿Penén?, y varios alumnos se taparon la boca para que no se les escapara la carcajada. Debe ser un error, ¿puede corregirlo?, además, mi segundo apellido es Pickman, y cuando lo dijo miró a Cony y le sonrió. A muchos profesores les pareció extraño que un alumno apuntara un error de ese tipo cuando las clases del primer año estaban tan avanzadas, pero prefirieron que todo fuera sencillo y evitar una molestia, por lo que modificaron el nombre en sus registros. Así, de a poco, en la lista de los profesores y entre los compañeros de clases fue desapareciendo Carlos Soto Picón y lo reemplazó Carlos Sotomonte Pickman. ¿De dónde son tus apellidos?, le preguntó Cony tiempo después, cuando ya eran pareja. Carlos fue inventando en el camino.

Relató que su padre, Manolo, procedía de una familia de comerciantes españoles que se avecindaron en Chile a principios del siglo XX, y su madre, Josephine, llegó desde Inglaterra después de recorrer gran parte de Latinoamérica durante meses, quería llegar hasta la Patagonia, pero se quedó en Santiago cuando conoció al papá de Carlos. Pronto don Manolo y doña Josephine iniciaron una relación y ella quedó embarazada, motivo suficiente para que la familia Sotomonte rechazara la unión y dejara a Manolo en la calle, ya era escandaloso que él tuviera un pensamiento de izquierda en una familia de tradición franquista y devota de Balaguer, y un niño bastardo era demasiado libertinaje. En ese capítulo de la historia, la imaginación de Carlos estaba excitada y siguió con el episodio en que sus padres, sin dinero y pidiendo ayuda donde podían, viajaron a Birmingham, la ciudad natal de Josephine, esperando dar a luz al niño en un país del primer mundo donde tendría mejores posibilidades de desarrollo que en Chile, pero cruzaron el Atlántico solo para recibir otro portazo.

Apenas Manolo conoció a los Pickman, lo interrogaron y entre todas las preguntas que le hicieron, Mister Pickman lanzó esta, What do you think about Pinochet? Sin vacilar, Manolo respondió, It’s a chilean Sauron, sir, pensando que la referencia haría feliz a una pareja culta de ingleses, pero solo le sirvió para enterarse de que los padres de Josephine eran militantes del Partido Conservador y amantes vehementes de Thatcher y, en consecuencia, opositores a cualquier atisbo que fuera en sentido contrario a lo que pensaban, sobre todo si percibían un tono rojizo y venía de un habitante de un país tercermundista. Our prime minister would never support such a character, recibió Manolo como réplica. Miss Pickman se llevó una mano a la boca, ¡Oh, dear!, exclamó y su marido juntó las cejas y arrugó la frente para formar un gesto de enojo. Please, wait a outside our house, we need a minute alone with our daughter, le dijo el inglés y Manolo obedeció. En la vereda, se acercó a la ventana de la casa que daba al comedor y escuchó gritos, no entendió ninguna de las palabras que se pronunciaron, solo alcanzó a captar damned communists, pero sabía que su boca estúpida era la causante del griterío. Al rato, Josephine salió de la casa llorando, Manolo la abrazó y le secaba las lágrimas de las mejillas cuando Mister Pickman se asomó a la puerta y vociferó palabras que Manolo tradujo como una buena puteada británica. Él le respondió, Chúpalo viejo facho y la concha de tu madre, y se llevó a Josephine, con lo poco que les quedaba arrendaron una pieza en una hostería y al día siguiente consiguieron que una amiga de ella los alojara por un tiempo.

