Ese día, Javier decidió no volver a cortarse el pelo en una barbería. Para su gusto, demasiado tatuaje, mucho rapado a los costados de las cabezas, piercings, cadenas en los pantalones y barbas muy modeladas. También mucha polera con calaveras y música que no conocía. No le gustó cómo lo dejaron la primera y única vez que fue a una, lo entusiasmaron con algo distinto, actual, salir de la zona de confort, pero al ver el resultado no se convenció. Fue el peluquero, además de su esposa, el que le aconsejó algo menos formal, más en línea con los tiempos que corrían, pero le haría un corte que sería fácil de ordenar en caso de que necesitara verse como para un matrimonio tradicional, de canutos dijo mirándolo por el espejo y le lanzándole una carcajada al lado de la oreja que le enfrió el tímpano. Cuando el peluquero terminó, Javier no podía decidir si quedó como futbolista o como el hijo de la cajera, una criatura que jugaba en el suelo con los pelos no barridos de los clientes y que tenía puesta una polera de Morbid Angel. Gimoteaba sonidos extraños, por eso se acordó del niño de la segunda parte de Mad Max, criado a la suerte del contexto, como los lobos. Lo único que le gustó fue el whiskey que se tomó mientras le podaban la cabeza.
Esta vez iría a la peluquería que quedaba a unas cuadras de su casa. Peluquería, no barbería, algo que luciera el cartel de una modelo mostrando un peinado inexplicable en la vitrina y no el dibujo de un cráneo con mohicano punk. Llamó y pidió hora, le dijeron que no tenían nada reservado durante la mañana, así que decidió salir de inmediato y caminar relajado, respirar la humedad que se desprendía del pavimento tras una noche de tormenta que casi le rompe los ventanales a su casa. Ya en la calle sintió el aroma que quería, el frío le ardía en la cara y mucho en el cuello, sobre todo en el lado derecho, olvidó la bufanda, pero era un ardor confortable, lo disfrutaba con una cuota de masoquismo. Estaba a gusto con el día y caminar sabiendo que no tenía apuro. Ningún compromiso, ningún plan, solo cortarse el pelo, someterse a eso lo relajaba y a ratos le producía pequeños escalofríos, cuando la tijera o la máquina le rozaban el cuello, o cuando la peluquera pasaba los dedos entre los cabellos para ordenarlos o medirlos. Aquí no podría tomarse un whiskey, pero sí un café.
Llegó a la peluquería y lo primero que vio le arruinó el humor: brazos tatuados, costados de la cabeza rapados, cadena colgando del pantalón y polera con fuego y letras que no pudo leer, escritas como en una telaraña. Era la imagen de la mujer que junto al sillón barría los pelos del hombre que salía del local. Ella no coincidía para nada con el mobiliario clásico, madera con barniz oscuro, muebles de puertas con vidrio, terminaciones en bronce, espejos con marcos dorados y cuadros de caballeros antiguos, como de los años 50. Nada que hacer, ya estaba ahí, pensó hacerse el loco y fingir que se perdió, preguntar por indicaciones para encontrar una calle, pero le pareció una actitud infantil. Si la peluquería tenía ornamentación antigua, lo lógico es que sabrían pelar al estilo tradicional.
Saludó y dijo que había llamado por teléfono hace un rato. Ella respondió al saludo y le pidió que tomara asiento mientras terminaba de barrer. Javier lo hizo y la miró por el espejo mientras botaba el contenido de la pala en un basurero. La conocía, de la facultad de diseño, ella iba dos años más arriba que él. Joan, no recordaba el apellido, buena persona, muy chistosa, aunque no la conoció tanto. No tenía ganas del “tanto tiempo, qué ha sido de tu vida, ¿te casaste?, ¿cuántos hijos tienes?”, así que no dijo nada, se día tenía predilección por el silencio. El plan era abrir la boca solo para el “regular no muy corto”, “así está bien”, “¿cuánto te debo?”, “con débito, por favor” y “chao, muchas gracias”.
Pero cuando ella le puso el delantal para comenzar el tijereteo, mirándolo por el espejo le preguntó, ¿no te acuerdas de mí? Él no quería reconocer que sabía quién era, dónde la conoció, habría sido demasiada falta de respeto decir que sí después de no le haberle dicho que se conocían apenas entró en el local. Me eres cara conocida, pero no logro acordarme de dónde, pensé que te confundí con otra persona. Ella le abrochó el delantal detrás del cuello, un tanto apretado. Soy Joan, de la facultad de diseño, iba algunos cursos más arriba que tú. Javier era pésimo para fingir expresiones, posturas, actitudes, pero se atrevió a probar con la sorpresa, ¡ah, sí, Joan!… no me acuerdo de tu apellido. García. ¡Ah sí, por supuesto!
