Su amiga le acercó la cara tomándolo de las mejillas y Antonio pensó que le daría un beso. Nunca le llamó la atención esa chica a pesar de encontrarla guapa, pero si de verdad lo besaba, él aceptaría, a sus 15 años no había sentido los labios de una mujer y le pareció una buena manera de internarse en esos territorios por primera vez. Pero eso no sucedió, ella lo examinó con la frente arrugada como buscándole algo en los ojos, le sostuvo firme la mirada sin pestañear y con las pupilas dilatadas. A los pocos segundos Antonio se sintió incómodo y quiso soltarse, pero ella le apretó con fuerza las mejillas e hizo un movimiento con los brazos para darle a entender que debía quedarse quieto y que no lo dejaría ir hasta encontrar lo que buscaba. La única forma en que Antonio podría haberse soltado era dándole un empujón, algo que él no haría bajo ninguna circunstancia. De pronto, y apenas percibiéndolo, notó que el gesto escrutador de la amiga mutaba a uno de espanto. ¡La concha de su madre, tus pupilas se volvieron rojas!, y diciendo esto lo soltó y entró corriendo al living de la casa. ¡Es verdad, tiene las pupilas rojas, yo me voy, no me quedo ni un minuto más!, les gritó a los otros compañeros de colegio que conversaban y fumaban en los sillones. Cuando ella desapareció en la puerta de entrada, Antonio vio que el resto lo miraba a través del ventanal con el mismo gesto de espanto mientras tomaban sus chaquetas y bolsos y apagaban los cigarros para correr detrás de la chica. Antonio quedó solo en su casa y, gracias a un chispazo de lucidez, entendió lo que sucedió esa mañana en el colegio, otra compañera le hizo lo mismo durante un recreo, le tomó la cara y se quedó mirándolo de cerca hasta que se fue, también asustada, pero sin hacer ningún comentario, dejándolo con una mueca de interrogación en medio del patio.
Así supo que más integrantes se sumaron al grupo de personas que le temían, pero él seguiría adelante, no podía resistir esa curiosidad adolescente que le encendía el estómago y tenía que ver hasta dónde llegaría la locura. En su pueblo, Santa Inocencia, levantado sobre una enorme circunferencia de tierra que desde el cielo parece un lunar en medio de un bosque y al cual se llega por un solo camino, Antonio era de los pocos que sabían usar internet después del incendio del año anterior que casi hizo desaparecer el poblado y destruyó la infraestructura de conexión, dejando en la ignorancia por un buen tiempo a la gente, en su mayoría ancianos, que de a poco se acostumbraban a eso de la navegación web. Con el tiempo los servicios se restituyeron, pero en Santa Inocencia quedó un solo cibercafé y pocas familias con computador, entre ellas, la de Antonio.
Cierto día, mientras perdía el tiempo en el cibercafé, se le ocurrió jugarle una broma a una amiga que ocupó un computador a su lado. Entró a una página de adivinación y vaticinios donde se podía escribir, utilizando ciertos comandos del teclado, la respuesta mientras en la pantalla aparecía la pregunta. A ver, le dijo la amiga, pregúntale cómo se llama mi pololo. Antonio sabía la respuesta. Roberto, se escuchó en el parlante sucio con manchas de dedos. La amiga abrió los ojos y sonrió nerviosa. Ya, ¿cuál es el truco? Ninguno, de verdad este programa tiene la capacidad de adivinar y ver el futuro, haz otra pregunta. A ver, continuó ella, cuándo nació mi hermana chica. Hace tres años, en el mes de agosto. ¡Hueón, esto no puede ser! La voz se corrió y, de un día para otro, todos querían consultar al oráculo de Antonio.
Mi abuela falleció el año pasado, quiero saber dónde está y si está bien, le preguntó otra de las amigas cuando citaron a Antonio en el cibercafé para conocer su nueva habilidad y confirmar la existencia de ese programa que conecta con los espíritus, según lo explicó el pitoniso. Tu abuela está muy bien y es feliz, siempre estará contigo, te está esperando en la calle para acompañarte y protegerte. Al rato, todos vieron a la chica en la puerta del local mirando nerviosa hacia afuera, intentó salir varias veces, pero se arrepintió en cada una de ellas. ¿Qué te pasa?, le preguntaron. No me atrevo a salir, tengo miedo.