Después de unos meses regresaron a Chile y mi viejo logró que mis abuelos lo perdonaran, tuvo que rogarles mucho, pero al final los aceptaron y los ayudaron, estuve a punto de nacer en Birmingham, fue el comentario final de Carlos y Cony quedó en silencio por un buen rato, nunca conoció una historia de amor tan fantástica como esa. ¿Conociste a tus abuelos maternos?, le preguntó. Con el tiempo mi madre hizo las paces con ellos, pero no hace mucho, aún no los conozco. Al tercer año de universidad, Cony se aburrió de códigos y programas, así que decidió renunciar y dedicarse a su vocación, la enseñanza básica, de verdad le encantaban los niños, para ella, de su educación dependía el futuro del mundo, le aterraba lo que podría pasarles a quienes se les negara el conocimiento y las herramientas para convertirse en personas de bien y enemigos de los usureros, mentirosos y ladrones. Carlos no alcanzó a egresar ni a titularse como ingeniero informático, en su último año de carrera se encontraron documentos de un tal Carlos Soto Picón que tenía solo un par de notas y de quien nadie sabía nada, y cuyos pagos fueron hechos por un tal Manuel Soto García, mientras que por otro lado existía un Carlos Sotomonte Pickman que registraba las mejores evaluaciones desde que se fundara la carrera. Cuando Carlos olfateó que lo descubrirían, desapareció. Con Cony no tuvo la misma suerte, porque antes de que ella dejara la carrera le exigió que le presentara a quienes eran sus suegros, esos personajes del cuento de amor más maravilloso que había escuchado en su vida, Tú ya conoces a mis viejos, ¿cómo es posible que yo todavía no conozca a los tuyos? Carlos tuvo que confesar, de todas formas, sabía que en algún momento tendría que hacerlo. Mi viejo se llama Manuel Soto y mi madre Josefina Picón. Cony no soportó la mentira y lo abandonó por un par de años, pero más que el engaño fue el sentirse ridícula al haber repasado una y otra vez en su cabeza la ficción de Josephine y Manolo y esperar, medio en serio, medio en broma, que ella y Carlos vivieran una fábula similar en la que tendrían que luchar contra obstáculos peores para concretar un amor que todos, un todos imaginario, querían ver fracasar.

Quizás Carlos de verdad no quería ser padre, a lo mejor decía que sí por buena crianza y en lo más profundo de su psique residían razones que lo saboteaban, pero cómo saberlo, y en eso se daba vueltas frente a Cony, que esperaba que abriera la boca, cuando de la nada, como otro chispazo, se le apareció un nuevo argumento, este excelente según su calificación: Gollum conocía el apellido Bolsón, sabía que Bilbo tenía el anillo o se lo había robado, según el que mire, y que vivía en la Comarca, eso fue lo que les confesó a los orcos, y entonces, ¿por qué no encomendar la misión a otro para despistar a Sauron? Pero si haces eso, cagas el libro, podría rebatirle alguien y otro agregaría, Pero nadie conoce a ese hueón, ¿quién lo perseguiría?, sería un viaje más fome que la chucha, yél contestaría, No, la historia sería otra, sería mejor. Carlos salió de la cama y se quedó de pie, Ahí sí que me los cago, dijo y Cony lo escuchó. Puta Carlos, concéntrate por la chucha, ¿hasta cuándo vas a estar hablando estupideces?, estaba furiosa, la empelotaban esas frases sin sentido que él lanzaba a veces sin motivo, como hablando con alguien más, ni siquiera consigo mismo, esa costumbre que apareció hace algunos años y que cada vez le daba más miedo.

Carlos reaccionó, se demoró algunos segundos, no sabía dónde estaba y de qué estaba hablando con su esposa. Se disculpó, Es que estoy con demasiadas cosas en la cabeza, intento pensar en algo, pero no se me ocurre nada, es como si hubiera una fuerza invisible que me tira hacia atrás. Cony puso cara de hastío, apagó la luz y se metió bajo las sábanas, se acostó de lado dándole la espalda y, en la oscuridad, los dos trataron de dormir. A pesar de que hace un rato atrás se dijeron que estaban rajas por el trabajo, los ojos no se les cerraban por más que los forzaran y sus mentes no querían apagarse. Pasó una hora y Cony dijo sin saber si su marido estaba despierto, Quizás deberíamos vender algunas cosas. No sacamos nada, para tener un hijo necesitamos plata estable, que nos llegue todos los meses, contestó Carlos. Pero sería solo para empezar, podrías vender esos monos feos que tienes en la oficina, si algunos son coleccionables les podríamos sacar buena plata. Carlos se sentó en la cama de un salto como atacado por una necesidad impostergable de ir al baño, ¿Cómo sabes que tengo esos monos?, preguntó esperando el reto de vuelta, Hace rato que sé que los compras y los pides para tu oficina, no soy ninguna hueona, deberías saberlo.