Joan, parada detrás de Javier, le tomó la cabeza y se la dejó recta, siguiendo en el espejo los movimientos para que quedara en la ubicación perfecta. Yo te recuerdo bien, dijo. Tú pololeabas con la Flo. Sí, Joan era la mejor amiga de Flo, eran inseparables, pero a pesar de que Javier la veía muy seguido, la Flo pocas veces salía sin ella. Nunca se hicieron amigos, solo se podría decir que eran conocidos de la universidad y quizás un poco más. Sí, la Flo, nunca más supe de ella. ¿Tú la sigues viendo? Joan le mojó el pelo con una botella de spray y le desenredó algunos mechones con una peineta. Tenía el pelo bastante largo, pero no tanto como para desentonar con la camisa a cuadros y los pantalones de tela color caquis te tenía puestos. A nadie se le ocurriría que alguna vez estuvo en una barbería. No la volví a ver después de ese carrete en las afueras de Maipú, respondió Joan. Javier hizo memoria: en una parcela, un año antes de salir de la universidad, uno de los peores carretes que ha tenido en su vida, un carrete por dato, no conocían a nadie, fue de drogas y alcohol, borrachos y drogos, una locura, un desmadre. Sí, no me acuerdo mucho, pero sí, en Maipú. Ella continuó, ¿no supiste? La Flo murió. A Javier se le cerró la garganta. ¿Pero cómo? ¿Qué pasó? No sé, me contaron hace unos años. No pregunté más, no me interesó.
Joan entró unos minutos a una habitación. Javier miró el lugar, las cortadoras eléctricas, las navajas, cremas, gel, polvos, todo se veía muy usado, le pareció ver algo de óxido en las tijeras. La noticia lo sacó de su día de caminata y corte de pelo, el cuerpo le temblaba y sintió calor, ese calor desagradable que llega a las orejas hasta hacerlas arder. Joan volvió y sobre la mesa al lado del espejo abrió un estuche con tijeras de distintos tamaños, limpias, brillantes, filosas, o al menos eso le pareció a Javier, el cromado se veía tan bien que parecían fabricadas con diamantes o algún cristal igual de preciado. ¿Te puedo pedir un café? Lo necesito. Se nos acabó, respondió Joan, sin ningún interés en el cliente, sin disculparse por no ofrecer el servicio que se anunciaba con tiza en la pizarra de la vereda. Entonces, supongo que nosotros no nos vemos desde esa misma vez, dijo Javier. ¿Cuál vez? El carrete en Maipú. Supongo. Joan levantaba algunas tijeras, las abría, las cerraba, las revisaba bajo el foco del techo, era una inspección de cirujano, se aseguraba de que el filo fuera capaz de cortar el rayo de luz.
Yo me acuerdo muy bien de esa noche en Maipú, continuó Joan. Javier se concentró para recordar, fue una noche terrible.Él pasó a buscar a Flo y ella estaba con Joan, se fueron juntos a la parcela. Apenas llegaron se dio cuenta de que no debieron ir, estaban todos desenfrenados, fuera de sí. Trató de arreglar el mal aspecto del lugar tomándose unos tragos y se relajó. Logró quedarse unas horas, pero después de las doce tuvo que llevarse a Flo, tres hombres la habían rodeado y estaban manoseándola, se reían a los gritos, uno de ellos le rompió una tira del vestido y Flo lloraba desesperada. Javier tiró el vaso, agarró a uno de los hombres y de un golpe le partió la nariz. Tomó a Flo del brazo y se la llevó directo al auto, mientras los otros les gritaban obscenidades, se reían, uno se bajó los pantalones y comenzó a masturbarse. En el camino de vuelta casi chocan con un camión, Javier iba descontrolado y Flo en crisis. Me dejaron botada, todo era Flo, yo nada, una vez más tuve que pagar por eso, fui la carne de cañón, nadie se acuerda de Joan. Ella tenía razón, Javier la olvidó hasta el momento en que entró en la peluquería, después de esa noche nunca más la vio. Apenas abandonó esa parcela fue como si Joan nunca hubiera existido.
De pronto, echó de menos a los barberos y al whiskey, cómo lo necesitaba ahora, al niño que gruñía jugando con mechones en el suelo, prefirió soportar el corte de futbolista y no el regular no muy corto. Joan eligió una tijera, la puso frente a sus ojos y, a contraluz, miró el filo como revisando la altura de un mástil de guitarra. Bajó el brazo y apoyó la mano en el hombro izquierdo de Javier, las tijeras se dirigieron al cuello y las puntas le penetraron un poco la piel, cerca de una vena. Ya, ¿cómo lo vas a querer?