El éxito de la broma hizo que Antonio la llevara a casa, donde vivía con su madre y dos tías. A ver Toñito, pregúntale de qué color son los calzones que usé ayer, preguntó una de las tías.Antonio lo sabía, los vio esa mañana tirados en el piso de la habitación de la mujer. Aleopardados, se escuchó en el parlante. Todos rieron a carcajadas, menos la madre. ¿A qué edad quedé embarazada por primera vez?, consultó la otra tía. A los 16 y volvieron las carcajadas, pero la madre miraba a Antonio con severidad, incluso se podría decir que con furia y, sin abrir la boca, se colocó un delantal y entró en la cocina a preparar la comida. Lava los platos y anda a acostarte, y que no se te olvide rezar antes de dormir, le dijo a Antonio después de comer.
Luego siguieron los vecinos. Ahí el juego se hizo más serio, ellos no estaban interesados en adivinanzas de feria, iban en busca de guía y pistas sobre el futuro. Mi marido lleva desaparecido una semana, ¿volveré a verlo?; Me ofrecieron entrar a un negocio para comprar unas parcelas y sembrarlas, pero estoy indeciso, ¿debo invertir mis ahorros?; Estoy enamorado de un hombre, pero no sé si dejar a mi esposa, si me separo, ¿tendré suerte?, era el tipo de preguntas que recibía y Antonio respondía lo que los consultantes querían escuchar o, más bien, lo que él suponía que querían escuchar. En el colegio los presagios llegaron a oídos de los profesores. Hace un mes entraron a robar a mi casa y se llevaron cosas de mucho valor, le comentó un día la profesora de historia cuando acudió en busca de su ayuda, creo que fue un vecino y estoy pensando en denunciarlo, quiero saber si me irá bien. Ella era su profesora favorita y sintió pudor, pero no podía detenerse, así que Antonio fue cauto, ingresó la siguiente respuesta al tiempo que la mujer veía cómo aparecía la pregunta en el monitor: Eres una mujer sabia y fuerte, debes tener confianza en que cualquier decisión que tomes será la correcta.
La voz siguió desparramándose e incluso llegaron para consultar al adivinador desde los pueblos cercanos. Antonio se convirtió en un personaje oscuro para algunos, un santo para otros y también estaban los escépticos a los que les importaba nada lo que se dijera. Varios le tenían miedo, lo veían como un ente maligno que jugaba con fuerzas o seres con los cuales era mejor no meterse, en esos asuntos siempre algo sale mal y la desgracia no demora en aparecer. Antonio notó que muchos cruzaban la calle cuando lo veían paseando, amigos dejaron de hablarle, compañeros de colegio se cambiaban de puesto en la sala de clases o lo evitaban en los recreos. Aparecieron rumores de brujería y contratos con demonios, algunos juraron verlo levitando en el cementerio del pueblo después de medianoche o sentado en una tumba con un notebook en las piernas, poniéndose en línea con las ánimas. También se dijo que bebía sangre de animales vírgenes para contactarse con el espíritu que habitaba en el internet.
Su madre, católica de misa diaria, se lo soltó un día, estaba aterrada con lo que hacía su hijo. Primero intentó obligarlo a abandonar los sortilegios y después le rogó que no continuara. Está en juego tu alma, por favor, detente, habla con el padre Venancio, yo ya conversé con él. Un día al regresar del colegio, Antonio entró en su habitación y la pilló quemando inciensos, leyendo la biblia en voz alta y rodeada de las cruces que puso por todos lados, arriba de la cama, en el escritorio, en las paredes y ventanas. Pero mamá, ¿qué estás haciendo?, ¡estás loca!