A la mañana siguiente en el trabajo, Carlos estaba sentado frente al computador, pero no programaba, los que pasaban por ahí no veían esa pericia que desde temprano los maravillaba, solo tomaba café y miraba los Funkos, a veces cruzaba miradas sin querer con los colegas que tenía a los costados, al dirigir los ojos hacia las figuras que traspasaron las fronteras de su sector del mesón y quedaron en territorio extranjero. ¿Cómo sería vender los Funkos?, tenía varios coleccionables, ediciones limitadas, algunos subieron su valor por alguna razón, Carlos tenía todas las cajas, estaban amontonadas en el armario de la oficina junto a platos, servicios y tazones a medio lavar, la mayoría con manchas de café, y un pocillo con pedazos negros de palta. Vender o no vender se cuestionaba, no tenía problemas en deshacerse de ellos, o tal vez sí, pero consideraba que eso sería un parche pequeño para una herida tan grande, pasaba de esa posible venta a fórmulas para hacer más dinero, como cambiarse a una pega donde pagaran mejor, mandó curriculum a varias empresas, pero las ofertas eran pocas y las que había ofrecían sueldos malos, la mayoría más bajos de lo que él ganaba.

Existía una contracción económica le dijeron, se sabía, la guerra y la pandemia y todos los desastres que eso conlleva, el avance libertino de la tecnología, La IA nos volverá caducos a todos en algún momento, se dijo, proceso constitucional, delincuencia, los narcos, inmigrantes, la situación país que le dicen. Está difícil la cosa, le comentó su colega, el mismo que confundió a Syd Vicious conBillie Joe Armstrong, y la guerra se viene, Estados Unidos no tiene ninguna posibilidad contra Rusia, están asustados los gringos, tienen la cagá internamente, saben que pierden si van a la guerra y China se está aliando con países aquí en latinoamérica, está ubicando contingente militar en varias partes, y los chinos son brígidos, y ahora lo de Palestina, así no se puede tener sanidad mental, por eso andan todos cagados, como esa tira de Linears, esa de la niña que dice que tiene a un enfermo en la casa y aparece el globo terráqueo en la cama con un paño encima. Es de Quino, aclaró Carlos. ¿Qué cosa? Esa tira no es de Linears, es de Quino, es Mafalda. El colega se golpeó la frente y sonrió, Seca la cabra chica, representa exactamente lo que pasa en el mundo. Carlos respiró tan fuerte que las alas de la nariz se le pegaron, se levantó y fue a la cocina, necesitaba otro café, este bien cargado, Mal momento para existir, dijo en voz alta y la señora del aseo lo quedó mirando, ¿Se siente bien, mijo?, tremendas ojeras que tiene. Carlos admiraba a esa señora, tenía casa propia, cinco cabros chicos, uno de ellos saliendo del colegio, todos la querían, era un algodón de azucar, y cómo había salido adelante sin la ayuda del ex marido que se fugó con otra, Así de concha de su madre, le dijo una vez la señora, Carlos no lo sabía y, por si eso a alguien le pareciera una minucia, ella además sonreía, y no a veces, todo el día, parecía que la situación país no le afectaba o no le importaba, cualquiera de las dos alternativas válidas para Carlos, era un roble viejo que nadie podría botar, como esos del bosque de Lothlórien. ¿De dónde, mijo?, le preguntó la señora tiempo atrás, cuando Carlos andaba de buen ánimo y le tiró ese piropo. Largo de explicar, pero es algo bueno, tómelo como un cumplido. Me está tirando los cortes el perla, le devolvió la señora con una risa que era picardía pura, pero yo soy mucha mujer pa un cabro tan flaco, se nota que se alimenta a pura papa frita y de paquete más encima.

Cuando Carlos volvió a su puesto, el colega levantó el brazo y apuntó un Funko, Está buena esa figura del Balrog, le dijo. Al fin le achuntaste a una, ¿y cómo lo conoces? He leído El señor de los anillos, me encanta. Sin saber el motivo, Carlos percibía que el colega sí le ponía atención cuando decía algo, a diferencia de sus amigos, egocéntricos todos que nunca le daban el espacio para expresarse y que solo les gustaba escucharse a sí mismos, Pretenciosos de mierda, le comentó una vez a Cony, así que quiso probar su teoría, después de todo, lo más probable es que el colega no supiera tanto del libro como él. Mira, siempre he pensado que el héroe del libro debió ser Fredegar Bolger, ¿lo cachas? Claro, el Gordo, pero ¿de dónde sacaste esa idea? Carlos se sorprendió de que el colega conociera al personaje. Gandalf lo dijo, él dio la clave, el poder para cambiar las cosas está en lo pequeño, en lo sencillo, y nadie es más pequeño y sencillo que Fredegar Bolger, además, el enemigo sabía que un Bolsón tenía el anillo, así lo hubieran despistado. Pero la historia hubiera sido más fome que la mierda. No, hubiera sido otra historia, mucho mejor. El colega se rascó la cabeza y pensó durante unos segundos, luego dijo, Entiendo hacia dónde quieres ir, pero Gandalf no dijo eso. ¿Cómo que no lo dijo?, respondió Carlos sin esconder su molestia, he leído el libro mil veces, claro que lo dijo. Yo también, lo leo todos los años, siempre parto el 3 de enero, en el cumpleaños de Tolkien, y Gandalf no dijo eso. Carlos quedó en silencio, pensando cómo decirle al colega que era un estúpido, que no tenía idea de nada, que ni siquiera era capaz de reconocer a Syd Vicious ni a Mafalda, que debía aprender a leer, que era un ahueonao.

Creo que estás confundiendo el libro con las películas, dijo el colega ante el silencio de Carlos, es más, estás confundiendo el libro con la película de El hobbit, ahí sí lo dice, cuando conversa con Galadriel en Rivendel. Carlos le iba a soltar un cállate hijo de puta, pero se contuvo y empezó a repasar todo en su mente, las páginas, las películas, los actores, las escenas que se hizo en su cabeza después de leer el libro por primera vez allá en sus años de colegio, los capítulos de Gandalf en El señor de los anillos, los capítulos de Gandalf en El hobbit, recordó párrafos que sabía de memoria, pero no encontró el que buscaba. ¡La reconcha de tu madre!, gritó y todos en la habitación se dieron vuelta a mirarlo, algunos rieron, otros se molestaron por la interrupción, entró en la oficina la jefa que justo pasaba por ahí y escuchó el espasmo de Carlos, ¿Quién está hablando de esa manera?, preguntó. Carlos se puso de pie y sin mirarla corrió al ascensor, entre quienes lo vieron pasar veloz se escuchó un freak de mierda, casi bota al suelo a la secretaria que caminaba por el pasillo con una bandeja con tazas, un termo y platos con galletas. Por ningún motivo Carlos se quedaría con la duda, bajo ninguna circunstancia aceptaría lo que le dijo el colega sin antes comprobar el dato de primera fuente, en los libros, al día siguiente llevaría el tomo grande de El señor de los anillos, ese que contiene las tres partes, y le restregaría en la cara la página donde Gandalf dijo lo que dijo, luego llamaría a sus amigos, los citaría a su casa y les cerraría la boca de una puta vez.