Y a todas estas curiosidades se sumó lo de las pupilas rojas, pero a Antonio no le preocupaba, quería tentar los límites, se engañaba creyendo ser un investigador del comportamiento humano, un científico social o psicológico en medio de un experimento que muchos pensadores quisieran realizar, aunque jamás se detuvo a reflexionar ni a sacar conclusión alguna y menos llevar una bitácora del fenómeno. Solo le importaba continuar, pero el ardid pronto cayó. De Santiago llegó un hombre a visitar familiares en Santa Inocencia y ellos le contaron la historia del profeta del pueblo como toda una novedad, incluso con orgullo por tener a ese joven santo que tanto bien le hacía a la comunidad. Conozco esos programas, dijo el hombre y explicó cómo funcionaban, son para jugar, para hacer bromas, yo mismo he ocupado algunos. Ante la incredulidad de los parientes sacó un notebook de una mochila y les hizo una demostración.
La noticia no tardó en conocerse y las reacciones fueron diversas: los vecinos de Antonio fueron a confrontarlo furiosos, incluso putearon a la madre, profesores y amigos estaban indignados, a otros no les importó y muchos, para no pasar por crédulos, juraron que sabían que todo era mentira y quisieron seguir la corriente, ¿Nadie cachó que el Toño estaba hueviando?, puta que son tontos, dijeron. En la calle insultaban a Antonio, otros se burlaban de él y muy pocos lo felicitaron por la broma ingeniosa, Cómo les metiste la cuchufleta Toñito, buena lección les diste, son todos unos ignorantes.
Algunos decidieron seguir creyendo, Es un asunto de fe, explicaron a pesar de que Antonio confesó y se negó a seguir practicando la nigromancia. Después de todo, en sus casos los vaticinios fueron exactos y eso jamás podría hacerlo un computador sin la intervención divina. Con el tiempo, estos devotos fundaron una congregación, San Antonio de la Internet, patrono de los desorientados humildes, el primer hombre milagroso en demostrar que la tecnología también era obra de Dios, una nueva herramienta para comunicarse con su rebaño. Los jarrones con flores comenzaron a aparecer en el antejardín de la casa de Antonio, a veces por las noches se veían sombras hincadas en la vereda rezando para que retomara el oficio y, tras su muerte, en la entrada del pueblo se instaló una animita donde los devotos aún dejan ofrendas.
Cualquiera que viera a Antonio después de descubierto el embuste tendría la impresión de que nada le importó, que no tenía nociones de lo que hizo, se mostraba indiferente con todos, como si nada hubiera pasado, y las disculpas que se escucharon de su boca le sonarían hasta al más despistado como una estrategia para evitarse molestias, decía lo que se esperaba que dijera. ¿Por qué lo hiciste Toñito?, le preguntaban y él levantaba los hombros poniendo cara de cansancio, de aburrimiento, como si fuera una estupidez que nadie supiera por qué lo hizo.
Cierto día, cuando los ánimos se calmaban y el engaño comenzaba a olvidarse, al curso de Antonio lo dejaron salir más temprano del colegio, la profesora que daba la última clase del día no llegó. La próxima semana recuperarán la materia de historia que corresponde al día de hoy, por ahora, pueden ir a sus hogares, anunció la directora. Antonio no quiso irse directo a su casa, su madre no le hablaba y estaba humillada por la broma. Pensó ir al cibercafé, pero el dueño estaba molesto con él y lo puteaba cada vez que lo veía, así que decidió caminar mientras se le ocurría a dónde ir. Al rato se aburrió y se encaminó a casa, con cada paso trataba de darse fuerzas para soportar el desprecio de la madre, pero cuando llegó, notó de inmediato que algo no andaba bien. Ella lo recibió con los ojos llorosos, Toñito, tu profesora de historia está muerta. Antonio sintió que el pecho se le apretaba dejándolo sin aire y entró en pánico, preguntó qué sucedió, pero la madre se arrojó al piso aullando. Apareció una de las tías y mientras la consolaba, miró a Antonio y se lo contó, Uno de sus vecinos le cortó la garganta.