Carlos llegó a su casa y fue directo a la biblioteca, sacó el tomo grande y lo puso sobre la mesa del comedor, lo primero, pensó, era buscar los capítulos donde el hechicero aparece con el personaje al cual le dijo lo que dijo, pero Carlos no pudo recordar a quién se lo dijo, así que partió por los capítulos donde aparece el mago, De aquí en adelante no, ya había caído en Moria, y este y este tampoco, son del viaje de Frodo, Sam y Gollum, y así leyó, releyó y volvió a releer varias páginas, saltándose párrafos y diálogos, bebió una taza de café tras otra, pero no encontraba lo que buscaba, tenía que estar en algún lado, pero no, no aparecía, y así estuvo hasta la medianoche, Cony ya dormía y se fue furiosa a la cama, no pudo convencerlo de que era una locura lo que hacía, aunque no sabía por qué su marido estaba tan alterado, no pudo sacarle ni una palabra, y Carlos no encontró nada en El señor de los anillos, pensó que tal vez Gandalf dijo lo que dijo en El hobbit, tal vez si estaba ahí la frase de todas formas serviría para sostener su teoría, sacó el ejemplar del librero y siguió buscando, atento, enfocado, como urgando en los códigos que a diario escribía en la oficina, sumó más tazas de café, rompió algunas páginas al pasarlas y, a las cuatro de la mañana, cerró el libro, tomó su taza de café y fue al living, encendió la televisión y entró a una plataforma de streaming, puso Un viaje inesperado y adelantó la película hasta la escena de Galadriel y Gandalf, y sí, el colega tenía razón, ahí estaba el mago gris diciendo lo que dijo, en la pantalla, no en una página. Carlos apagó la televisión, arrojó el control remoto al suelo y se fue a la cama. Ya en la oscuridad y mirando el techo se dijo, Así que no fue Tolkien quien hizo que lo dijera, fue Jackson, Cony se había despertado y lo escuchó, quizás las teorías de los otros también estén más basadas en las películas que en el libro, ¡por la chucha!, y así se quedó mirando el techo hasta que amaneció. Salió de la cama y fue directo a la ducha, Cony dormía, cuando Carlos terminó de secarse y vestirse ella despertó, pero no se dijeron nada, él no tenía consciencia de dónde estaba, actuaba por costumbre y ella, viéndole la cara, confirmó que sí, su marido se encontraba en otra parte, así que apoyó la cabeza en la almohada y se quedó mirando el costado del velador que tenía junto a la cama.

Antes de salir de la habitación, Carlos vio que en el closet estaba colgado el bastón que usaba su abuelo cuando vivía, había olvidado que lo dejó ahí entre los colgadores de las camisas y los pantalones, se preguntó de qué madera estaría hecho, tenía una goma en la punta y el barniz claro estaba desgastado, sobre todo en el mango. Se hizo el cojo y caminó apoyándose en el bastón, pensó que le gustaría sufrir un problema en la rodilla para tener que ocuparlo, su abuelo se veía firme cuando lo usaba, incluso sin el bastón parecía que nada podría derribarlo. Dejó de nuevo el bastón colgado en el closet y fue a la cocina, preparó café y bebió una taza frente al librero, mirando uno a uno los ejemplares que lo llenaban, apoyándose con el brazo estirado en la pared, y se preguntó cuántos de ellos habría entendido de verdad.

Carlos estuvo toda la mañana trabajando con los audífonos a todo volumen, no saludó a nadie cuando llegó, no habló con nadie durante ese periodo, el colega aguantaba las ganas de hablarle, lo miraba de reojo, pero no se atrevía, quería saber si estaba bien. Pasado el mediodía, sonó el celular de Carlos y contestó, era Cony, quería que comieran juntos después del trabajo, necesitaba hablar con él, acordaron la hora y el lugar y Carlos cortó la llamada, quedó en silencio mirando la pantalla cubierta de códigos. El colega aprovechó la oportunidad, ¿Cómo estás?, me dejaste preocupado ayer. Estoy bien, no pasa nada. Pensé que dije algo que te molestó, pero en verdad fue una conversación muy inocente. Inocente fue como una patada en el estómago para Carlos. No te preocupes, no pasó nada, le respondió. ¿Ya hablaste con la jefa?, ayer estaba indignada, dijo que eras un roto de mierda, traté de calmarla diciéndole que tenías problemas personales, pero creo que no pescó. Más tarde iré a disculparme. Si puedo ayudarte en algo, dímelo. Carlos no le respondió, se puso los audífonos y regresó a los códigos.

Ayer te comportaste pésimo, esa no es forma de hablar en la oficina, le dijo la jefa cuando Carlos fue a disculparse por la chuchada que se mandó el día anterior, ¿te imaginas si hubiera estado un cliente conociendo nuestras dependencias?, hubiera sido una vergüenza, con esto se nos hace muy difícil darte el aumento. Pero el otro día dijo que no había plata. No desvíes el tema, Carlos, estamos hablando de una actitud que pudo costarmos un contrato. Mientras miraba a la jefa mover la mandíbula y agitar los brazos, Carlos imaginó el despido, veía a Cony retándolo por haber perdido la pega, adiós guagua, se le sumaría otra laguna en sus imposiciones, bienvenida sea la jubilación de mierda, sin título quizás no podría encontrar una empresa con las condiciones de esta, adiós plata, quedaría sepultado también el sueño de la casa propia, bienvenido sea el arrendatario eterno, no daría nunca con otra teoría que pudiera callar a sus amigos, adiós respeto, pero a pesar de todo no estaba dispuesto a rogar, ya se disculpó, explicó los motivos del exabrupto, no haría nada más que escuchar el reto de la jefa y entrever en sus palabras que estaba al borde de la caducidad, que era un malagradecido, que si no le gustaba la situación cualquier pendejo mataría por su puesto y por menos lucas. Tienes que cuidar tu trabajo, Carlos, las cosas no andan como para arriesgarse a perderlo, la competencia con las nuevas generaciones es feroz y hay pocos puestos de trabajo, ¿has podido conseguir clientes? No, ninguno. Esfuérzate, Carlos, y ahora vuelve a tu puesto, pero compórtate, estarás un tiempo a prueba.

Al terminar la jornada, apagó el computador y ordenó su escritorio. ¿Ya te vas?, le preguntó el colega. Voy a comer con mi mujer. Salgamos juntos, voy a comprar al mall. En la calle tomaron direcciones opuestas y Carlos caminó al restorán, sabía lo que Cony le diría, la noche anterior no le dirigió ni una sola palabra cuando ella intentó convencerlo de que dejara los libros antes de irse a la cama furiosa, con la voz ahogada, y aun así, no podía apartar el pensamiento del fracaso de su teoría, Cómo pude ser tan ahueonao, ¡por la chucha!, dijo entrando al restorán y un garzón que pasaba lo miró como a un borracho. Fue hasta el sector de las mesas y vio a Cony bebiendo una copa de vino, Carlos, quise que saliéramos a comer afuera porque tengo que contarte algo, espero que no te enojes y entiendas por qué lo hice, fue lo primero que ella dijo para iniciar la conversación, hoy estuve en el médico y creo que tenemos un problema, no estoy embarazada. Carlos no entendió qué le quiso decir. Claro que no estás embarazada, no podemos tener hijos todavía, tú lo sabes. Carlos, dejé de tomar pastillas hace seis meses y no pasa nada, perdóname, pero parece que tenemos problemas de fertilidad, puedes ser tú o yo, o los dos. O sea, ¿además hay que pagar un tratamiento ahora? Levantó el brazo para llamar al garzón y le dijo que en lugar de la cerveza que pidió le trajera un whiskey. Carlos, casi nunca tomas whiskey, ten cuidado. Dejémoslo así, Cony. ¿Qué me quieres decir? En ese preciso instante, el garzón dejó el vaso de whiskey en la mesa, Carlos lo tomó y antes de vaciarlo de un sorbo confesó, No quiero tener hijos. Si antes la preocupación le había dibujado las facciones a Cony, ahora la pena le trazó los gestos.

Entiende, es lo mejor para los dos, no tenemos cómo criar un hijo, me esfuerzo mucho pero no encuentro ninguna solución, no pasa nada si nunca somos padres, podemos concentrarnos en nosotros y disfrutar nuestro matrimonio sin tener que preocuparnos tanto por la plata, estamos demasiado atados a ella, la ansiedad nos está destruyendo, ya no aguanto más. Al mismo tiempo en que Carlos levantaba el brazo para pedir otro whiskey, Cony se llevó la mano a la boca y contuvo el llanto. El segundo vaso llegó pronto y Carlos también lo vació de un sorbo, lo apretó entre las manos y se inclinó sobre la mesa. Cony se secó con una servilleta las pocas lágrimas que alcanzaron a salir y al terminar, dejó la silla y caminó hacia la salida, Carlos no hizo nada, solo soportar las miradas de las personas que trataban de disimular, pero era evidente que vieron a una mujer en crisis arrancando del lugar y a un hombre que no quiso ayudarla. Cuando dejó el restorán, Carlos caminó sin rumbo, no tenía intenciones de volver a casa, quizás nunca, dormiría en el sitio donde lo agarrara el sueño. Esto no era como un engaño de apellidos, esto era definitivo, no había perdón posible.

Los pasos lo llevaron hasta un mall, la hora de cierre se acercaba, pero aún se veía mucha gente desde afuera, así que entró, sintió el deseo de estar entre personas, las calles se le hicieron vacías, quizás podría entablar conversación con alguien que estuviera interesado en su teoría sobre Bolger aunque ya no tuviera sustento, alguien, claro está, que no hubiera leído El señor de los anillos y no le interesara para nada, solo conversar, o en realidad escuchar, eso le bastaría. Pero avanzaba y todos caminaban en sentido contrario, mirando vitrinas, riendo entre ellos, quienes estaban solos miraban hacia cualquier parte, era como si nadie supiera que el mall cerraría pronto, la gente seguía sentada en las mesas de los cafés, mordiendo hamburguesas y papas fritas en las de los locales de comida rápida, miraba dentro de las tiendas y veía personas probándose ropa, mirando celulares, adornos y otras porquerías. Subió por una escalera mecánica y vio hacia abajo, caminaban parejas con niños y bolsas de tiendas, cajas de televisores, guaguas en coches, siguió subiendo hasta el cuarto piso, apoyó los brazos en el borde de un balcón y continuó mirando los pisos inferiores, las líneas de personas como hormigas llevando el sustento a sus hogares para pasar el invierno calentitos en sus casas propias, tomando un té junto a la chimenea, quizás una copa de vino, contándoles el cuento de la Caperucita a niños de cachetes colorados, ¡Ya estoy caduco!, gritó y una mujer a su lado del susto casi bota el pretzel que comía. Carlos dobló las rodillas, con un impulso se subió a la baranda y quedó de pie estirando los brazos formando una cruz, el griterío comenzó de inmediato, agudo como la nota más alta de un violín, el público se llevó las manos a la cara, las mujeres tomaron a sus hijos y les taparon los ojos o los agarraron y salieron corriendo, ¡Llamen a los guardias, a los pacos, el hueón se va a tirar!, en los niveles de abajo las hormigas se detuvieron, quedaron inmovilizadas con el cuello hacia arriba y formando una especie de laberinto de líneas negras, tres guardias ya corrían por las escaleras, empujaron y botaron a varias personas al suelo, pero nadie alrededor de Carlos se atrevió a agarrarlo y bajarlo de la baranda. Dio un pequeño salto y se dejó caer como un clavadista mirando al techo y con el pecho inflado hacia adelante, y justo en ese momento, como un rayo que casi nadie vio, una figura difuminada en el aire estiró el brazo y alcanzó a agarrar el de Carlos. Colgado del cuarto piso como un muñeco de goma, levantó la cabeza y vio a su colega, quien le dijo sonriendo, No se atreva a soltarse, señor Fredegar.

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